León XIV ante la Virgen de la Almudena: «Para edificar algo nuevo hay que destruir los muros»

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Hay gestos que explican mejor una visita papal que muchos discursos.

Y uno de ellos tuvo lugar este lunes en la Catedral de la Almudena.

Después de dirigirse a las instituciones del Estado, de hablar ante miles de jóvenes y de encontrarse con los más vulnerables, León XIV quiso acudir a quien durante siglos ha sido refugio espiritual de Madrid.

La Virgen de la Almudena.

Porque antes de las estrategias, de los proyectos y de los planes pastorales, la Iglesia sabe que todo comienza de rodillas.

Todo comienza ante Dios.

Y todo florece bajo la protección de María.

En uno de los momentos más profundamente espirituales de su viaje apostólico a España, el Santo Padre presidió un acto de oración y homenaje a la patrona madrileña, culminado con la entrega de la Rosa de Oro, una de las mayores distinciones que un Papa puede conceder a una imagen mariana.

No se trataba únicamente de un gesto protocolario.

Era una declaración de amor filial.

«Símbolo del filial amor del Papa a la Virgen María», explicó el propio León XIV.

Ante la imagen venerada durante generaciones por los madrileños, el Pontífice quiso recordar además la historia que da origen a esta advocación.

Una historia marcada por una muralla.

Y precisamente desde esa imagen construyó una de las reflexiones más profundas de toda su visita.

Los muros que siguen dividiendo a los hombres

La tradición cuenta que la imagen de la Virgen permaneció oculta durante siglos en la muralla de Madrid hasta ser hallada providencialmente.

León XIV tomó esa historia como punto de partida para hablar de las murallas contemporáneas.

No las de piedra.

Las del corazón.

Las que siguen separando a los hombres unos de otros.

«Para edificar algo nuevo, hermoso y duradero hay que estar dispuestos a destruir los muros», afirmó.

La frase resonó con fuerza en una Europa cada vez más fragmentada por enfrentamientos políticos, ideológicos, culturales y sociales.

Pero el Papa no hablaba únicamente de política.

Hablaba de una realidad más profunda.

Porque las mayores divisiones nacen cuando el hombre deja de reconocerse hermano de los demás e hijo de un mismo Padre.

Por eso invitó a los presentes a convertirse en «constructores de vínculos que restauren el lenguaje universal de la comunión, el amor fraterno y la concordia».

No es casual que utilizara precisamente la palabra comunión.

Porque la Iglesia sabe que la verdadera unidad no nace de pactos circunstanciales ni de equilibrios de intereses.

Nace de Cristo.

Toda auténtica comunión tiene su origen en la Cruz.

Y solo desde ella pueden derribarse los muros que separan a los hombres sin destruir al mismo tiempo la verdad que los sostiene.

Una nación bajo el manto de María

La ceremonia transcurrió en un clima de recogimiento poco habitual en el ritmo frenético de una gran ciudad.

Seminaristas, familias, sacerdotes y fieles llenaban la catedral mientras se rezaba el Rosario por las intenciones del Santo Padre.

Entre los asistentes se encontraban también diversas autoridades civiles, pero el protagonismo pertenecía claramente a otra Reina.

La Virgen.

La misma que durante siglos ha acompañado las alegrías y sufrimientos de Madrid.

La misma a la que acudieron generaciones enteras en tiempos de guerra, enfermedad, incertidumbre o esperanza.

La misma que sigue recibiendo las oraciones sencillas de quienes entran cada día en la catedral para encender una vela.

León XIV quiso poner bajo su protección a las familias españolas, a los jóvenes, a las vocaciones y a toda la Iglesia en España.

Un gesto especialmente significativo en un momento histórico marcado por la crisis demográfica, la pérdida de referencias espirituales y la creciente secularización de Europa.

Porque cuando la Iglesia acude a María, no lo hace por nostalgia.

Lo hace porque reconoce en ella el modelo perfecto del discípulo de Cristo.

La Rosa de Oro

El momento culminante llegó con la entrega de la Rosa de Oro.

A lo largo de los siglos, este gesto ha sido reservado por los Papas para expresar una especial veneración hacia determinadas advocaciones marianas.

La rosa simboliza belleza.

Simboliza amor.

Simboliza también la alegría que nace de la fe.

Pero en este caso adquiría además otro significado.

Era el homenaje del sucesor de Pedro a una imagen profundamente ligada a la historia espiritual de España.

La ofrenda quedó depositada a los pies de la Virgen mientras resonaban los cantos y las oraciones de los fieles.

Y en aquel instante parecía condensarse una verdad que atraviesa toda la historia cristiana.

Los imperios pasan.

Las ideologías pasan.

Las modas pasan.

Pero María sigue señalando a Cristo.

La muralla que debe caer

Al concluir la celebración, quedaba flotando en el ambiente una pregunta.

¿Cuáles son las murallas que hoy deben caer?

Las del resentimiento.

Las de la indiferencia.

Las del egoísmo.

Las que separan generaciones.

Las que rompen familias.

Las que enfrentan a los pueblos.

Las que alejan al hombre de Dios.

Quizá por eso León XIV quiso dejar precisamente este mensaje ante la Virgen de la Almudena.

Porque toda verdadera renovación comienza derribando aquello que impide amar.

Y porque ninguna construcción humana será verdaderamente sólida si no se levanta sobre el fundamento que permanece cuando todo lo demás desaparece.

Cristo.

Aquel a quien María sigue conduciendo, siglo tras siglo, a todos los que buscan esperanza.

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