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Mientras escribo este artículo, dos años largos después de la declaración oficial de la Pandemia, las autoridades de algunas ciudades asiáticas muy pobladas mantienen a la población en un estricto confinamiento domiciliario, con todos los problemas que ello conlleva. En cambio, en Europa se han ido eliminando las restricciones de régimen de vida y cada vez hay menos precauciones. Son dos extremos que convendría evitar en este momento.

Puedo entender que las primeras semanas de una epidemia nueva se sea estricto y se opte por intentar romper radicalmente la cadena de transmisión de la enfermedad. Sin embargo, ya conocemos bien (todo es mejorable, claro) la transmisión del virus y deberíamos mejorar la calidad de vida de nuestros conciudadanos animándoles a vacunarse, a contactar con su médico en caso de síntomas, a ventilar bien los locales o hacer vida en el exterior, a no exponerse innecesariamente a concentraciones humanas, a continuar con la higiene de manos y superficies (aunque no obsesivamente) y a utilizar la mascarilla en ambientes cargados o en el caso de personas vulnerables.

Me sorprenden los vaivenes témporo-espaciales en las medidas. Tomo un avión que exige mascarilla de alta filtración para embarcar, desde un aeropuerto que no la exige, para llegar a una ciudad donde se supone que te piden el certificado de vacunación, pero no lo hacen. Por el camino han dejado embarcar a una persona con tos y continuas secreciones nasales. Y ya sé que la compañía aérea asegura que el aire se renueva y filtra continuamente.

Por motivos insondables las recomendaciones u obligaciones que nos evacúan las autoridades sanitarias no siempre casan con lo que las Sociedades Científicas o las Reales Academias determinan. Hay decisiones que se toman sin la anuencia de los entendidos. Ni siquiera se pregunta por el nivel de morbi-mortalidad correspondiente a cada paquete de medidas. A cada escalón de prevención corresponden unos efectos beneficiosos y unos adversos y se debería decidir el riesgo que se quiere asumir. Y este riesgo debería constar claro para que pudiéramos los adultos decidir en consecuencia y ayudar a los niños a pasar la mejor infancia posible.

Como es natural me interesan también las medidas que se toman en las iglesias, al administrar los sacramentos, al proclamar la Palabra y al ejercitar la Caritas. No me gustó leer un artículo que criticaba duramente la actuación de la Iglesia en la pandemia de la llamada gripe española de hace cien años. Parece que las aglomeraciones de fieles en las rogativas contribuyeron a la expansión del virus. Pero es bueno hacer rogativas. Y se tiene que contar con los médicos para minimizar los riesgos. El “orad y vigilad” que nos dijo el mismo Jesucristo nos da una de las claves.

Las misas, los sacramentos, el agua bendita, las publicaciones, se pueden administrar con seguridad y pocas molestias. No tiene ningún sentido eliminar el agua bendita de nuestras pilas, ni seguir recomendando ver la misa por televisión (salvo los muy enfermos o contagiados productivos), ni negarse a dar la sagrada comunión en la boca, ni eliminar el sacramento de la confesión (hay muchas soluciones imaginativas posibles para que la audición sea segura), ni evitar hacer un gesto de paz o inclinación cuando toque.

La Iglesia atiende a las personas una a una, personalmente. Hay actos comunitarios pero algunos son de una persona cada vez. La comunión es para todos y cada uno (si están debidamente dispuestos), no es una efusión general, es algo de Persona a persona.

Dr. José María Simón, Presidente emérito de la Federación Internacional de Asociaciones Médicas Católicas (FIAMC)

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