León XIV llama a España a volver a la Verdad y la trascendencia: «No os encerréis en ideologías prefabricadas»

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Desde el Palacio Real de Madrid, ante los Reyes, las autoridades del Estado y el cuerpo diplomático, el sucesor de Pedro pronunció un discurso que sonó por momentos como una llamada a recuperar fundamentos que Occidente parece haber olvidado.

«El mensaje de paz encuentra acogida en quienes no se encierran en ideologías prefabricadas, sino que se abren a la verdad», afirmó.

La frase contiene buena parte del corazón de su mensaje.

Porque León XIV no presentó la verdad como una construcción cambiante ni como el resultado de correlaciones de fuerza políticas o culturales. Habló de ella como una realidad a la que el hombre debe abrirse con humildad.

Y precisamente por eso advirtió contra una de las enfermedades más características de nuestro tiempo: la tendencia a reducir la realidad a consignas, etiquetas y relatos enfrentados.

«Abandonar las narrativas divisivas y polarizantes», pidió el Pontífice.

No para caer en el relativismo ni para renunciar a las convicciones, sino para buscar la verdad completa de las cosas.

A lo largo de su intervención, León XIV dejó claro que la crisis de nuestro tiempo no es únicamente económica, tecnológica o institucional.

Es, sobre todo, una crisis espiritual.

«Necesitamos cultura, interioridad, una educación libre y de calidad; necesitamos trascendencia», afirmó.

La palabra no pasó desapercibida.

Trascendencia.

Una palabra cada vez menos frecuente en el discurso público y, sin embargo, indispensable para comprender la visión cristiana del hombre.

Porque una sociedad que vive únicamente pendiente de la producción, del consumo, del bienestar material o de la inmediatez tecnológica termina olvidando las preguntas fundamentales: quiénes somos, para qué vivimos y cuál es nuestro destino.

Por eso el Papa evocó a dos gigantes de la espiritualidad española, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

No los citó como figuras históricas admirables, sino como maestros capaces de seguir iluminando el presente.

«Una mística con los ojos abiertos», dijo de ellos.

Es decir, una espiritualidad que no huye del mundo, sino que ayuda a comprenderlo desde Dios.

El Pontífice advirtió también de los riesgos de las nuevas tecnologías cuando son utilizadas para debilitar el pensamiento crítico, alimentar prejuicios o manipular las conciencias.

Pero lejos de cualquier visión derrotista, insistió en que el bien sigue teniendo fuerza para abrirse camino.

La clave, explicó, pasa por recuperar criterios sólidos de discernimiento.

Y al enumerarlos no recurrió a modas pasajeras ni a categorías ideológicas.

Habló de la dignidad de la persona, del destino universal de los bienes, de la atención a los pobres, del cuidado de la creación y de la paz.

Es decir, de algunos de los pilares permanentes de la doctrina social de la Iglesia.

Mientras terminaban los aplausos en el Palacio Real, quedaba la sensación de haber escuchado algo poco habitual en la Europa contemporánea.

No una invitación a adaptarse al espíritu del tiempo.

Sino una llamada a elevar la mirada.

A volver a la verdad.

A recuperar la vida interior.

Y a recordar que ninguna nación puede conservar su futuro si pierde aquello que da sentido a su existencia.

Por eso León XIV quiso comenzar su viaje precisamente hablando de trascendencia.

Porque antes de transformar la sociedad, es necesario volver a ordenar el corazón del hombre.

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