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La Sociedad Desvincula (25). El laicismo de la exclusión religiosa

Las luces de la razón ilustrada se expanden y toman cuerpo en la modernidad alterando el papel de la religión. ¿En qué términos? Escuchemos una voz bien moderna y francesa, la de Alain Touraine. «Es imposible llamar moderna a una sociedad que busca, ante todo, organizarse y actuar de acuerdo con una revelación divina; es la difusión de productos de la actividad racional, científica, tecnológica, administrativa… La modernidad excluye cualquier finalismo… La idea de modernidad sustituye el centro de la sociedad a Dios por la ciencia dejando en el mejor de los casos las creencias religiosas en el seno de la vida privada[1]».

Si no cree en Dios, o no lo toma en consideración, puede participar con todo su ser en el debate público, pero, si cree en Dios, deberá razonar y manifestarse públicamente autocensurando su sentido religioso

Estamos ante una nueva concepción que sitúa al hecho religioso, y por lo tanto, a quien se adscribe en él, en una concepción inferior, incompatible con la modernidad. Lo «moderno» como antitético de lo religioso, o la reducción de esto último a una cuestión estrictamente interior, íntima, impresentable en el ágora. Es una idea que no solo ha perdurado, sino que se ha expandido en Europa de manera tan excesiva que, en el verano del 2013, la Unión Europea rechazó que las monedas de Euro de Andorra tuvieran como distintivo propio del país la imagen del imponente Pancreator, una joya románica que se encuentra en aquel pequeño estado pirenaico, porque era contraria a la neutralidad religiosa, como si tal obra no formara parte del bagaje esencial de la cultura europea. La experiencia religiosa y su consecuencia secular no tienen cabida en la sociedad desvinculada. Se establece así una doble perspectiva del ciudadano. Si no cree en Dios, o no lo toma en consideración, puede participar con todo su ser en el debate público, pero, si cree en Dios, deberá razonar y manifestarse públicamente autocensurando su sentido religioso.

Uno de los vectores que inciden en la ruptura con Dios es el cientifismo, una ideología que sostiene la supremacía de las ciencias sobre otros campos del conocimiento, incluidos la filosofía, la ética y la religión. Este hecho posee decisivas ramificaciones como la desvinculación de la ciencia de todo sistema moral de manera que solo esté regida por su propia lógica, que no es otra que la de los medios: todo lo que se puede hacer debe hacerse. Y este «todo» no escapa a la lógica del mercado ni a la del deseo. El pensamiento científico muta así en sistema filosófico y religioso, constituyéndose en respuesta sobre los fines del ser humano.

Entre el cientifismo y el ateísmo hay una estrecha relación. Pero, situada esta premisa, resulta imprescindible advertir que tipificar una concepción atea no es tan sencillo como a primera vista parece.

Escribe Nietzsche que «Dios también tiene su infierno en su amor por los hombres». ¿Es esta la palabra de un ateo o la de un buscador que no encuentra? La frase posee un significado más potente si la enlazamos con otra de Lautrémont: «He recibido la vida como una herida abierta, y he impedido al suicidio curar la cicatriz. Quiero que el Creador contemple, en cada hora de su eternidad, la grieta abierta. Es el castigo que yo le inflijo.» Este poeta, que rinde culto romántico al mal, precursor del surrealismo, ¿es un ateo, un endemoniado, un desesperado o simplemente un snob? En su obra de culto Los Cantos de Maldoror (1868) ensalza el asesinato, el sadomasoquismo, la violencia, la blasfemia y la obscenidad (o sea que no anda lejos de muchos estándares de la cultura actual). Maldoror es una figura demoníaca suprema que aborrece a Dios y a la humanidad, de la que surge la idea de un héroe negativo, satánico, en lucha abierta contra el Creador.

¿Se puede ser ateo pensando en un Dios que sufre o revelándose para luchar contra él?

