He visto brotar la vida en el Estadio Olímpico de Barcelona. Lo digo con la literalidad humilde de quien ha visto, en medio del gentío padres alzando a sus hijos por encima de las cabezas; bebés y niños, entregados por unos segundos a las manos del Papa León XIV, como si toda la visita apostólica hubiera encontrado allí, en esa fragilidad bendecida, su más clara explicación.
Hay escenas que no necesitan demasiadas palabras. Esos padres están presentando ante Pedro el don recibido, la vida confiada, la promesa que Dios ha puesto en sus brazos fruto de su amor.
Durante estos días, el Papa León XIV ha bendecido a una multitud de niños. Los ha tomado en brazos, los ha mirado, acariciado, sonreído y les ha entregado rosarios y ha dejado tras de sí una estela de familias conmovidas. Tengo la impresión de que esas imágenes, aparentemente laterales, explican muy el viaje. El Papa ha venido a hablar de unidad, de verdad, de esperanza, de fe y todo eso se ha hecho visible, casi tangible, en la bendición de cientos de niños.
La crisis de natalidad en España dice mucho de cómo estamos por dentro. Revela nuestro miedo, nuestra fatiga, nuestra pérdida de confianza, nuestra incapacidad para sacrificarnos por algo que no cabe en la lógica estrecha de este mundo acomodado.
Por eso creo que impacta esa procesión espontánea de bebés que, entre vallas, empujones, calor, esperas y cansancio, han sido presentados ante el Papa. No había ahí impostura ni gesto teatral.
Un hijo: un misterio, un regalo inmerecido, una llamada a salir de uno mismo.
Esos padres y madres, tan reales como sus sus ojeras representan una esperanza en la batalla decisiva contra la mentalidad del cálculo.
León XIV, en este viaje, está defendiendo la vida con palabras y con gestos. Nos está mostrando que cada niño es un alma llamada a la eternidad.
He visto brotar la vida en el Estadio Olímpico de Barcelona. Levantar a cada uno de esos niños es proclamar que hay esperanza. León XIV bendice la vida para que España vuelva a nacer.









