¿Qué necesita más España: una bendición papal o que nos quiten la siesta espiritual?

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España espera al Papa León XIV con una mezcla muy nuestra de emoción, curiosidad, fe, logística y bocadillos. Los grupos de WhatsApp arden, las parroquias organizan autobuses, las familias hacen cuentas, los jóvenes buscan bandera y los mayores recuerdan otras visitas, otros papas, otros tiempos.

Pero ¿Qué espera realmente España de esta visita? ¿Una bendición o un despertar?

El titular tiene guasa, sí, pero es que España no necesita solo que el Papa la bendiga desde fuera, sino que venga a sacudir algo por dentro.

No basta con que el Papa pase por nuestras calles si el Evangelio no vuelve a pasar por nuestra conciencia.

España conserva todavía muchos signos cristianos. Hay procesiones multitudinarias, fiestas patronales, romerías, imágenes queridas, colegios católicos, cofradías, madres que enseñan a santiguarse, pueblos que siguen midiendo sus fiestas por el calendario litúrgico.

Existe en España una especie de cristianismo ambiental, sentimental, cultural, que acompaña los momentos grandes de la vida —bautizos, bodas, funerales, comuniones—, pero al que le cuesta bajar a las decisiones diarias, a la vida pública, a la familia, al trabajo, al modo de amar y de sufrir.

España no ha dejado de ser cristiana de golpe. Más bien parece haberse ido quedando dormida poco a poco. Se trata de una indiferencia suave, educada, cómoda…una siesta espiritual.

La siesta espiritual es admirar al Papa como figura moral, pero no escucharle como pastor. Es también defender la Semana Santa como patrimonio, pero vaciar la cruz de su exigencia. O por ejemplo, decir la Iglesia “hace falta”, pero no pisar una iglesia salvo cuando toca. Es pedir valores cristianos para los hijos, pero vivir como si la fe fuera un accesorio privado.

En ese sentido, la visita de León XIV puede convertirse en algo más que una gran cita eclesial.

Puede ser una oportunidad providencial para preguntarnos qué queda vivo en nuestras raíces y qué hemos dejado secar.

Ahora bien, tampoco conviene mirar a España con desprecio o fatalismo. Sería injusto. En este país sigue habiendo una fe humilde, silenciosa, resistente. Está en los sacerdotes que sostienen parroquias con pocos medios. En las religiosas que rezan por todos nosotros y nadie las ve. En los matrimonios que permanecen fieles cuando todo invita a romper. En los jóvenes que descubren que seguir a Cristo no es perder libertad, sino encontrar una libertad más alta. En los enfermos que ofrecen su dolor. En los voluntarios que sirven sin aplauso.

Esa España existe. No siempre sale en los titulares, pero sostiene mucho más de lo que parece. La visita del Papa puede ayudar precisamente a eso: a hacer visible lo invisible.

A recordarnos que la Iglesia no está muerta.

El Papa viene a decirnos algo muy sencillo: que no tengamos miedo de ser cristianos. No escondamos la fe como si fuera una rareza.

Una bendición papal siempre es bienvenida, pero un despertar espiritual exige respuesta. No es a todos mucho más fácil levantar el móvil para grabar al Papa que levantar el alma para escuchar a Dios. También es más sencillo gritar “¡Viva el Papa!” que preguntarse: “¿vive mi fe?”. Soy consciente de que es mucho más cómodo pedir que el Papa rece por España que aceptar que España también debe volver a rezar.

España necesita la bendición papal para despertarnos. Ojalá cuando gritemos “¡Viva el Papa!”, nos atrevamos a decir, en lo secreto: “Señor, despiértame a mí primero”.

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