Hablemos de parafilias, aunque pueda parecer un asunto extraño o marginal. No lo es. Su evolución permite comprender uno de los grandes cambios culturales de Occidente: el paso de una concepción del deseo que debía integrarse en el bien de la persona a otra en la que el deseo tiende a presentarse como fuente de identidad, autenticidad y derechos.
Una parafilia es un interés sexual intenso y persistente centrado en objetos, situaciones, prácticas o sujetos distintos de la relación sexual interpersonal ordinaria. Conviene hacer una precisión: el DSM-5 distingue entre parafilia y trastorno parafílico. La primera no se considera por sí misma una enfermedad; solo existe trastorno cuando causa sufrimiento o deterioro significativo, implica daño o comporta personas que no consienten o no pueden consentir. La distinción no es secundaria: revela el desplazamiento del criterio moral y antropológico hacia dos únicas fronteras, el consentimiento y la ausencia inmediata de daño.
El gran cambio histórico puede formularse así: hemos pasado de una antropología teleológica del deseo —representada por santo Tomás de Aquino— a una antropología expresiva e individualista. Para el pensamiento tomista, el deseo no es malo, pero tampoco es soberano. Debe ser educado por la razón e integrado en el bien total de la persona. La sexualidad posee una finalidad inscrita en la naturaleza humana: unir corporal y espiritualmente a dos personas mediante la reciprocidad, la fidelidad y la apertura a la generación.
La crítica tomista contemporánea de las parafilias, por consiguiente, no se limita a la infertilidad de determinadas prácticas ni a su “anormalidad biológica”. Se centra en algo más profundo: la fragmentación del otro, su instrumentalización, el aislamiento narcisista del deseo y la sustitución de la relación interpersonal por un objeto, una fantasía o una compulsión.
Freud abrió otra perspectiva. Consideró que la sexualidad humana contiene pulsiones parciales y componentes “polimorfos”. La madurez consistiría en integrarlos, mientras que la perversión —término entonces clínico— aparecería cuando una pulsión parcial quedara fijada y sustituyera al objeto sexual completo. El fetichismo constituiría el ejemplo característico: una parte, un objeto o un símbolo ocupa el lugar de la persona.
La sexología moderna modificó progresivamente esta mirada. La cuestión principal dejó de ser hacia qué plenitud humana se ordena el deseo y pasó a ser si existe consentimiento. El DSM completó el giro al separar la conducta atípica del trastorno clínico. Con ello se evitaba patologizar toda práctica minoritaria, pero también se abandonaba cualquier juicio sobre si el deseo favorece la integración de la persona o la fragmenta. Respondía a la ontología liberal.
La ciencia no dispone de una teoría única sobre el origen de las parafilias. La explicación predominante es multifactorial. El condicionamiento psicológico destaca las asociaciones tempranas entre excitación, ansiedad, objetos o situaciones, posteriormente reforzadas mediante la repetición. El psicoanálisis habla de fijaciones y sustituciones simbólicas. Las investigaciones neurocientíficas estudian los circuitos de recompensa, la dopamina, el aprendizaje compulsivo y la plasticidad cerebral. En algunos casos se observan correlaciones con abusos, humillaciones, aislamiento, déficits afectivos o dificultades de apego, pero ninguna de estas relaciones es universal.
Internet y la pornografía han introducido, además, una potencia desconocida de hiperestimulación. La disponibilidad inagotable de imágenes, la búsqueda constante de novedad y la repetición pueden favorecer habituación, sensibilización y escalada hacia estímulos cada vez más específicos o extremos. No significa que todo consumo produzca una parafilia, pero sí que la arquitectura digital puede entrenar el deseo para que necesite excitaciones crecientes y se desligue progresivamente de la relación real.
Aquí aparece la idea decisiva: la disociación. Muchas parafilias pueden entenderse como formas de disociación del eros humano. El deseo se fija en un fragmento, pierde su integración personal y se autonomiza respecto del amor, la reciprocidad, el compromiso y la comunión. En este punto, la tradición tomista, una parte del psicoanálisis y determinados hallazgos de la psicología y la neurociencia llegan, por caminos distintos, a una conclusión semejante.
La cultura de la desvinculación convierte esa autonomía del deseo en un hiperbien: algo que no solo debe tolerarse, sino reconocerse, celebrarse y protegerse de toda crítica. Algunos grandes desfiles contemporáneos bajo las siglas LGBTIQ no se limitan a reclamar respeto para las personas, sino que exhiben públicamente prácticas, vestimentas y representaciones sexuales que antes pertenecían a la intimidad. La transgresión adquiere así un valor emancipador por sí misma.
Esta concepción llega finalmente a la escuela mediante la capacidad normativa del poder. El programa Coeduca’t de la Generalitat de Cataluña declara que pretende incorporar explícitamente la perspectiva de género y la sexualidad al proyecto educativo de los centros, desde la educación infantil hasta la secundaria. La discusión necesaria no consiste en negar la educación afectiva ni la prevención de abusos, sino en preguntar desde qué antropología se educa:
¿para integrar el deseo en el bien de la persona o para enseñar que toda identidad subjetivamente sentida merece afirmación?
Si la antropología tomista contiene una verdad esencial y si los mecanismos de aprendizaje, repetición y compulsión descritos por la ciencia son reales, nuestra cultura incurre en una contradicción devastadora: celebra la liberación ilimitada del deseo mientras multiplica las condiciones que favorecen su desintegración. Promete autenticidad, pero produce dependencia; promete libertad, pero alimenta compulsiones; promete relaciones nuevas, pero termina sustituyendo a la persona por el fragmento.
La gran cuestión ya no es qué deseos debemos permitir. Es si una civilización que ha renunciado a educarlos puede conservar la estabilidad psicológica, los vínculos humanos y las condiciones del verdadero florecimiento.
Las parafilias no son un asunto marginal. Revelan el paso de una cultura que educaba el deseo a otra que lo convierte en norma e identidad. #Parafilias #CulturaDeLaDesvinculación Compartir en X






