La Covid-19, signo de este tiempo (I)

“Dios es el Señor del universo, cuyo orden ha establecido, que le permanece enteramente sometido y disponible; es el Señor de la historia: gobierna los corazones y los acontecimientos según su voluntad”. (Del punto nº 269 del Catecismo de la Iglesia Católica).

Quién manda aquí

Si las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia son necesariamente verdaderas (y para los creyentes católicos no cabe otra posibilidad), entonces tenemos que negar al determinismo como agente del devenir de los acontecimientos y tenemos que negar también que el azar sea causa de nuestras vicisitudes.

Ahora bien, el azar existe. Su evidencia nos obliga a aceptarlo (ahí está el mundo de los juegos de azar), pero hay que afirmarlo como lo que es: coincidencia de hechos que no sabemos por qué coinciden, es decir, una contingencia que por su imprevisión y su anonimato no puede ser tenida en cuenta de antemano.

Se hace forzoso reconocer que, tanto en la historia colectiva como en la vida humana particular de cada persona, hay acontecimientos absolutamente imprevistos, que escapan a todo control, lo cual ha llevado al hombre de todos los tiempos a preguntarse a sí mismo quién manda aquí, quién ordena y decide sobre el destino del mundo y sus habitantes.

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Una de las respuestas que ha pervivido desde la antigüedad es el fatum romano (nuestra mala suerte), una especie de cauce imaginario, previo a nuestra existencia, por donde discurren, quieras que no, todas nuestras vidas y que respondería de modo inexplicable al porqué del azar y sus coincidencias caprichosas. Esta solución mágica tal vez podrá acallar la voz de la superficialidad, pero repugna a la razón y a la fe. Aquí no hay ningún poder ciego, sobrehumano, que maneje arbitrariamente nuestro destino. Sí hay un poder importante, el del hombre, que ejerce un dominio (limitado pero muy alto) sobre el resto de la creación, y hay otro poder sobrehumano, divino, ilimitado, que conduce nuestro destino, pero no arbitrariamente, sino “con sabiduría y amor” (Catecismo, 321). Y no es un poder ciego, sino clarividente, que “todo lo puede y todo lo ve” (II Mac 7, 35). A estos dos poderes hay que añadir otra fuerza oscura, la del espíritu del mal, con una misteriosa capacidad para seducir, enredar y confundir a las mentes y los corazones (a la que no vamos a dedicar más tiempo que el que se necesita para dejar constancia de su existencia) pero que no debemos olvidar ni despreciar, aunque su poder sea grande y a la vez muy limitado.

Este es el punto de partida de estas reflexiones que hoy comenzamos dedicadas al asunto del coronavirus, a sabiendas de que parten de un punto de arranque que quizá muchos consideren una petición de principio: aceptar que Dios es el señor del universo y de la historia, lo cual exige creer en él (y lo mismo habría que decir respecto del Maligno).

El principio de causalidad

Ciertamente, los hechos en los que se desenvuelve la vida humana, y sus coincidencias, están ahí y se constatan mediante los datos, pero dar con las causas suele ser un trabajo arduo y muchas veces imposible. Encontrar las causas es un ejercicio en el que, dicho de manera genérica, se necesita de fe, razón y ciencia, las tres herramientas de que dispone el hombre para ir conquistando, poco a poco, la verdad. Lo que no cabe aceptar es que las cosas sucedan porque sí, o dejen de suceder porque no. El porque sí y el porque no son extraños a la fe, a la razón y a la ciencia. No vivimos en un mundo de casualidades sino de causalidades, por eso la cuestión del azar necesita cierta aclaración.

Lo primero es decir que no hay hecho sin causa; todo lo que ocurre, ocurre por algo, normalmente por varias causas. Pero esto, que es evidente respecto a los hechos, no lo es respecto a la coincidencia de los hechos. Si explicar las causas de los hechos muchas veces resulta complicado, explicar las coincidencias viene a ser más complicado todavía, tanto que en muchísimas ocasiones a la razón no le queda más remedio que rendirse ante su propia incapacidad e ignorancia. Veritas semper maior. La verdad siempre es mayor que las posibilidades humanas de alcanzarla.

Lo segundo es que cuando dos o más hechos inconexos, cuyas causas permanecen ocultas, vienen a encontrarse en el tiempo y en el espacio, la razón se encuentra envuelta en un manto de oscuridad que solo puede resolverse tomando una de estas tres salidas: el absurdo, el problema y el misterio.