La respuesta carece de matices. Es simplemente no, por la misma razón que Lucifer no es ateo. Pero la cuestión todavía es más compleja. Existe un ateísmo activo que consiste en rechazar a Dios y existe un ateísmo pasivo, de pena y de expiación, que consiste en ser rechazado o sentirse rechazado por Dios. Hay que preguntar a los místicos que han compartido parte de la noche oscura del alma, la última entre ellos, la Madre Teresa de Calcuta, para saber cuán dolorosa es esta forma de ateísmo, que no define una posición permanente y expresa algo que con facilidad se olvida: la dificultad del propio creyente.

El ateísmo choca ante dos evidencias prácticas muy difíciles de doblegar.

Una, la de que casi la totalidad de los seres humanos de todos los tiempos ha tenido una relación con Dios. En nuestra época, el 84% de los habitantes del mundo tienen una religión. El 16% restante no significa que sean ateos, sino que se desconoce su identidad religiosa, algo perfectamente lógico si se considera que, de entre ellos, 700 millones son chinos y viven en un régimen de notorio silencio religioso. En la actualidad, el periodo de la historia en el que parecen existir más ateos, no representan mucho más allá de un 3% de la humanidad. Con un dato añadido: en términos relativos, cada vez son menos por otra razón práctica. Su vocación para la descendencia es limitada, muy por debajo de la tasa de remplazo, mientras que la población religiosa opera en sentido contrario. En 2007, la Enciclopedia Británica estimó que el 2,3% de la población se consideraba atea, mientras que el 11,7% no profesaba ninguna religión. El agregado de estas dos cifras es consistente con el más arriba formulado. Por su parte, el World Factbook de la CIA estima en un 12,5% el porcentaje de la población mundial sin creencias religiosas, y en torno al 2,4% la proporción de ateos, valores también coincidentes.

Jamás ha existido un proyecto político que aunara ateísmo y democracia

La segunda objeción práctica es también de gran calibre: no existe ningún régimen político basado en el ateísmo, exceptuando minúsculas dictaduras, como Corea del Norte. En plena época comunista solo Albania se definió en estos términos, porque generalmente el comunismo se inclinó por el control político y policial de la religión. Jamás ha existido un proyecto político que aunara ateísmo y democracia. En realidad, y como trata Alasdair MacIntyre en Dios, Filosofía, Universidades[2], las principales razones críticas del ateísmo no son ateas, en el sentido que surgen en el seno de la propia filosofía cristiana, pero no con el fin predeterminado de negar a Dios, sino como fruto de una reflexión filosófica honesta.

La impotencia social del ateísmo para configurar sociedades hace que intente implantarse a través de lo que denominan laicismo, que no debe confundirse con la laicidad, aconfesionalidad o neutralidad del estado en el sentido de carecer de una religión específica, al tiempo que asume en términos positivos su existencia en la sociedad. El laicismo de la exclusión religiosa persigue el mismo fin que la opción atea: suprimir la religión de la vida del ser humano, de la sociedad, relegarla al silencio de la conciencia, pero sin admitir su manifestación social.

La lógica interna del laicismo de la exclusión religiosa comporta una censura cultural de la propia identidad, algo que se manifestó en toda su dimensión cuando tuvo lugar el debate de lo que debía de ser la Constitución Europea. Fue imposible introducir en el prólogo una expresión que reconociera la tradición cristiana en la formación de la cultura europea. Ni tan siquiera se aceptó como válida la solución adaptada por la Constitución Polaca que sirvió para poner de acuerdo a comunistas y católicos. Es una de tantas manifestaciones que constituye una exclusión cultural que tiene profundas consecuencias sobre el conocimiento de las humanidades, de la historia, las artes, la literatura y la filosofía; del saber, en definitiva.

¿Cómo leer o interpretar obras de autores inmersos en un marco de referencia exclusivamente cristiano, como sucede en la mayor parte de la historia europea, si se carece de la más elemental idea sobre su naturaleza, significado y características del cristianismo? Lo que resulta normal en el conocimiento de una civilización no ajena, saber de su religión porque es la matriz de su cultura, está vetado a los propios europeos.

[1] Crítica de la Modernidad. Temas de Hoy. Madrid 1993 p23,24

[2] Editorial Nuevo Inicio 2012 Granada

La Sociedad Desvinculada (24). La ruptura con Dios. Secularización

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