Pornografía y productividad: el coste oculto de la dependencia

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La pornografía se ha convertido en una industria que explota sistemáticamente uno de los impulsos humanos más poderosos. Sus efectos van mucho más allá de la sexualidad: pueden alcanzar la atención, la voluntad, la responsabilidad, las relaciones personales y la capacidad de trabajar. Sin embargo, mientras nuestras economías se lamentan de su baja productividad, apenas se preguntan por el coste de esta forma de dependencia.

Lo que los economistas todavía no quieren ver

España tiene un problema crónico de productividad. Se discute sobre inversión, innovación, formación, burocracia, absentismo y calidad de la gestión. Todo ello es importante. Pero hay una cuestión elemental que parece haber desaparecido de la reflexión económica: la productividad depende de seres humanos, y los seres humanos no son máquinas que puedan separar herméticamente sus hábitos privados de su comportamiento profesional.

Un trabajador no se desprende de sus preocupaciones, dependencias, frustraciones y conflictos familiares cuando atraviesa la puerta de la empresa. Los lleva consigo. También sus ilusiones, su capacidad de sacrificio, su sentido del deber y su disposición a cooperar.

Por eso resulta sorprendente el silencio sobre una industria que proporciona estímulos sexuales ilimitados, inmediatos y permanentemente accesibles, y que puede generar patrones de consumo compulsivo. Esto resulta todavía más preocupante si tenemos en cuenta la disponibilidad a través de internet y el uso del móvil, la tableta o el ordenador. El porno masivo y gratuito está al alcance de todos, en cualquier lugar y en cualquier momento. También en el trabajo.

¿De verdad podemos creer que una persona atrapada en una dependencia pornográfica conserva intactas su atención, su voluntad, su disciplina y su capacidad de relacionarse con los demás?

La educación del deseo y la destrucción del esfuerzo

La pornografía digital introduce una característica especialmente perturbadora: permite obtener una gratificación intensa, inmediata y renovable sin necesidad de esfuerzo, compromiso ni relación personal.

Trabajar y estudiar es lo opuesto: exige esfuerzo antes de obtener resultados. Aprender un oficio requiere perseverancia. Innovar supone soportar incertidumbres y fracasos. Construir una empresa exige sacrificios presentes para alcanzar bienes futuros. Mantener una familia implica responsabilidades que no desaparecen cuando dejan de resultar agradables.

Todas estas actividades comparten una condición: la capacidad para dominar el impulso inmediato en nombre de un bien superior o más duradero.

Cuando el consumo pornográfico se convierte en dependencia, introduce una fuerza que puede actuar en sentido contrario.

La persona acostumbra progresivamente su conducta a la búsqueda de una recompensa accesible, sin las exigencias de la vida real. Aquello que requiere paciencia, concentración y esfuerzo puede perder atractivo frente a una gratificación siempre disponible.

La investigación de Sesen Negash y sus colaboradores, publicada en The Journal of Sex Research en 2016, proporciona un respaldo significativo a este razonamiento. Sus resultados vinculan el consumo de pornografía con una mayor preferencia por recompensas inmediatas frente a beneficios futuros.

Los investigadores denominan a este fenómeno descuento temporal.

En términos humanos, significa algo perfectamente comprensible: la dificultad para renunciar al placer de ahora en beneficio del bien de mañana.

Y esta capacidad constituye uno de los fundamentos de cualquier economía productiva.

La pornografía también transforma la mirada

Existe una segunda dimensión, quizá todavía más profunda, que no podemos reducir a la neuroquímica cerebral.

Los seres humanos no solamente consumimos imágenes: las imágenes que consumimos contribuyen a configurar nuestros imaginarios, expectativas y deseos.

Toda la industria cultural se basa, en buena medida, en esa capacidad de las representaciones para influir en nuestra manera de interpretar la realidad.

¿Por qué habríamos de considerar que la pornografía constituye una excepción?

Su consumo reiterado puede acostumbrar a contemplar el cuerpo humano desvinculado de la persona, la sexualidad separada de la responsabilidad y el placer desligado del encuentro auténtico con el otro.

Cuando esas representaciones se convierten en una referencia dominante, es razonable temer que influyan también en la manera de comprender las relaciones humanas.

Y aquí aparece un efecto que afecta directamente al funcionamiento de las organizaciones.

Las empresas necesitan cooperación, respeto, confianza y responsabilidad. No prosperan solamente porque sus trabajadores poseen determinadas competencias técnicas, sino porque son capaces de reconocer a los demás como personas con las que comparten obligaciones.

