Nosotros, los adultos, pasamos junto a muchas maravillas sin verlas. Tenemos demasiada prisa. Ellos todavía no. No hay cosa más bonita que en la manera en que un niño mira el mundo.
Puede quedarse varios minutos observando una hormiga que transporta una miga de pan, preguntar por qué la luna le sigue cuando viaja en coche, maravillarse ante una concha, una piedra, una lagartija o el ruido de la lluvia contra una ventana.
Por eso, estoy cada vez más convencida de que educar consista, entre otras muchas cosas, en no estropear demasiado pronto esa mirada.
He disfrutado estos días con «El amanecer de los niños», de fray Mario José Petit de Murat, dominico argentino cuyas charlas sobre educación hablan de fortaleza y ternura, de consentimiento y abundancia, de felicidad, gusto, tradición, trabajo, vocación, naturaleza, humor. Me gusta de el que no construye un método pedagógico, más bien obliga a los padres a preguntarse qué clase de adultos estamos poniendo delante de nuestros hijos.
Parece que nos hemos convencido de que querer mucho a un niño consiste en evitarle cualquier carencia. Es decir, que tenga de todo, que no se aburra, no espere, no se frustre, que no pase frío, calor, cansancio ni dificultad. Y por otro lado, que tenga juguetes, experiencias, extraescolares, pantallas como todos para no ser diferente, viajes, planes y estímulos.
Nos matamos por querer fabricar infancias memorables y, en ese empeño, corremos el riesgo de hacer imposible la memoria.
Hay una frase de Petit de Murat que no dejo de dar vueltas: «No multiplicar las cosas porque los van enloqueciendo». Defiende la sobriedad del juguete, el buen gusto, la selección, la posibilidad de que un niño sea más feliz con algo sencillo que rodeado por una montaña de objetos.
Y, ojo, todo esto lo escribió décadas antes del teléfono inteligente.
Décadas antes de que un niño pudiera pasar, en treinta segundos, de un dinosaurio que baila a un gol de fútbol, de ahí a una explosión, después a una canción, luego a una broma y finalmente a un señor abriendo una caja de caramelos.
Y ¿todavía nos preguntamos por qué les cuesta contemplar una nube?
El problema no son únicamente las pantallas. Sería demasiado fácil cargar contra el dispositivo y absolver al adulto. Esta locura va más allá. Pues el verdadero problema es una cultura de la saturación.
No podemos confundir una infancia rica con una infancia llena. Pues no es lo mismo.
Una infancia rica puede contener tardes enteras sin nada extraordinario. Cosas tan sencillas y tan maravillosas como un palo convertido en espada, una cabaña construida con mantas. Un padre arreglando una estantería mientras un niño mira cómo lo hace, una sobremesa…
El pensamiento comienza en el asombro. De hecho Platón y Aristóteles vincularon directamente la maravilla con el deseo de conocer; primero nos sorprendemos ante las cosas cercanas y, desde ellas, comenzamos a preguntarnos por las grandes cuestiones.
Explicado de forma sencilla este es el proceso, cuando un niño ha pronunciado, ¡Mira! Ahí empieza todo. Y también ahí puede comenzar Dios. El cristianismo comienza precisamente con esa afirmación de que el mundo es creación. Nada es simplemente «material» y todo habla.
Por eso la capacidad de asombro infantil tiene una dimensión religiosa inmensa. El niño todavía no contempla la realidad como mercancía, utilidad o contenido. ¿A que tu hijo no pregunta cuánto cuesta el mar? No exige saber para qué sirve una puesta de sol, simplemente la contempla.
Petit de Murat insiste en que el niño debe entrar en contacto con la naturaleza, jugar con tierra y barro, trabajar con sus manos, descubrir la madera, construir cosas. Dice algo precioso, cuando el niño transforma algo mediante sus propias manos, se siente creador, artista. Y advierte contra ese ideal moderno que identifica felicidad y comodidad.
Nos desvivimos para que nuestros hijos tengan una vida cómoda cuando quizá deberíamos preocuparnos más de que tengan una vida fecunda.
Un niño necesita amor incondicional, por supuesto. Y también protección, ternura y seguridad. Pero el amor no consiste en eliminar cualquier esfuerzo. También necesita poner la mesa, ordenar su cuarto, perder un partido, esperar su turno, terminar algo aunque esté cansado, cuidar a un hermano, equivocarse y volver a empezar.
Petit de Murat dice: «La felicidad no está en la comodidad». Para él, la felicidad madura a través del esfuerzo, del trabajo y de la capacidad de salir de uno mismo.
En El amanecer de los niños, Petit de Murat pide respetar el misterio de cada hijo. Incluso al hablar de la vocación religiosa advierte a los padres que no deben proyectar sobre el niño aquello que ellos desearían que fuese. Solo deben crear un hogar bueno, disponer el ambiente, sembrar, acompañar… y dejar espacio para que aparezca la llamada que no pertenece a los padres. Esto vale para casi todo.
Nuestros hijos no han venido al mundo para completar nuestra biografía. Ni para demostrar que hemos educado bien. He aquí la diferencia gigantesca entre poseer y custodiar.
La paternidad consiste, y se que es difícil, en preparar una tierra que sabemos que nunca será nuestra.
Tenemos que regarla, quitar algunas piedras o protegerla de ciertos peligros. Y por supuesto enseñar dónde está el sol. Y después contemplar con asombro qué planta decide Dios que crezca allí.
Por eso deberíamos rebelarnos un poco contra la prisa contemporánea por hacer mayores a los niños. Pues la infancia es una forma irrepetible de estar en el mundo. Y dura poquísimo.
Deberíamos intentar preguntarnos, al terminar el día, no solo si nuestros hijos han estudiado, comido bien, hecho deporte o terminado los deberes. Sino, ¿Han tenido hoy tiempo para maravillarse? ¿Han descubierto algo por sí mismos? ¿Han tenido un rato de silencio? ¿Han levantado alguna vez los ojos hacia el cielo?
Da mucha pena, pero si Dios quiere, llegará el día en que saldrán de casa y nosotros ya no podremos elegir qué miran, qué desean ni hacia dónde caminan.
Pero hasta entonces nuestra misión es mucho más humilde y mucho más grande de lo que imaginábamos. No nos obsesionemos con fabricar su futuro y su eficacia profesional o de éxito. Simplemente, en su infancia, custodiemos el amanecer.
Y sobre todo procuremos, por todos los medios, no ser nosotros quienes apaguen las primeras luces del alba.












1 comentario. Dejar nuevo
muy bien explicado