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La lucha, el viejo lugar para el encuentro (II)

El mundo está muy revuelto, y eso dificulta mucho la lucha y exige valentía; osadía, diría yo. El bienestar se termina. Lo que te digo aquí va para todos: para el obrero y para el obispo, para la empresa y para las diócesis, las asociaciones, los sindicatos, los talleres, los trabajadores de la salud… Llega un tiempo nuevo para hombres muy hombres y mujeres muy mujeres. Se acabaron las medias tintas.

No reniegues si te insisto aún. Estamos viviendo la “modernidad líquida” de que nos alerta Zygmunt Bauman; en ella las reglas han cambiado, pues el caso es que no hay reglas, porque la realidad actual es disruptiva: el va y el viene, el subir y el bajar, el tragar y el vomitar. Eso no es nuevo, porque la vida ha sido siempre cambiante y ha estado siempre en permanente movimiento, aunque el bienestar lo disfrazaba en muchas personas de bien y de mal.

Sin embargo, ahora, ya, en este momento preciso, la novedad es que debemos ser capaces de afrontar los acontecimientos con un nuevo estilo basado en la colaboración transversal global, y eso implica respeto y amplitud de miras. No hay rincón que esté fuera de lugar, todos tienen y están en su sitio, y todos los seres vivos cuentan; el problema añadido es que a veces algunos rincones están tan escondidos, que hay que ir con lupa para descubrirlos… y luego alcanzarlos. Para ayudarnos. Mutuamente. Desde ya.

El cambio, la disrupción, son cada vez más evidentes. La barca de la Humanidad –por usar un término que la Biblia emplea para designar a la Iglesia– está siendo zarandeada por un grupito de gentuza sin alma, y esa flor y nata planetaria está logrando embaucar a una multitud de seres depauperados, que son comprados con eso que les llaman “buenas vibraciones” para que piquen, porque lo que anhela la miserable plebe del “totalitarismo blando” (término usado por Rod Dreher en su libro Vivir sin mentiras) es paz y amor: el bienestar que se les acaba. ¿Qué harán cuando sientan y vean que han sido engañados? Rebelarse. (Lo avisan voces de la Iglesia, que es la mejor y mayor red de detección del saber hacer, como lo es del deshacer o mal hacer).

Estamos a las puertas. A causa del zarandeo (que apenas empezamos a advertir en la actualidad los que estábamos ciegos a las advertencias de los santos), la barca de la Humanidad se sumerge hoy, ya, en una borrasca de la que salir será difícil, pues el mar de la Creación nos alerta, abrupto, de que hemos sobrepasado el límite del equilibrio planetario, que como nos avanza Jesús, sus implicaciones serán hasta siderales (“El sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del Cielo, y las potestades de los cielos se conmoverán”: Mt 24,29-30; Mc 13,24-25). Así es y estas son las consecuencias del ataque a hurtadillas de lo que el Papa Benedicto XVI tildó de “el poder espiritual del Anticristo”. Debemos estar preparados, sí, pero sobre todo es preciso y hasta razonable aceptar la realidad de que no somos dioses, bajar velas y amarnos, bien agarrados a las amarras de la Verdad.

Sobre todo, no te engañes: sin respetar la Verdad ni buscarla, la hecatombe la tenemos asegurada. Cuando una sociedad llama a terminar brutalmente la vida de un ser humano en nombre de la vida (¡sic!), es que está enferma. (Aunque sea con una pastillita indolora, y por muy autoproclamada cosmopolita, proderechos e inclusiva que semejante sociedad sea). Es lógico, porque si tratas a un mosquito como a un niño o a un niño como a un mosquito, nunca conseguirás tu cometido, por más “buenos vibras” que le metas. El mosquito se elimina con un pantuflazo, y el niño se acoge, se cría y se educa con amor, empezando –como decimos– por el amor a su verdad de niño o niña, que es inseparable de la Verdad; ¡y estamos construyendo sobre la arena de la Mentira! (Cfr. Mt 7,24-27).

Mientras no entendamos esto, la Vida, fiel a la Verdad, se rebelará. ¡No porque Dios sea un malvado, sino porque los malvados somos nosotros! Y no me hagas profundizar más, porque luego me censurarás mi vocerío. Por ahora, dejémoslo en que para seguir caminando por esta vereda de espesuras y sorpresas insospechadas, te emplazo a mi próximo artículo. ¡Porque hay más!

La lucha, el viejo lugar para el encuentro (I)

Cuando una sociedad llama a terminar brutalmente la vida de un ser humano en nombre de la vida (¡sic!), es que está enferma Clic para tuitear
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