Pedro Sánchez siempre entendió el laicismo como una forma de militancia: la línea que separa el poder civil de la fe, relegada esta al ámbito privado y sin derecho a ocupar espacio público. Durante años convirtió esa idea en gesto político: rechazo a los tedeums, funerales sin invocación religiosa, ceremonias desprovistas de cualquier respiración de lo sagrado. Toda referencia a Dios quedaba excluida en una gesticulación que, en la práctica, hacía del laicismo una convicción abiertamente atea. Era, al mismo tiempo, una idea y una marca política: un laicismo militante que otorgaba a su figura un brillo progresista y encajaba con naturalidad en el ecosistema ideológico de sus socios de gobierno.
Hoy, sin embargo, la escena parece girar con una ironía casi literaria. La política, que devora biografías con la misma facilidad con que consume titulares, ha ido cercando al presidente con un collar de escándalos que ya no son episódicos, sino estructurales.
Primero Ábalos, luego Cerdán; de fondo, la sombra incómoda de un expresidente —José Luis Rodríguez Zapatero— convertido en animador itinerante de campañas autonómicas saldadas con derrotas contundentes: Extremadura, Aragón, Castilla y León, Andalucía. Se dirá que la política territorial es caprichosa y que cada elección tiene su lógica propia. Pero cuatro derrotas consecutivas dibujan una tendencia. Y cuando el suelo tiembla, los aparatos lo perciben antes que los periódicos.
A ello se suma una sucesión de hechos insólitos: el procesamiento del fiscal general del Estado, el juicio al hermano del presidente y la investigación judicial que afecta a su esposa. No ha habido en España —ni probablemente en Europa— un presidente del Gobierno rodeado de semejante acumulación de sombras. Y el inventario, además, sigue abierto: el caso de la llamada “fontanera” Leire, la investigación sobre la presunta financiación ilegal del PSOE y dos piezas separadas aún bajo secreto en el llamado caso Zapatero. La suma continúa.
En ese contexto, la legislatura envejece mal. Sin nuevos Presupuestos Generales del Estado —prorrogados como un alquiler en espera— y con un Congreso incapaz de articular mayorías estables, el Gobierno vive instalado en la interinidad. Administra a la defensiva y legisla poco. No se trata solo de una cuestión estética o institucional: unas finanzas públicas sin hoja de ruta anual convierten al Estado en un barco que navega con cartas viejas, obligado a improvisar cuando cambia la marea.
El oficialismo, lejos de someterse al veredicto de las urnas, ha optado por resistir hasta el último minuto de mandato. Lo admite sin verbalizarlo: las encuestas no acompañan y la prioridad es aguantar. La retórica de la estabilidad es, en realidad, una estrategia de supervivencia.
Y es aquí donde el guion encuentra su giro más inesperado: el presidente que durante años desdeñó la liturgia busca ahora el amparo moral del Papa.
La nueva encíclica, Magnifica Humanitas, ofrece un andamiaje perfecto para construir un relato de afinidades: tecnofascismo, regulación, dignidad humana. Aunque se omite deliberadamente el núcleo del texto: “Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que «el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado»”.
En La Moncloa ya han cincelado otra frase en mármol: “Estamos del lado correcto de la historia”. Mañana llegará la foto en el Vaticano; pasado, los elogios cruzados; después, el viaje papal a España y la misa en la Sagrada Familia. El dirigente que evitó durante años cualquier acto de culto se dispone ahora a cruzar la basílica como quien atraviesa un Rubicón: no para convertirse, sino para legitimarse.
La maniobra tiene lógica táctica. Si no hay presupuestos que exhibir ni leyes emblemáticas que celebrar, queda la autoridad prestada del único referente moral verdaderamente global: el Papa. Y pocos capitales simbólicos son tan poderosos como el del obispo de Roma.
El sanchismo, siempre hábil en semiótica, intuye que una imagen bajo las vidrieras del Vaticano vale más que una decena de ruedas de prensa: el presidente hablando de dignidad, fraternidad y humanidad mientras respira la misma música moral que el pontífice. Es una vieja aspiración de la política: rozar la trascendencia para barnizar lo contingente.
El problema es que la realidad española no cabe en una homilía bien escrita. La legislatura ha estado marcada por un conflicto sostenido con la tradición católica en cuestiones neurálgicas: aborto, eutanasia, identidad de género o el derecho de los padres a decidir sobre la educación moral y religiosa de sus hijos. El Gobierno impulsó, con convicción laicista, una agenda que la Iglesia combatió con desorden y voz baja, salvo en el terreno de la inmigración, donde ambas partes encontraron un espacio común.
Al mismo tiempo, La Moncloa convirtió la pederastia eclesial en una cruzada selectiva, como si el mal tuviera sotana por defecto y excepcionalidad estadística para el resto. El foco quedó fijado sobre menos del 1 % de los casos, mientras el debate público ignoraba otras dimensiones del problema.
Todo ello desemboca ahora en la visita papal a España: discurso solemne ante Congreso y Senado reunidos, despliegue simbólico y oleaje mediático. La cuestión no es si Sánchez conseguirá la fotografía; eso parece garantizado. La verdadera pregunta es si el Gobierno logrará domesticar el viaje —como quien ata un lazo en la cola de un tigre— para convertirlo en una catequesis civil al servicio propio.
Aquí pesa la debilidad de la Conferencia Episcopal: una estructura de escasa sensibilidad política y poco inclinada a elevar la voz frente al poder, más cómoda en la prudencia que en el diagnóstico. Obispos que a veces confunden caridad con mansedumbre y diplomacia con silencio. Pero la política no tolera vacíos: donde falta una voz, entra un relato. Y hoy, en este terreno, el relato dominante es el del sanchismo.
Mientras tanto, el país sigue a ras de suelo. La crisis de la vivienda, agravada durante el mandato de Sánchez, expulsa a jóvenes y familias de los barrios donde crecieron. El PIB aumenta y el empleo mejora, pero el poder adquisitivo apenas avanza. Los salarios no alcanzan y la cesta de la compra pesa más en la cuenta bancaria que en las manos. La polarización convierte cada ley en un plebiscito y al adversario en un enemigo ilegítimo. La oposición existe para ser desautorizada, como si careciera de cualquier derecho moral a gobernar.
¿Podrá la diplomacia vaticana —vieja experta en estas lides— evitar el abrazo del oso? Conviene recordarlo: Roma escucha, sonríe, bendice… pero no se casa con nadie. Un Papa no convalida gobiernos; formula principios.
Si la Iglesia española supera su timidez y la Santa Sede evita quedar atrapada en la cordialidad protocolaria, la visita podrá convertirse en lo que debería ser: una llamada a recomponer el tejido moral y cívico del país, no un salvoconducto para una legislatura exhausta.
Si, por el contrario, todo termina rendido a la estética del poder —las cámaras, los balcones, la música sacra convertida en banda sonora institucional—, el abrazo quedará sellado y la política habrá utilizado, una vez más, la fe como decorado.
Sánchez juega hoy con dos monedas improbables: la épica futbolística y la unción papal. No sería la primera vez que un gobernante apela a las pasiones colectivas para compensar la prosa gris de la gestión. Pero las pasiones, cuando pasan, dejan el aire quieto y las cuentas pendientes.
La democracia, a diferencia del milagro, exige prosa: presupuestos, mayorías, límites y una humildad práctica que rara vez sale bien en la fotografía. Pla decía que la política es un oficio sin lirismo y que, cuando se vuelve mística, suele ser porque anda escasa de números.








