En las calles de Madrid…

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Madrid tiene una cosa muy suya. Me explico, puede estar a punto de colapsar por una gran obra, una manifestación, una cabalgata, una final de Champions o una visita papal, y aun así encontrará tiempo para discutir si el corte de tráfico estaba bien o mal señalizado. Es parte de su encanto. Aquí se protesta hasta cuando se está emocionado.

Eso puede ocurrir estos días con la visita de León XIV.

Llega el Papa. No se le puede meter del todo en la casilla de jefe de Estado, ni en la de líder religioso, ni en la de celebridad global. El Papa es otra cosa.

León XIV aterriza en una ciudad que lo tiene todo, de Madrid al cielo.

Por eso viene bien que el Papa venga. Porque quien vive en Madrid pero no mira bien al cielo acaba tropezando siempre con el mismo bordillo.

La visita de León XIV tiene parte de acontecimiento popular y de examen de conciencia grupal.

Aquí aparece la pregunta que España lleva años esquivando ¿qué hacemos con Dios? ¿qué hacemos con Dios cuando hemos organizado la vida como si no existiera y, sin embargo, seguimos necesitándolo cuando la vida se pone seria?

Ahí está el asunto. Una ciudad recibiendo al Sucesor de Pedro. 

España ha intentado muchas veces jubilar a Dios anticipadamente. Lo ha mandado al trastero y lo ha convertido en patrimonio turístico o lo ha tolerado como adorno sentimental para bodas, funerales y fiestas de pueblo.

Madrid verá pasar a León XIV entre vallas, cámaras, escoltas, peregrinos, móviles en alto y más de uno indignado porque no puede cruzar justo por donde se le antojaba. Normal. Somos así.

España no se entiende sin el cristianismo. Se puede discutir mucho, porque discutir es nuestro deporte nacional y casi patrimonio inmaterial. Pero no olvidemos que nuestra lengua, nuestras fiestas, nuestros hospitales, nuestras universidades, nuestras catedrales, nuestros pueblos, nacen de un humus cristiano.

Habrá quien simplemente cuente asistentes o busque polémica en cada gesto de León XIV. También habrá quien diga que todo esto es anacrónico. Y habrá, gracias a Dios, mucha gente sencilla que irá a ver al Papa sin teorías y sin estrategias, con fe.

Aún así, el Papa realmente pasará no en lo grande sino en lo pequeño. Ya se sabe, las mejores conversiones empiezan a veces con un gesto que uno no tenía previsto. Eso es muy de Dios, colarse por donde no se le espera. Entre el “qué lío han montado” y el “pues ha sido bonito”.

Madrid, que siempre presume de no ser de nadie porque quiere ser de todos, tendrá estos días la oportunidad de ser un poco más de Dios. Con la mirada más alta. Que ya iba haciendo falta.

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