Porque estamos rayados. Por culpa nuestra y de los otros. Pues −como dijimos− todos participamos del festín, ya que no es fácil apearse del carromato en que nos dirigen como si fuéramos autómatas. Pero unos tienen más culpa que otros, habida cuenta de que muchos no tienen ni la más mínima ética ni conciencia del deber, y para conseguir lo que se les antoja son capaces de empujar a su madre abismo abajo.
No. No me olvidé. Solo te apunté el porrete y la raya de cocaína, pero hay mucho más detrás de esas afirmaciones, nada sentimentales. Hoy tengo intención de hablarte alto y claro de la actitud afrodisíaca que nos mueve a todos. Porque advertir cómo deambulamos a tientas no lo es todo, pero ya es mucho, pues lo vale como acicate contracorriente, amonestador y liberador, ante una situación que nos raya más de lo que cuesta.
¿Te crees que en la época de la inteligencia artificial las personas desaparecen de la noche al día sin móvil alguno? ¿Acaso no has pensado (y constatado) que hay detrás de nuestra rayada existencia una inteligencia escondida, interesada en mantenernos rayados, promoviendo la droga y el afrodisíaco nutrirse a golpe de antojo? ¿De verdad no adviertes que, si existiera una verdadera determinación en abolir la droga, la arrancaríamos de cuajo de nuestras vidas y de la faz de la Tierra? ¿Entendiste bien en el artículo anterior que estamos tan narcotizados por el afrodisíaco delirio de propinarnos bienestar a costa del hermano, que ya ni nos damos cuenta de que vamos a tientas? ¿Que en buena parte la culpa la tienes tú?
No es cierto que la droga sea “de los bajos fondos”. ¡Hay promotores de corbata y cuello blanco que se sonríen ante la cámara pero a puerta cerrada planean interesados su uso y abuso, su promoción y su imposición, de las que sus ejecutores sacan rédito por cuanto entre ellos se trafican. Es el negocio número uno, para el cual no hace falta ni moverse de la silla: con una simple llamadita, el superávit de la operación está asegurado. Se mofan de ti. ¡Vaya plan!
Pretendidos señores que no lo son, negocios que son dictadura. ¡En pleno siglo XXI, “el siglo de la liberación”! Pero no debemos obviar lo esencial: que si nosotros no hubiéramos relegado a Dios; si le pidiéramos a Él, a la vida, algo más que “placer”, no existiría la droga. Pues, como ya hemos hablado a veces, estamos obsesionados, entumecidos por el bienestar; vivimos demasiado bien, y lloramos el dolor de uña de nuestras mascotas mientras asesinamos a nuestros hijos en el sagrario del vientre materno. Si nos costaran un poco más las cosas, las valoraríamos más.
Atiéndeme, hermano, mi hermana del alma. Hay que huir de lo políticamente correcto para volver a definir lo correcto, y así nos sería un poco más fácil llegar a admitir que nos estamos pasando. Que no todo vale. Que si no fuera por Dios, no podríamos nada, nada valdríamos, ni viviríamos siquiera. Acabemos con una coletilla con que un usuario de Twitter (@EstebanRafaelJr, aunque lo he oído antes), concluía un tuit como podemos concluir nosotros nuestro diserto de hoy: “El mundo actual quiere terapia sin conversión, perdón sin arrepentimiento y espiritualidad sin obediencia”. Piénsalo. La semana que viene profundizaremos en las consecuencias.
Twitter: @jordimariada
El mundo actual quiere terapia sin conversión, perdón sin arrepentimiento y espiritualidad sin obediencia Compartir en X








