Vivimos conectados. Tanto que ya resulta difícil precisar dónde termina nuestra vida y dónde comienza su representación.
Apenas nos sucede algo ya hay una parte de nosotros que parece preguntarse inmediatamente cómo contarlo.
Hemos empezado a vivir la vida pensando en su representación.
Y ahí aparece un fenómeno interesante: el llamado nihilismo digital.
El término intenta describir una determinada sensibilidad contemporánea que es la sensación de que nada termina de importar demasiado porque todo acaba convertido en una pieza más dentro del interminable torrente de información.
Por ejemplo, una guerra aparece entre un anuncio de zapatillas y un vídeo humorístico. Todo sucede. Nada permanece.
Tenemos información prácticamente ilimitada, pero información y sentido son cosas distintas.
Saber muchas cosas no significa necesariamente comprenderlas. Y haberlo visto todo puede terminar convirtiéndose, extrañamente, en no asombrarse ya ante nada.
De ahí cierta ironía que atraviesa buena parte de la cultura digital. El desencanto se expresa frecuentemente mediante humor negro, memes y frases que convierten el fracaso, la precariedad o la incertidumbre ante el futuro en una especie de chiste compartido.
El humor siempre ha servido para soportar la tragedia. El problema actual es que se ha convertido en una manera de no tomarse absolutamente nada en serio.
Una de las características más llamativas del nihilismo digital es la dificultad para comprometerse con algo sin dejar abierta una puerta de emergencia.
Relaciones, trabajos, ideas, lugares. Todo parece provisional. Siempre puede existir otra persona, otra oportunidad, otra ciudad, otro contenido esperando al deslizar el dedo.
El scroll infinito esconde mucho más que una función tecnológica. Nunca detenerse suficientemente ante nada porque siempre existe la posibilidad de que lo siguiente resulte mejor.
Pero las cosas verdaderamente importantes exigen permanencia.
Hoy, todo puede convertirse en broma, mercancía o contenido, comprometerse con algo resulta hasta llamativo.
La realidad no es absurda en su fundamento, aunque muchas veces resulte incomprensible. No olvidemos que el mundo no es un accidente que debamos simplemente soportar, sino algo recibido y, por tanto, digno de ser contemplado.
Chesterton entendió bien que la verdadera aventura no consiste siempre en descubrir mundos nuevos, sino en recuperar la capacidad de mirar el mundo ordinario como si todavía pudiera sorprendernos.
Esta puede ser una respuesta posible al nihilismo digital. No abandonar la tecnología ni fingir que podemos regresar a un pasado inexistente. Simplemente recuperar la gravedad y peso de algunas cosas.
Nos hace falta recordar que no todo merece una publicación, pero algunas cosas merecen una vida.
Por tanto, volvamos a creer que algo importa lo suficiente como para no deslizar el dedo y seguir adelante.










