Cuando el deseo se convierte en ley

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Europa ha consumado una inversión moral de consecuencias extraordinarias. Durante milenios, civilizaciones, filosofías y religiones muy distintas coincidieron en una convicción elemental: el deseo humano no es soberano. Debe ser educado, limitado y sometido a la razón, a la realidad y al bien. La posmodernidad tardía sostiene exactamente lo contrario. El deseo ya no necesita justificarse: se presenta como una fuente autónoma de derechos.

Ese es el gran fundamento común que la cultura hegemónica de Occidente ha demolido.

Los estoicos llamaron apatheia al dominio racional de las pasiones. Epicuro, convertido con frecuencia de forma errónea en el filósofo del placer ilimitado, distinguía entre deseos naturales y necesarios —alimentación, agua, cobijo o amistad—; deseos naturales, pero no necesarios, como el refinamiento gastronómico o el deseo sexual; y deseos vanos, como la riqueza sin límite, el poder, la gloria o la fama.

Estos últimos son insaciables porque carecen de un límite natural: cuanto más se satisfacen, más crecen.

Platón sostuvo que la razón debía gobernar los apetitos. Plotino concibió la vida moral como un proceso de purificación y ascenso. Budismo, jainismo, judaísmo, islam y cristianismo, pese a sus enormes diferencias, compartieron la misma estructura moral: el ser humano se realiza cuando somete su impulso inmediato a un orden superior, ya sea el logos, el dharma, la Torá, el Bien o Dios.

René Girard explicó el carácter mimético del deseo. Manfred Max-Neef distinguió entre las necesidades humanas, limitadas, y los innumerables satisfactores con que tratamos de cubrirlas. Incluso Abraham Maslow, aunque abrió el horizonte más ambiguo de la autorrealización, reconoció una jerarquía objetiva de necesidades. Sin embargo, nuestra cultura ha convertido la autorrealización en la expansión ilimitada del yo.

El resultado no ha sido una mayor libertad, sino un profundo desequilibrio.

Ozempic y la medicalización del adelgazamiento, la vigorexia, el consumo de esteroides o la obsesión por combatir el envejecimiento expresan una misma lógica: someter el cuerpo real a la imagen deseada. La salud cede ante la apariencia. Envejecer deja de ser una condición humana para convertirse en un fracaso personal.

El capitalismo, la publicidad, la industria farmacéutica y los algoritmos amplifican esta dinámica, pero no la crean. Solo pueden explotarla porque encuentran una sociedad previamente desarmada, privada de los vínculos religiosos, filosóficos y comunitarios que tradicionalmente ordenaban el deseo.

En este contexto, el aborto convertido en derecho subjetivo representa la culminación de ese proceso. Ya no se presenta como una respuesta trágica a circunstancias excepcionales, sino como la garantía de que ninguna consecuencia del acto sexual ni ningún vínculo nacido de él podrá limitar la voluntad individual. «Mi cuerpo, mi decisión» significa, en último término, que el deseo establece su propia norma.

Conviene distinguir entre los casos extremos —como el peligro real para la vida de la madre o una malformación letal del feto— y la proclamación de un derecho general. Las grandes tradiciones morales siempre afrontaron con prudencia las situaciones trágicas. Muy distinto es convertir un mal en un bien jurídicamente exigible.

La dificultad fundamental es que la realidad biológica no puede borrarse. Desde la fecundación existe un nuevo organismo humano, dotado de un genoma propio, completo e irrepetible. Cigoto, embrión, feto, recién nacido y adulto no son organismos distintos, sino etapas sucesivas del desarrollo del mismo individuo.

La llamada regla de los catorce días para la experimentación embrionaria tampoco marca el inicio de la vida. Se trata únicamente de un límite regulatorio para intervenir sobre una vida humana ya existente, fijado porque hasta ese momento aún puede producirse la gemelación y surgir dos individuos distintos.

Aquí aparece el emotivismo descrito por Alasdair MacIntyre. Primero se fija la conclusión deseada —el aborto debe ser un derecho— y después se buscan argumentos para justificarla. Cuando uno deja de ser convincente, se sustituye por otro: la propiedad del cuerpo, la autonomía, la conciencia, la sensibilidad, la viabilidad o la gradualidad de la condición personal.

Como la biología acredita la existencia de un organismo humano, se introduce entonces una separación artificial entre ser humano y persona. Ya no todos los seres humanos serían titulares de derechos. La personalidad dependería de poseer determinadas capacidades reconocidas convencionalmente.

Precisamente por la experiencia del nazismo, la Declaración Universal habla de derechos humanos y no de derechos de las personas. Son derechos que pertenecen a todo ser humano por el mero hecho de serlo, antes de cualquier reconocimiento jurídico, de cualquier definición de personalidad o de la fase de desarrollo en la que se encuentre.

Pero este gradualismo abre una puerta históricamente inquietante: la posibilidad de declarar que existen vidas humanas con un valor insuficiente y, por tanto, indignas de protección.

Además, el concebido avanza hacia una autonomía cada vez mayor, mientras que quien padece un Alzheimer avanzado o una demencia severa recorre el camino contrario. Si la falta de autonomía justificara eliminar al primero, el mismo argumento sería todavía más aplicable al segundo.

Don Marquis aportó otra reflexión decisiva: la gravedad de matar no depende únicamente de las capacidades que alguien ejerce en el presente, sino de privarle del futuro de experiencias, relaciones y proyectos que podría vivir. El concebido posee precisamente ese futuro.

La gran ruptura contemporánea consiste, por tanto, en liberar el deseo no solo de Dios, de la tradición o de los vínculos, sino incluso de la propia realidad. Primero se decide lo que se quiere. Después se fabrican los argumentos. Finalmente, se redefine la realidad para que no contradiga la conclusión.

Así se destruye el humanismo: aquel que reconoce la dignidad de todo ser humano y entiende que la verdadera libertad no consiste en obligar a la realidad a obedecer al deseo, sino en educar el deseo para vivir conforme a la verdad, al bien y a los vínculos que nos constituyen.

Durante siglos la libertad consistía en gobernar los propios deseos. Hoy parece consistir en exigir que la realidad se adapte a ellos. ¿Qué hemos perdido por el camino? Compartir en X

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