León XIV comienza su misión en España entre los pobres: donde la Iglesia sigue encontrando el rostro de Cristo

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No todas las visitas de un Papa tienen lugar ante multitudes.

No todos los momentos decisivos se producen en grandes plazas abarrotadas de fieles o bajo el brillo de los focos.

A veces, los gestos más profundamente cristianos suceden lejos de los centros de poder.

Tras los honores de Estado, los discursos en el Palacio Real y las recepciones institucionales, León XIV ha querido dirigirse a otro lugar. No a un ministerio. No a un parlamento. No a una universidad.

Ha querido encontrarse con los pobres.

Con quienes viven en la calle.

Con quienes han conocido la soledad, la adicción, la exclusión o el abandono.

Con quienes, para demasiados, han dejado de existir.

Su primer acto pastoral en España tendrá lugar en el Centro de Emergencia y Atención Integral 24 Horas (CEDIA) de Cáritas Madrid, una de esas obras silenciosas de la Iglesia que rara vez ocupan titulares y que, sin embargo, sostienen diariamente la esperanza de miles de personas.

Cada jornada, unas ochenta personas encuentran allí refugio, escucha, acompañamiento y ayuda. Durante el último año fueron más de 2.500 las personas atendidas por este proyecto.

Pero la Iglesia nunca ha trabajado con estadísticas.

Trabaja con nombres.

Con historias.

Con heridas concretas.

Con rostros.

Porque donde otros ven masas anónimas o problemas sociales, el cristianismo sigue viendo personas irrepetibles creadas a imagen y semejanza de Dios.

La tradición católica siempre ha visto algo más que un problema social en el sufrimiento de los pobres.

Ha visto un misterio.

Ha visto una presencia.

Por eso la Iglesia no atiende únicamente necesidades materiales. Busca reconocer en cada persona la imagen de Dios, incluso cuando esa imagen aparece herida por la pobreza, la enfermedad, la dependencia o la exclusión.

No es casual que Dorothy Day, fundadora del Catholic Worker Movement y una de las figuras más influyentes del apostolado social católico del siglo XX, afirmara: «El que no puede ver a Dios entre los pobres, en realidad es ateo».

La frase puede parecer provocadora.

Pero contiene una verdad profundamente evangélica.

Cristo no pidió simplemente ayudar a los pobres.

Se identificó con ellos.

«Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis».

Por eso la pobreza nunca ha sido una cuestión secundaria para la Iglesia.

La tradición moral católica recuerda además que la opresión de los pobres constituye uno de los cuatro pecados que claman al Cielo. La Sagrada Escritura presenta el desprecio, la explotación o el abandono del necesitado como una injusticia especialmente grave ante Dios.

Y precisamente por eso resulta tan significativa la decisión de León XIV.

Porque la visita a CEDIA encierra también un mensaje para nuestro tiempo.

Vivimos en una época en la que millones de personas son evaluadas casi exclusivamente por su utilidad económica, su capacidad de consumo o su rendimiento productivo. Un mundo dominado cada vez más por estructuras impersonales, por mercados financieros que operan a escala global y por decisiones económicas tomadas a menudo muy lejos de quienes sufrirán sus consecuencias.

En ese escenario aparecen inevitablemente víctimas.

Personas expulsadas del mercado laboral.

Familias incapaces de acceder a una vivienda.

Ancianos olvidados.

Hombres y mujeres que desaparecen de las prioridades públicas mucho antes de desaparecer de las calles.

Frente a esa lógica despersonalizadora, la Iglesia sigue proclamando una verdad revolucionaria que procede directamente del Génesis: cada ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.

No importa su cuenta bancaria.

No importa su productividad.

No importa su posición social.

No importa siquiera la profundidad de sus caídas.

Su dignidad permanece intacta porque no procede del Estado, ni del mercado, ni del reconocimiento social, sino de Dios mismo.

Por eso la Iglesia se acerca a los pobres no movida únicamente por la compasión, sino por la convicción de que cada uno de ellos posee un valor infinito.

Y por eso resulta tan poderosa la imagen de León XIV entrando en este centro de acogida madrileño.

Porque mientras una parte del mundo mira a los hombres según lo que producen, el cristianismo sigue mirándolos según lo que son.

Hijos de Dios.

El símbolo central del encuentro será un Árbol de la Esperanza construido colectivamente por las personas acompañadas en distintos proyectos de Cáritas. En sus ramas se han depositado deseos, testimonios, sufrimientos y anhelos de quienes intentan reconstruir su vida después de atravesar situaciones límite.

Al finalizar la visita, el Santo Padre recibirá otro árbol elaborado por usuarios de un centro de tratamiento de adicciones.

No será simplemente un obsequio.

Será un signo.

Una prueba de que incluso donde el mundo solo ve fracaso, la gracia sigue siendo capaz de hacer florecer la vida.

La elección de este lugar para inaugurar la dimensión pastoral de la visita tampoco es casual.

La Iglesia sabe que la evangelización no consiste únicamente en predicar desde los púlpitos.

Consiste también en inclinarse sobre las heridas del prójimo.

Consiste en lavar los pies.

Consiste en cargar con el herido al borde del camino, como el buen samaritano.

Consiste en recordar que detrás de cada historia rota existe una persona amada por Dios.

Por eso, después de los saludos oficiales, de los himnos y de los discursos, León XIV ha querido comenzar allí donde comenzó también Cristo.

Entre los pobres.

Entre quienes necesitan esperanza.

Entre quienes recuerdan a la Iglesia cuál es su verdadera misión.

Porque las naciones se miden por su riqueza.

Los imperios por su poder.

Pero el cristianismo sigue midiendo a los hombres por su capacidad de amar.

Y allí, entre los olvidados de Madrid, la Iglesia vuelve a proclamar la misma verdad que anunció hace dos mil años:

Que ningún ser humano está perdido para Dios.

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