Como expone con elegante maestría Gregorio Luri en varios de sus escritos, el hombre es un «ser del límite», un habitante permanente del «entrambos», situado entre lo que es y lo que aspira a ser, entre la tierra firme y el horizonte, entre lo humano y aquello que lo trasciende.
La exploración no es para el ser humano una actividad accidental de nuestra especie, sino una expresión de su propia naturaleza.
En efecto, el ser humano ha demostrado a lo largo de la Historia sentir la tentadora llamada del horizonte. Desde las primeras migraciones hasta las grandes exploraciones oceánicas, pero también en sus viajes intelectuales y espirituales, se intuye en nosotros una inclinación profunda hacia aquello que se encuentra más allá de lo conocido.
Civilizaciones de todos los rincones del globo han comprendido que explorar, ampliar el mundo, significa ampliarse con él; que confrontar las propias certezas con otras realidades y descubrir que la experiencia humana es mucho más vasta de lo que alcanza la mirada cotidiana es excitante, a veces aterrador, y en todo caso satisfactorio.
Pero todos los viajes verdaderamente transformadores comparten una característica esencial: existe un punto de partida, es decir, un lugar al que regresar. Homero puede enfrentar a Ulises a mares desconocidos porque Ítaca permanece en su alma presente con nitidez.
La aventura del héroe adquiere sentido precisamente porque existe un hogar que permite distinguir entre partir y regresar. Solo quien sabe de dónde viene puede comprender dónde está y valorar hacia dónde se dirige.
No se trata de una limitación de la libertad, sino de una condición fundamental de «lo posible»: las raíces no impiden el movimiento, lo orientan. Del mismo modo que una brújula no inmoviliza al navegante, sino que le permite aventurarse más lejos, la pertenencia proporciona las referencias necesarias para que la exploración no termine convirtiéndose en deriva.
No es casualidad que el mar haya ocupado un lugar tan importante en el imaginario de las sociedades abiertas. «En el mar los hitos están al pairo», escribe Luri, «por eso es más fácil soñar con lo posible en un barco que en el interior de una ciudad amurallada» (1).
El océano invita a imaginar otros mundos porque diluye las fronteras visibles y multiplica las posibilidades.
Sin embargo, esa misma apertura encierra una peligro: allí donde desaparecen las referencias que expanden lo posible también aumenta el riesgo de la desorientación. Los marineros podían abandonar el puerto durante meses, pero seguían necesitando estrellas, faros, cartas náuticas; también héroes como referentes, dioses e historias a las que aferrarse para pasar una tempestad.
Pero, sobre todo ello, necesitaban un puerto de destino. Incluso en la inmensidad del océano, la navegación dependía de la existencia de hitos. Sin ellos, el mar dejaba de ser una promesa para convertirse en una condena.
Desde hace apenas unas décadas la humanidad ha descubierto un nuevo océano: el ciberespacio.
Este constituye probablemente el entorno más abierto y expansivo que haya conocido nuestra especie. Es un lugar de conocimiento, comunicación y creación cuyas posibilidades aparecen ilimitadas y crecen a un ritmo difícil de concebir. Todo invita a explorarlo. Todo indica que allí se encuentran nuevas oportunidades para el aprendizaje, el trabajo, la creatividad y el encuentro.
Al mismo tiempo, y a diferencia de los océanos tradicionales, los hitos del ciberespacio son extraordinariamente difusos. Sus únicos límites reconocibles parecen ser, por ahora, las restricciones físicas de la tecnología: la capacidad de almacenamiento, la velocidad de procesamiento, el consumo energético… Y aun esos límites retroceden constantemente, ampliando el espacio navegable cada mes, cada día, casi cada hora.
Nos encontramos ante un entorno cuya característica principal es precisamente la ausencia de formas estables. Identidades, comunidades, ideas y valores aparecen, se transforman y desaparecen a una velocidad inédita. Casi sin advertirlo, hemos comenzado a vivir buena parte de nuestra experiencia cotidiana en este nuevo mar inabarcable, volcando en algunos casos, peligrosamente, una generosa porción de nuestro ser en sus profundidades.
Para muchos adultos resulta difícil conservar el rumbo. Es fácil atisbar a tantos de ellos ya a la deriva, víctimas de hambre, sed e insolaciones modernas, tentados, como en el mar, a la ingesta desesperada de sus letales aguas como solución a sus más inmediatas necesidades: la ansiedad, la depresión o la sensación de vacío son por desgracia frecuentes entre los navegantes del ciberespacio.
Cabe entonces preguntarse qué ocurre cuando quienes inician su travesía en este nuevo océano son aquellos que todavía están construyendo las referencias que habrán de orientarlos durante el resto de sus vidas, aquellos que aún no han tenido tiempo de pasear Ítaca, de conocer sus rincones y hacerlos suyos.
Los jóvenes, provistos de «embarcaciones» de alta velocidad, se han echado a la nueva mar con premura, atraídos sin duda por la infinidad casi literal de los cantos de sirena que resuenan en sus difusos hogares.
Se les apremia a que crezcan con determinación, que orienten su vida hacia fines valiosos y que perseveren en ellos, al tiempo que se les enseña con el ejemplo a embarcarse hacia un entorno indeterminado, donde todo parece provisional, revisable, informe, donde no hay horizonte en el que fijar la mirada y desde el que el hogar al que regresar se ve cada vez menos real, menos sólido.
Estos jóvenes están satisfaciendo su natural deseo de aventura, encontrándose sin duda lugares asombrosos, historias enriquecedoras y, por supuesto, monstruos a los que combatir y retos difíciles de superar. Pero no piensan en Ítaca; no pueden añorarla, porque no les ha dado tiempo a conocerla.
No creo que la cuestión consista en impedir la navegación ni en levantar murallas frente a un mundo que inevitablemente, naturalmente, seguirá expandiéndose; evitaríamos los grandes beneficios de la exploración. Lo que pretendo cuestionar es que tal vez, por primera vez, le corresponda a Ítaca hacer un esfuerzo por ser añorada. Ante unos jóvenes que navegan o naufragan entre referencias cada vez más difusas, quizá deba el hogar engrandecerse para hacerse más visible. Bastaría con multiplicar o, sencillamente, elevar los faros y los héroes, y hacer a los inexpertos navegantes conocedores de qué forma tienen esas referencias y lo que señalan. Creo que este esfuerzo puede evitar muchos naufragios.
En cualquier caso, conviene contemplar el ciberespacio con, al menos, el mismo respeto que nuestros antepasados contemplaban el océano: como una inmensa oportunidad, sí, pero también como un lugar donde resulta peligrosamente fácil olvidar el camino de vuelta.
(1) Gregorio Luri, La dignidad del mediocre: Pequeña filosofía de lo inacabado (Madrid: Ediciones Encuentro, 2025), 31.









