Durante décadas nos convencieron de que la vida consistía en llegar. Llegar lejos, llegar alto, llegar antes que los demás. El éxito tenía una geografía perfectamente definida: se encontraba siempre arriba.
Pero algo está cambiando. Una generación de jóvenes ha comenzado a preguntarse si merece la pena conquistar la cima cuando el precio es dejarse la vida durante el ascenso.
El fenómeno tiene nombre anglosajón, como casi todas las tendencias que necesitamos bautizar para descubrir lo que quizá deberíamos haber sabido siempre: quiet ambition, o ambición silenciosa. Se refiere a quienes, sin renunciar al esfuerzo ni al desarrollo profesional, han dejado de identificar el éxito con la promoción jerárquica. No aspiran necesariamente a dirigir empresas, acumular responsabilidades o sacrificar su tiempo por la productividad. Quieren trabajar, sí, pero también quieren vivir.
La tiranía de llegar a ser alguien
Hemos convertido el trabajo, que debía ser expresión de la dignidad humana, en el criterio con el que medimos nuestra dignidad.
Ya no preguntamos qué clase de persona es alguien, sino a qué se dedica. No admiramos tanto lo que uno es como lo que ha conseguido.
Esto nos lleva a una humanidad permanentemente insatisfecha.
Siempre habrá un ascenso pendiente, un salario mayor, una posición más influyente. La ambición, despojada de finalidad, acaba convertida en una forma socialmente prestigiosa de servidumbre.
En este contexto, la ambición silenciosa puede interpretarse como una rebelión contra la idolatría del rendimiento.
No todo lo que crece asciende
Un hombre puede crecer en sabiduría sin convertirse en director general. Una mujer puede alcanzar una extraordinaria excelencia profesional sin dirigir un equipo de cincuenta personas. Y cualquiera puede desempeñar un trabajo aparentemente modesto con una grandeza humana que jamás aparecerá en su currículum.
La cuestión es hacia dónde estamos orientando nuestra vida.
San Juan Pablo II lo desarrolló magistralmente en Laborem exercens, al recordar la primacía de la dimensión subjetiva del trabajo. Su dignidad no depende fundamentalmente de su rentabilidad, prestigio o reconocimiento social, sino de la persona que lo realiza.
Por ello, renunciar a un ascenso puede constituir una decisión muy responsable.
El peligro de una ambición demasiado pequeña
Sin embargo, conviene no idealizar precipitadamente esta nueva tendencia.
Pues una cosa es rechazar la idolatría del éxito y otra muy distinta renunciar a la exigencia de una vida grande.
Existe el riesgo de que, bajo el atractivo discurso del equilibrio personal, se esconda una forma refinada de conformismo. O también que el legítimo deseo de disponer de tiempo termine convirtiéndose en una obsesión por la comodidad.
No todo ascenso es vanidad. No toda renuncia es virtud. No toda tranquilidad es paz.
También necesitamos jóvenes dispuestos a dirigir, emprender, asumir riesgos, sostener instituciones y aceptar responsabilidades que inevitablemente complicarán sus vidas.
El cristianismo nunca ha propuesto una existencia instalada en la comodidad. Al contrario, ha entendido siempre la vida como una llamada que exige salir de uno mismo.
Los dones recibidos no se nos entregan para conservarlos intactos, sino para hacerlos fructificar. Y hacerlos fructificar supone, muchas veces, cansancio, renuncias, incertidumbre y sacrificio.
La pregunta no debería ser cuánto estoy dispuesto a trabajar para tener éxito, pero tampoco cuánto puedo dejar de trabajar para estar cómodo.
La verdadera pregunta es para qué merece la pena entregar la vida.
Recuperar la ambición de servir
El problema de nuestra época igual no es un exceso de ambición, sino la pobreza de sus aspiraciones.
Hemos enseñado a generaciones enteras a competir por el éxito, pero apenas les hemos ayudado a descubrir una causa por la que merezca la pena esforzarse.
Les hemos hablado de liderazgo sin hablarles de servicio. De autorrealización sin responsabilidad. De crecimiento personal sin trascendencia.
Y ahora nos sorprende que algunos prefieran retirarse de una competición cuyo premio ya no les resulta deseable.
¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?
No se trata de renunciar a llegar lejos. Se trata de no olvidar quiénes somos, para qué vivimos y a quiénes debemos amar mientras caminamos.
No seamos ingenuos, la verdadera tragedia es alcanzar la cima y descubrir que, por el camino, hemos perdido todo aquello que hacía que mereciera la pena subir.










