La Covid-19, signo de este tiempo (IV)

“La familia es el ámbito de la socialización primaria, porque es el primer lugar donde se aprende a colocarse frente al otro, a escuchar, a compartir, a soportar, a respetar, a ayudar, a convivir. La tarea educativa tiene que despertar el sentimiento del mundo y de la sociedad como hogar, es una educación para saber «habitar», más allá de los límites de la propia casa”. (Del punto nº 276 de la encíclica “Amoris laetitia”, del papa Francisco).

Como en casa, en ningún sitio

  1. Continuando con la cuestión de la movilidad, no está de más señalar el hecho de que la COVID-19 ha sido -está siendo- una oportunidad que, por la fuerza de los hechos, ha llevado a muchísimas personas a reencontrase con su propia casa, o, por mejor decir, a reencontrarse consigo mismos y con los de su propia casa. El día anterior a redactar estas líneas, oía en un noticiario que en estos últimos meses las empresas de reformas han recibido un aumento considerable de pedidos porque, según decía el informador, con el crecimiento del teletrabajo, son muchos los que han visto la necesidad, o al menos la conveniencia, de adaptar el domicilio a la nueva situación.

A mí me parece que ya es triste que nos hayamos visto forzados a redescubrir nuestra propia casa, y a que sea más hogar de lo que venía siendo, no solo domicilio. Sigo planteando mi reflexión con el mismo tipo de pregunta que hice en los puntos anteriores [La COVID-19, signo de este tiempo (III)]: Si el virus nos está obligando a movernos menos y a pasar mucho más tiempo en casa, ¿no será, tal vez, que habíamos abandonado demasiado la vida del hogar?, ¿no será que estábamos -estamos- padeciendo un exceso de calle en detrimento de la casa? Creo que no exagero si digo que en la práctica, muchos hogares han venido a convertirse en poco más que dormitorios. ¿Por qué, si no, inventamos en su día, ya hace décadas, la expresión “ciudad dormitorio”? En la medida en que sea verdad que ha mermado el carácter hogareño de nuestras casas -y yo estoy convencido de que lo es en gran medida-, el hecho es mucho más grave y preocupante de lo que, quizá, puede suponerse en una primera ojeada. Por un motivo bien simple: porque a menos hogar le corresponde más calle, y la calle tiene sus riesgos. Con mucha frecuencia la calle resulta agresiva. El hogar, en cambio, es -está llamado a ser- el lugar que mejor garantiza la seguridad y la protección; si no fuera así, a ver qué sentido tienen los confinamientos, sea por peligro de contagio, como ahora, sea por nubes tóxicas, escapes de gas, etc.

Es cierto que también hay casas que más que hogares son cubiles, ratoneras de corrupción, pero ese no es el sentido recto del hogar, sino su perversión. El hogar es, por etimología, la estancia donde se guardaba el fuego, el lugar de la calidez, el nido que resguarda de las inclemencias del tiempo (¿por qué a los rigores del clima se les llamará in-clemencias?); la calle es lo contrario: la intemperie, y con ella, la inseguridad, la desprotección. El déficit de vida hogareña supone, necesariamente, una mayor exposición a la erosión de la calle, entendiendo por “calle” no solo la vía pública, sino la mayor parte de los ámbitos extrahogareños.

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Decir esto no es estar en contra de la vida fuera de casa, sino de sus riesgos. Entre casa y calle no hay -no debería haber- oposición, sino complementariedad. Lo que más caracteriza al hogar es la intimidad, lo que más caracteriza a la calle es la apertura. Ambas notas, intimidad y apertura, se reclaman porque no son incompatibles, sino complementarias; ambas son necesarias para un desarrollo normal y equilibrado de la existencia, pero eso no significa que casa y calle tengan el mismo rango ni el mismo valor. Casa y calle son dos conceptos asimétricos, no son dos platillos de balanza que necesitan ser igualados. Intimidad y apertura son importantes, claro que sí, pero no se corresponden por igual, la primera con la casa y la segunda con la calle. La casa es -deber ser- centro de intimidad y de apertura, y gracias a la apertura aprendida y experimentada en casa, se podrán establecer relaciones de apertura adecuadas más allá de las paredes del hogar; la calle, en cambio, es incompatible con la intimidad. Quien nutre su alma más de calle que de casa, se ve abocado a una intimidad muy pobre, y la intimidad pobre es, por necesidad, fuente de de inmadurez y, por consiguiente, de insatisfacción.

“Familidad” y espacio-tiempo

  1. Para entender por qué estas cosas son así, por qué necesitamos vida de hogar, nos puede venir bien considerar dos aspectos esenciales de nuestra naturaleza: el espacio-temporalidad y la “familidad”. Pongo entre comillas esta palabra, “familidad”, porque no la encuentro registrada en el Diccionario de la Lengua de la Real Academia.

¿Por qué digo “familidad” y no “familiaridad”, palabra que sí viene en el diccionario de la RAE, y además es la que ha usado la filosofía de la familia para decir lo mismo que yo quiero decir cuando digo “familidad”? Por una cuestión de sencillez: para evitar confusiones con el lenguaje, ya que ninguna de las cuatro acepciones de “familiaridad” recogidas por la Academia se corresponde con el significado que doy a “familidad”, que es el siguiente. Entiendo por “familidad” el rasgo por el cual desde la Filosofía de la Familia se ha caracterizado al hombre como homo familiaris, dos palabras en latín que justifican sobradamente la índole familiar del hombre. Si aceptamos que esto es verdad, como lo demuestran la antropología cultural y filosófica, la “familidad” no es un añadido, sino un constitutivo de la naturaleza humana, un rasgo antropológico esencial, sin el cual no puede entenderse al hombre como tal hombre. No se trata, pues, de gustos, no es cuestión de que nos atraiga más o menos pasar tiempo dentro o fuera de casa; es que para vivir de acuerdo con nuestra naturaleza necesitamos estar en casa, tener vida de familia, que casi viene a coincidir con tener experiencia de casa, tiempo de casa. La “familidad” en la práctica se hace imposible si no hay tiempo y espacio de hogar.

