Había terminado el protocolo. Los saludos. Las fotografías. Los honores.
Y entonces, en el Salón de Columnas del Palacio Real, ocurrió algo poco habitual.
Ante el sucesor de Pedro, el Rey de España pronunció una defensa pública de las raíces católicas de la nación.
«La fe católica está enraizada en nuestro país y sin ella nuestra historia y nuestra cultura no se entenderían».
La frase resonó con especial fuerza en una Europa que parece empeñada en olvidar los cimientos sobre los que fue construida.
Felipe VI la pronunció mirando a León XIV, el Papa que apenas unas horas antes había aterrizado en Madrid para iniciar una visita apostólica que recorrerá la capital, Barcelona y Canarias. Pero en realidad parecía dirigirse también a una sociedad que con frecuencia contempla el cristianismo como un recuerdo del pasado y no como una realidad viva.
Sin embargo, España sigue siendo incomprensible sin la fe.
Lo son sus catedrales y monasterios. Lo son sus universidades. Lo son sus fiestas populares. Lo son sus hospitales, sus obras de caridad y buena parte de su patrimonio artístico. Lo son también muchas de las convicciones morales y sociales que todavía sostienen la convivencia.
Y precisamente eso quiso recordar el monarca ante el Santo Padre.
Durante su intervención, Felipe VI agradeció la presencia de León XIV en una tierra que, según recordó, forma parte también de sus propias raíces espirituales gracias a sus años de misión en Hispanoamérica. Destacó además la inmensa acogida que el Pontífice encontrará durante estos días y el afecto con el que millones de españoles viven esta visita.
Pero uno de los momentos más significativos llegó cuando el Rey puso el foco en aquellos que sostienen silenciosamente buena parte de la acción evangelizadora y social de la Iglesia.
Habló de religiosos y religiosas.
De sacerdotes y diáconos.
De jóvenes comprometidos en las parroquias.
De voluntarios que sirven en residencias, comedores sociales, albergues y centros de acogida.
Y dedicó una mención especial a los miles de misioneros españoles repartidos por el mundo, muchas veces en lugares remotos, olvidados o marcados por la pobreza.
Era un reconocimiento explícito a una realidad frecuentemente ignorada: que la Iglesia sigue siendo una de las mayores fuerzas de solidaridad, asistencia y acompañamiento humano del planeta.
El Rey no evitó tampoco una de las heridas más dolorosas para la Iglesia contemporánea.
Se refirió a los abusos sexuales como una fuente de sufrimiento que exige verdad, reparación y justicia, y reconoció expresamente la firmeza con la que León XIV ha afrontado esta cuestión.
Pero el discurso alcanzó su mayor profundidad cuando Felipe VI se adentró en los desafíos morales de nuestro tiempo.
Vivimos, señaló, una época en la que muchas certezas parecen haberse diluido. Un mundo donde existe el riesgo de creer que todo es negociable, justificable o relativo.
Y frente a esa deriva reivindicó la dignidad humana, los derechos fundamentales y la búsqueda del bien común.
Dirigiéndose a un Papa matemático, utilizó una imagen especialmente brillante: comparó esos principios con los números primos, la base imprescindible sobre la que se construye toda la aritmética.
Una metáfora que, más allá de su elegancia, apuntaba a una verdad profunda: las sociedades necesitan fundamentos sólidos si no quieren perderse en la confusión.
El monarca dedicó además una parte importante de su intervención a la primera encíclica de León XIV, Magnifica Humanitas, centrada en los desafíos de la inteligencia artificial.
Felipe VI destacó que el documento no nace del miedo ni del pesimismo, sino de una visión profundamente cristiana de la persona humana. Una mirada que contempla el progreso tecnológico como una oportunidad, pero que rechaza cualquier intento de relegar al hombre a un segundo plano frente a los algoritmos.
Porque la gran cuestión, recordó el Rey siguiendo el pensamiento del Pontífice, no es qué puede hacer la tecnología, sino qué lugar ocupa el ser humano dentro de ella.
La persona debe seguir siendo el centro.
Y finalmente llegó el gran tema de esta visita.
La unidad.
Felipe VI recordó las primeras palabras pronunciadas por León XIV desde la Logia de las Bendiciones tras su elección como Papa, cuando pidió ayuda para «construir puentes mediante el diálogo y el encuentro».
No fue una referencia casual.
En un tiempo marcado por la polarización política, las guerras, las fracturas sociales y los enfrentamientos ideológicos, el Rey quiso presentar la unidad como una aspiración profundamente humana y también profundamente cristiana.
No una uniformidad impuesta.
No una victoria de unos sobre otros.
Sino el reconocimiento de que todos compartimos una misma dignidad y una misma vocación al bien.
Mientras concluían los aplausos en el Palacio Real, quedaba una sensación difícil de ignorar.
España acababa de recibir al sucesor de Pedro.
Y el jefe del Estado había querido recordarle —y recordarnos— que la fe católica no pertenece únicamente al pasado de nuestra nación.
Forma parte también de su alma.









