Hemos conseguido complicar la maternidad hasta convertir un hecho natural en una disciplina que exige formación permanente, vocabulario propio y asesoramiento especializado.
En estas estamos. Ahora, para ser madre, se te pide máster; las madres no educamos, sino que acompañamos procesos; no regañamos, sino que establecemos límites respetuosos; no mandamos a los niños a dormir, sino que gestionamos sus necesidades de descanso desde un diálogo emocionalmente consciente.
Pero ¿qué pasa? que cuando, después de tres horas de negociación diplomática, el pequeño embajador decide que tampoco piensa ponerse el pijama, y perdemos la paciencia, florece, por fin, la pregunta de si no habremos confundido el respeto a la infancia con la abdicación de la autoridad.
Los niños necesitan ser queridos, naturalmente, pero también necesitan que alguien sepa más que ellos, decida por ellos cuando corresponde y les enseñe que el mundo no está obligado a organizarse alrededor de sus apetencias.
Durante siglos, las madres han criado hijos sin disponer de aplicaciones que registrasen cada emoción o manuales que interpretasen y resolvieran cada berrinche o transición educativa.
No quiere decir esto que nuestras antepasadas fueran infalibles, ni que debamos recuperar todos los métodos educativos del pasado, algunos manifiestamente mejorables. Más bien quiero sembrar un poco de tranquilidad y reconocer que la humanidad ha conseguido llegar hasta aquí gracias, entre otras cosas, a una considerable cantidad de padres que educaban haciendo uso de una herramienta hoy sospechosamente desacreditada: el sentido común.
El sentido común nos recuerda que un niño puede llorar porque no le compramos un helado sin que eso constituya una tragedia psicológica. El sentido común advierte que aburrirse no es una patología ni un problema de sociabilización; que colaborar en casa no representa una forma de explotación infantil y que enseñar a pedir perdón no supone humillar a nadie, sino prepararlo para convivir con otros seres humanos.
La profesora y escritora María Calvo Charro lleva años reivindicando el valor de la maternidad frente a una cultura que parece tolerarla siempre que no interfiera demasiado en nuestros proyectos personales. En Orgullo de madre plantea precisamente la necesidad de recuperar el reconocimiento social de la maternidad, liberando a las mujeres de esa extraña culpabilidad que las acompaña tanto si trabajan fuera de casa como si deciden dedicar una etapa de su vida prioritariamente a sus hijos.
Hemos construido una sociedad en la que la mujer tiene que justificar constantemente sus decisiones, salvo cuando estas coinciden exactamente con lo que la sociedad espera de ella.
Si trabaja mucho, abandona a sus hijos. Si trabaja poco, desperdicia su talento. Si tiene uno, probablemente debería darle un hermano. Si tiene cinco, alguien le preguntará si todos son del mismo padre o si es que no tiene televisión en casa.
Y si confiesa, sin pedir disculpas, que disfruta profundamente siendo madre, habrá quien sospeche que todavía no ha descubierto las posibilidades de su verdadera realización personal.
El mayor de los engaños contemporáneos consiste en presentar la maternidad como un obstáculo para la libertad, cuando puede ser una de sus expresiones más exigentes, precisamente porque introduce en nuestra existencia a alguien que nos obliga a salir de nosotros mismos.
La maternidad no es un ejercicio de autorrealización con niños de fondo, sino una vocación de amor en la que otra persona adquiere una importancia que desborda y desbarata nuestros propios planes.
Amar no consiste en satisfacer permanentemente al amado, sino en procurar su bien, incluso cuando ese bien exige corregirlo, contrariarlo o permitir que experimente las consecuencias de sus equivocaciones.
Tampoco ayuda que la maternidad se haya convertido en una especie de competición moral. Hay madres que se sienten culpables por dar el pecho y otras por no darlo, por escolarizar pronto y por escolarizar tarde, por preparar un puré casero y por recurrir a unas croquetas congeladas cuando el día se ha torcido.
Por supuesto que necesitamos conocimientos, que la psicología y la pedagogía tienen mucho que aportar y que educar exige rectificar con frecuencia. Pero ninguna teoría debería arrebatarnos la confianza elemental en nuestra capacidad para conocer y amar a nuestros propios hijos y perseguir lo mejor para ellos.
Y tampoco deberíamos olvidar a los padres. La maternidad no está llamada a convertirse en una heroicidad solitaria ni en una forma de omnipotencia afectiva. María Calvo ha insistido también en la importancia de recuperar la figura paterna como protagonista igualmente responsable de la educación familiar.
Creo que la época que nos ha tocado vivir necesita menos madres perfectas y más madres libres; menos angustia por hacerlo todo bien y más serenidad para reconocer que habrá días extraordinarios y otros en los que la máxima aspiración educativa consistirá en conseguir que todo el mundo llegue vivo, cenado y razonablemente limpio a la cama.
Amar no significa ser perfecto, sino permanecer, entregarse y volver a empezar. La Virgen María, modelo de maternidad, no recibió un manual de crianza, recibió una misión, la acogió libremente y permaneció fiel incluso cuando el amor la condujo hasta los pies de una cruz.
Es hora de recuperar una maternidad menos acomplejada y más reconciliada con su propia naturaleza. Nuestros hijos no necesitan una madre experta en todo, les basta con una madre que los quiera lo suficiente como para buscar su bien en todo momento, educarlos, y no solamente para complacerlos. Necesitan una madre que reconozca la trascendencia de su vocación, preparando hijos para el cielo, y que pueda decir «porque lo digo yo» de vez en cuando, sin tener que convocar inmediatamente una sesión de reparación emocional.