Somos espacio-temporales

  1. Es evidente que el hombre es, como el resto de los seres de este mundo, un ser espacio-temporal. Mientras vivamos en la tierra, no podemos zafarnos de estas coordenadas vitales que llamamos espacio y tiempo, por más que la tecnología actual haya venido a ampliar los límites de esas coordenadas, modificándolos enormemente. (Lo cual, por otra parte, teniendo ventajas incontestables, no es solamente un cúmulo de ventajas, también conlleva otro cúmulo de inconvenientes que a menudo pasan inadvertidos). De entre las notas que caracterizan esta espacio-temporalidad nuestra, hay tres que ahora nos interesan: necesidad, univocidad y finitud.

A la necesidad acabamos de referirnos al decir que en esta tierra, mientras no pasemos a la vida eterna, no podemos escapar a nuestra sujeción al tiempo y al espacio; rectifico: la sujeción al tiempo y al espacio no es una sujeción a algo externo, es la sujeción a nuestro propio ser, que presenta en la tierra esta modalidad de ser. Estas ataduras al tiempo y al espacio son tan evidentes que por muchos que sean los cambios que nos aporta la tecnología en la percepción y en la gestión del espacio y del tiempo, queramos o no queramos, seguimos estando sujetos a las concreciones del lugar y la duración, las dos realidades más insoslayables del día a día y de todos los días, ya que hemos de estar siempre, por imperativo terrenal, en algún lugar y durante un tiempo determinado.

En cuanto a la univocidad, digamos que nuestra atadura no es al tiempo y al espacio en general, sino que estamos atados a un solo tiempo y a un solo lugar. No podemos estar en dos sitios a la vez y no podemos realizar dos actividades personales durante el mismo tiempo. Lo primero apenas necesita ser explicado, porque es obvio que no podemos estar en dos sitios a la vez. Sí hace falta decir que podemos caer en la ilusión de pensar que la tecnología actual nos permite estar en dos lugares al mismo tiempo. Pero eso no es verdad. Podemos actuar a distancia y de manera simultánea en varios lugares, eso sí, pero eso no es estar. Estar consiste en hacer presente el ser real, el de carne y hueso, en un lugar y en un momento concreto. Véase con un ejemplo. Cuando en el mismo momento un directivo de una multinacional da instrucciones a los delegados locales de varios países, él no está en cada uno de esos países aunque sus instrucciones lleguen a todos los delegados al mismo tiempo. Pero eso no es estar, estar implica estar localizado, valga la redundancia, estar es hacer presente el ser aquí y ahora.

En cuanto a la posibilidad de hacer dos cosas a la misma vez, la limitación es la misma, aunque se suele ver con menos claridad y por eso estamos más expuestos a errar con el tiempo que con el espacio. Sí tenemos capacidad para simultanear diversas actividades que no requieran atención, pero cuando las actividades requieren atención, esta solo puede estar centrada en cada momento en una sola cosa. Podemos conducir y escuchar la radio, por ejemplo, o hacer dos cosas distintas con las manos, una con cada mano, pero alguna de las dos, o ambas, deben quedar libres de atención, realizadas de forma mecánica, rutinizadas a base de ejercicio y repetición.

La razón por la que parece que sí podemos hacer dos cosas a la vez es porque los cambios de atención entre dos actividades distintas pueden ser tan veloces que nos puede dar la impresión de que estamos haciendo dos cosas a la vez. Pero no es verdad que la atención pueda estar concentrada en dos objetos a la vez, la neurología actual se ha encargado de demostrarlo. Lo que sí ocurre es que el cerebro humano tiene una enorme capacidad de intermitencia respecto a la atención. Tenemos -unos más que otros- una gran facilidad para fijar la atención en un punto, desviarla a otro punto distinto y recuperar la atención al primero. Basta con un tiempo brevísimo, mínimo, para saltar de actividad y retomar cualquiera de las abandonadas, un tiempo que puede tan extremadamente breve que hace imposible percibir su brevedad (del mismo modo que el cerebro no tiene capacidad para ver un fotograma tras otro en una película y por eso crea el cine, es decir, la ilusión óptica de movimiento donde solo hay fotos fijas).

La experiencia cotidiana viene a corroborar una y otra vez que cuando queremos simultanear dos actividades y las dos son de peso, ambas sufren merma. Las situaciones particulares son tan extensas como personas, y cada caso es distinto de los demás, pero una de las causas de esta hiperactividad y estas prisas que caracterizan nuestra época radica precisamente aquí: en que queremos estirar el tiempo y el espacio más de lo que estos dan de sí. Vuelvo a la rectificación anterior en el sentido de que el tiempo y el espacio no dan de sí, no estiran ni encogen; cuando hablamos de estirar el tiempo, lo que hacemos es estirar nuestras personas por el único medio que hay para hacerlo: el activismo y las prisas. Siendo así, ¿a quién le puede extrañar que, haciendo tantas cosas, los contemporáneos seamos tan estirados y tan inquietos?

Acerca de la finitud del espacio y del tiempo no es preciso decir nada, si la señalo es solamente para que no se olvide, pues conviene tenerla presente.

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