Una cultura que favorece la instrumentalización del otro puede deteriorar precisamente esas disposiciones.

Un experimento empresarial verdaderamente inquietante

Nathan Mecham, Melissa Lewis-Western y David Wood publicaron en Journal of Business Ethics una investigación sobre pornografía y comportamiento empresarial.

Uno de sus experimentos consistió en pedir a los participantes que recordaran una experiencia relacionada con la pornografía o una experiencia distinta. Posteriormente, recibieron una tarea aburrida que debían completar.

Los resultados fueron significativos.

El 21 % de quienes habían evocado pornografía abandonó la tarea y mintió afirmando haberla completado, frente al 8 % del otro grupo.

La diferencia era de más de dos veces y media.

El experimento no consistió en mostrar pornografía directamente ni permite trasladar esos porcentajes a las empresas. Pero sí aportó evidencia experimental sobre cómo la activación de esos recuerdos podía alterar un comportamiento concreto relacionado con la responsabilidad y la honestidad.

Los investigadores identificaron, además, un mecanismo especialmente revelador: la deshumanización.

El trabajador que nunca llega solo al trabajo

Existe todavía otra consecuencia que cualquier persona con experiencia de la vida puede comprender.

La dependencia pornográfica puede acompañarse de pérdida de sueño, preocupaciones persistentes, ocultaciones, frustración, conflictos conyugales y deterioro de la confianza familiar.

¿Alguien cree seriamente que todo esto carece de efectos profesionales?

Quien duerme mal rinde peor. Quien vive dominado por una preocupación persistente dispone de menos atención para otras tareas. Quien atraviesa conflictos familiares intensos puede encontrar dificultades para concentrarse y mantener su equilibrio emocional.

La particularidad de la pornografía digital reside en la extraordinaria facilidad de acceso, su carácter íntimo y su capacidad para ofrecer estímulos prácticamente inagotables.

La Organización Mundial de la Salud reconoce el trastorno de comportamiento sexual compulsivo, cuyo diagnóstico contempla, entre otras circunstancias, el deterioro de las responsabilidades profesionales y familiares.

Por tanto, sus consecuencias laborales no son una extravagancia imaginada por moralistas preocupados por las costumbres.

La paradoja de una economía que destruye sus fundamentos humanos

Llegamos así al corazón de la cuestión.

Nuestra civilización exige cada vez mayor productividad y, al mismo tiempo, comercializa masivamente actividades capaces de debilitar las condiciones personales que la hacen posible.

Exige concentración mientras organiza una gigantesca economía de la distracción.

Reclama perseverancia mientras multiplica las oportunidades de gratificación inmediata.

Necesita cooperación mientras promueve representaciones del otro como objeto de consumo.

Y reclama responsabilidad mientras tiende a presentar cualquier deseo individual como una exigencia que merece satisfacción.

La pornografía representa una manifestación especialmente intensa de estas contradicciones.

Una cuestión de libertad y de civilización

La tradición cristiana ha defendido siempre una idea que nuestra época parece empeñada en olvidar: la verdadera libertad no consiste en obedecer todos nuestros impulsos, sino en ser capaces de gobernarlos.

La templanza, la fortaleza, la fidelidad y la responsabilidad no son reliquias de una moral superada. Constituyen capacidades personales indispensables para vivir con plenitud y construir una sociedad próspera.

Las empresas deben proteger la privacidad de sus trabajadores, pero también pueden prevenir los efectos de las dependencias y facilitar ayuda confidencial. Las familias necesitan instrumentos para educar en el dominio de uno mismo. Las escuelas deberían formar personas capaces de resistir la explotación comercial de sus deseos. Y los poderes públicos tienen la obligación de proteger especialmente a los menores.

No existe una «pornografía sana», por mucho que pretendan sostenerlo algunos obsesos.

Debemos abandonar una idea profundamente equivocada: que el desarrollo económico puede separarse indefinidamente del desarrollo moral y humano.

Una sociedad que pierde el dominio de sí misma acaba perdiendo también capacidad para gobernar su futuro.

La pornografía tiene un precio que no figura en las cuentas nacionales. Pero sería una grave equivocación concluir que, por eso, nadie lo paga.

Nota: Primoroso ejemplo de algunos políticos y de la televisión pública, que, en teoría, debería estar al servicio del bien común.

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Los economistas miden inversión, tecnología y horas trabajadas. ¿Por qué prestan tan poca atención a la calidad de las personas y sus vínculos? La crisis de productividad también merece una reflexión antropológica. Compartir en X

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