Lonergan y Girard, los dos pensadores que ayudan a los católicos a pensar la inteligencia artificial

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Mientras los grandes nombres de Silicon Valley —Elon Musk, Sam Altman y otros gurús tecnológicos— son presentados a menudo como profetas del futuro, una parte del pensamiento católico está mirando hacia dos figuras mucho menos populares, pero quizá más decisivas para comprender la revolución de la inteligencia artificial: el jesuita canadiense Bernard Lonergan y el filósofo francés René Girard.

Ninguno de los dos conoció ChatGPT. Lonergan murió en 1984 y Girard en 2015. Sin embargo, sus intuiciones sobre el conocimiento, el deseo y la condición humana están adquiriendo una nueva actualidad en el debate católico sobre la inteligencia artificial.

La razón es sencilla: las grandes preguntas que plantea la IA no son solo técnicas, sino antropológicas. No se trata únicamente de saber qué puede hacer una máquina, sino qué significa pensar, juzgar, decidir, desear y ser humano.

El interés por estas dos figuras llega, además, en un momento especialmente significativo. El Vaticano ha anunciado que la primera encíclica de León XIV, Magnifica humanitas, dedicada a la protección de la persona humana en tiempos de inteligencia artificial, será publicada el próximo 25 de mayo. El texto fue firmado el 15 de mayo, aniversario de la publicación de Rerum novarum, la gran encíclica social de León XIII sobre la cuestión obrera en plena revolución industrial.

El paralelismo no es menor. Si Rerum novarum afrontó los desafíos del trabajo, el capital y la dignidad obrera en el siglo XIX, Magnifica humanitas quiere situar a la Iglesia ante una nueva revolución: la de las máquinas capaces de imitar el lenguaje, producir respuestas, intervenir en decisiones humanas y moldear deseos colectivos.

Ahí aparece Bernard Lonergan. Este jesuita canadiense dedicó buena parte de su obra a estudiar cómo conoce el ser humano. En su obra Insight, Lonergan describe el proceso del conocimiento humano en cuatro momentos: experiencia, comprensión, juicio y decisión. Primero recibimos datos; después intentamos comprenderlos; luego preguntamos si aquello es realmente verdadero; y finalmente decidimos cómo actuar.

Esta estructura ofrece una herramienta especialmente útil para pensar la IA. Una máquina puede procesar cantidades enormes de información, puede generar respuestas verosímiles e incluso simular comprensión. Pero, desde una lectura lonerganiana, no “juzga” en sentido humano. No se pregunta interiormente si algo es verdad. No se maravilla. No se convierte. No decide moralmente desde una conciencia. Puede imitar procesos inteligentes, pero no posee vida interior.

Por eso Lonergan resulta tan valioso para el debate católico. Ayuda a evitar dos errores opuestos: la ingenuidad tecnológica, que atribuye a la máquina una inteligencia casi humana, y el rechazo simplista, que despacha la cuestión diciendo que “la IA no piensa” sin analizar con rigor qué hace realmente.

La pregunta católica no puede ser solo si la máquina responde bien, sino quién conserva el juicio. Y la respuesta debería ser clara: el ser humano no puede abdicar de su responsabilidad moral ante una herramienta, por sofisticada que sea.

El segundo pensador es René Girard. Si Lonergan ayuda a pensar la inteligencia, Girard ayuda a pensar el deseo.

Su célebre teoría del deseo mimético sostiene que no deseamos de forma completamente espontánea, sino imitando los deseos de otros.

Queremos lo que otros quieren, admiramos lo que otros admiran, competimos por aquello que se nos presenta como valioso.

Esta intuición resulta inquietantemente actual. La inteligencia artificial no solo responde preguntas; también puede orientar gustos, decisiones, aspiraciones y modelos de vida. Cuando una persona pregunta a un chatbot dónde vivir, qué estudiar, cómo afrontar una relación o qué hacer ante una crisis moral, está permitiendo que una máquina medie, de algún modo, en sus deseos más hondos.

Algunos autores católicos han descrito la IA como una criatura profundamente “girardiana”: no crea desde una interioridad propia, sino que se alimenta de una gigantesca acumulación de imitaciones humanas. Sus respuestas nacen de textos, preferencias, expresiones y patrones previamente producidos por millones de personas. La máquina no desea, pero puede aprender a reflejar y amplificar los deseos humanos.

Y ahí se abre un terreno delicado: ¿quién está formando nuestro deseo?, ¿hacia dónde nos empuja?, ¿qué modelo de humanidad está reproduciendo?

Para Girard, la respuesta última al desorden del deseo no está en otro modelo humano más, sino en Cristo. Frente a la rivalidad, la comparación y la competencia por el prestigio, Cristo se entrega por completo. No despierta deseo para dominar, sino para conducir al hombre a la comunión con Dios.

La Iglesia ya había abordado la relación entre inteligencia artificial e inteligencia humana en la nota Antiqua et nova, publicada en enero de 2025 por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para la Cultura y la Educación. Aquel texto insistía en la necesidad de distinguir entre la inteligencia humana, inseparable de la corporeidad, la libertad y la responsabilidad moral, y las capacidades operativas de los sistemas artificiales.

Lonergan y Girard, cada uno desde su campo, ayudan precisamente a esa distinción. El primero recuerda que conocer no es solo procesar datos, sino comprender, juzgar y decidir. El segundo advierte que desear no es simplemente elegir entre opciones, sino orientar el corazón hacia un bien.

La inteligencia artificial puede ser una herramienta poderosa. Pero no puede sustituir la conciencia, ni el juicio moral, ni el deseo último de Dios inscrito en el corazón humano. En la era de las máquinas que imitan nuestra inteligencia y aprenden nuestros deseos, la tradición católica tiene algo urgente que decir: el hombre no es un algoritmo perfeccionado, sino una criatura llamada a la verdad, al amor y a la vida eterna.

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