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O Amor o Infierno. Tú decides

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No creen en el Infierno porque no quieren seguir a los agoreros, o porque hablan de un amor sin responsabilidad, eso es, desgajado de sus obligaciones. Un amor de conveniencia, aquel que me sirve para servirme del otro, y no más.

Seguir a los agoreros, en efecto, es la ruina, y aleja de las verdades positivas que brotan del mundo creado. No olvidemos que, como afirma el filósofo Ricardo Yepes Stork, “la verdad es universal, pero no absoluta” (Pág. 54. Entender el mundo de hoy. Ed. Rialp).

En efecto, la Naturaleza, en sentido amplio, nos habla. De Dios, del hombre y de las cosas. Es por este motivo que algunos encajan la Verdad sin necesidad de justificarla más que en sí misma. Como decía David Rieff hace poco en una entrevista: “Si tengo que elegir entre justicia y verdad, elijo siempre la verdad”. Nos lo aseguró en una entrevista este historiador, politólogo, periodista y ensayista (La Contra de La Vanguardia, 18 de julio de 2019). Pienso como él, solo que parece que se desmarque de que la Verdad conlleva siempre la Justicia, que es una consecuencia directa de aquella.

Si convenimos en que existe el demonio (ver mi artículo “Arde el Infierno”), tenemos que aceptar que existe el Infierno. Si no, ¿dónde pretendemos ubicar al demonio?, ¿en el cielo? ¡Al Infierno con él y sus secuaces! ¡Maldito es!

Así que ¿existe el Infierno? Por fe, creemos lo que nos ha afirmado Jesucristo en toda su predicación; pero no tendremos la certeza, como ocurre con todo, hasta la otra vida, cuando ya hayamos asumido nuestro cuerpo inmortal. El tiempo de arrepentimiento es ahora, en esta vida mortal, temporal; la otra ya es espiritual y eterna. Por eso no debemos permitirnos ni un desliz en el tiempo de prueba. “Ya me confesaré cuando me muera; de momento, ¡vivo!”, afirman los pretenciosos. Olvidan que con Dios no hay pretensiones que valgan, ni la inconsciencia, hipocresía o tontería que conllevan. ¡Que Jesucristo Rey no nos sorprenda!

Sí. Solo tenemos esta vida para merecer. En la otra, tendremos la paga. Luchemos para que cuando lleguemos, “el dueño de la casa” no nos responda: “¡No sé quiénes sois!”, “¡No os conozco!” (Lc 13,27). Ahí, aseguró el Papa, “los títulos no cuentan. El Señor nos reconocerá solo por una vida humilde, una vida buena, una vida de fe que se traduce en obras”, lo que san Pablo llama “la buena batalla de la fe” (1 Tim 6,11-16). Señaló que no es fácil, porque “se necesita esfuerzo de todos los días, de todo el día” para “amar a Dios y al prójimo” (alocución del Papa Francisco en el Ángelus del 25 de agosto de 2019).

Nosotros, los que intentamos vivir fieles a la Verdad, debemos perseverar amarrados a Dios y su Providencia, seguros de que en su momento, Jesús actuará en favor nuestro. Lo sentencia categóricamente la Asociación Internacional de Exorcistas en un comunicado (crónica en Religión en Libertad del 24 de agosto de 2019). “El Evangelio, de hecho, describe la obra de Jesús como una lucha contra Satanás” que, como enseña la Iglesia, “primero fue un ángel bueno, creado por Dios”, pero “el poder de Satán no es infinito. No es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios”. Ya ves. ¡No puede! ¡Tú sí le puedes, si te aferras a la mano de Dios! Tú decides si poner Amor o vivir un Infierno anticipado. La moraleja es clara: ¡Ponte a construir! ¿Cómo? Con Amor: eso es, con confianza. ¡Tú puedes! Y el resto se andará.

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