Si la razón opta por el absurdo, entonces las cosas que ocurren no tienen ningún sentido y las únicas respuestas son el mito, la superstición o el providencialismo, tomado este en su sentido menos racional.

Si la opción que toma la razón es la del problema, el camino a emprender es el estudio y la investigación.

Si la opción es el misterio, la respuesta que corresponde es la fe activa, la cual combina la referencia a Dios (Causa Primera, Padre providente, infinitamente bueno y sabio) con el trabajo humano. En qué pueda consistir el trabajo humano ante el misterio, depende de cada misterio, pero en todo caso el camino para la razón es el mismo que el que tiene ante los problemas: estudio e investigación. Dado que el camino es el mismo, conviene diferenciar de inmediato entre misterio y problema. Varias, y muy interesantes, son las diferencias entre estas dos oscuridades, pero ahora se trata de atender solo a la principal: el problema tiene solución y el misterio no la tiene. En el problema, con la razón se puede llegar al final; ante el misterio la razón es impotente y por eso en él no hay final, siempre cabe profundizar más y más.

Una mirada al problema de la Covid-19

Varias de las circunstancias que rodean la Covid-19, pero especialmente la de su globalización, tienen peso más que sobrado para entenderlo como un signo de nuestro tiempo. Vamos a mirarlo ahora partiendo de tres antecedentes, dos de los cuales acaban de exponerse:

Uno, la cita anterior del Catecismo: Dios, el Señor del universo y de la historia, “gobierna los corazones y los acontecimientos según su voluntad”.

Dos, el principio de causalidad. Todo lo que ocurre, ocurre por una o varias causas que lo explican racionalmente, aunque no siempre podamos averiguar esa/s causa/s.

El tercero es una severa amonestación de Jesucristo, tomada del evangelio de San Lucas: Hipócritas: sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, pues ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? (Lc 12, 56-57).

Apoyados en estos antecedentes, intentaremos una reflexión con la cual pergeñar nuestra particular interpretación sobre este signo del tiempo presente al que nos han dicho que llamemos Covid-19.
  1. Estamos ante una realidad inexplicada, ante la cual, la primera tarea es encuadrarla. ¿Qué clase de realidad inexplicada es esta: absurdo, problema o misterio? La respuesta es que se trata de un problema.

Algunos de los hechos y consecuencias de este virus podrían empujarnos a mirarlo como un absurdo porque no es fácil encontrar el sentido de su comportamiento errático: contagiados asintomáticos frente a infectados que sufren agravamientos fulgurantes, de escasas horas, con resultado de muerte; contagiados que contagian a unos no y a otros sí, en varios casos con consecuencias dolorosas en extremo: muertes en soledad que han dejado rastros de inmenso desconsuelo, cadáveres insepultos durante días, etc. Algunos se han visto tentados de verlo como un absurdo, pero no lo es porque la mayor parte de los contagiados se han curado. No estamos, pues, ante un absurdo, sino ante una enfermedad desconcertante.

Tampoco es un misterio porque ningún misterio aparece súbitamente. Los misterios son misterios desde siempre y se mantienen en su condición de misterios a través del tiempo. Lo que la filosofía y la religión han señalado como misterios no surgen ni desaparecen de repente: el ser, la muerte, el tiempo, el mal, el alma, el hombre, la libertad, el origen y el destino del mundo… Dios Uno y Trino, el hombre-Dios: Jesucristo, la creación, la gracia y el pecado, los sacramentos, la vida después de la muerte con sus dos vertientes de salvación y condenación… ¡Y tantos otros! La sola enumeración de estos misterios es suficiente para darse cuenta de que la Covid-19 no pertenece a esta categoría.

La Covid-19 es un problema grave, lleno de interrogantes y zonas oscuras, pero no pasa de ser problema y por eso, tarde o temprano, se hallará solución para ella.
  1. Los problemas no se nos dan para gozar profundizando en ellos, como ocurre con los misterios, sino para combatir sus consecuencias, y en cuanto se pueda, hacerlos desaparecer (por medios legítimos, se entiende).
  2. Todos los misterios, aun los propiamente humanos, apuntan a Dios; los problemas, en cambio, apuntan al hombre. Los misterios revelan y al mismo tiempo ocultan a un Dios sin medida (in-menso); por su parte, los problemas dan, hasta cierto punto, la medida del hombre porque muestran hasta dónde se extienden las posibilidades de acción humana.
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