Tras las editoriales: señores que no son señores (V)

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¡Ay, hermano, mi hermana del alma, que por un ulterior desarrollo de la Nota anterior (Nota 8, Capítulo IV) —ante tanto que tengo que confiarte y debo sintetizar para no irme por las ramas tras una argumentación que nos está espabilando el ánimo—, esta serie que tenía seis capítulos, ha pasado a ocho!

Seguidamente, tienes la Nota de hoy. Vamos a desgranar, pues, al detalle, un discurso profundamente filosófico sobre el alcance teológico subyacente de un punto ya apuntado: la elaboración del pensamiento de acuerdo con la libertad personal, como toma de posición ante la vida y los demás. Lo haremos de manera metódica y razonada para explicar cómo por medio de ella interpretamos la realidad y expresamos el hálito divino con nuestras obras realizadas en libertad. A partir de ella, entonces, desarrollaremos el concepto de responsabilidad, como puente entre nuestra libertad y nuestras obras, como elecciones conscientes ante las alternativas que a priori nos ofrece la existencia en un mundo plural.

Tómate tu infusión preferida en mano con un poquito de miel para mejor pasar, si te gusta su combinación con el chocolate 100 % una o dos pastillas te irán bien, y reposa tu espalda en el respaldo, porque voy a hacerte pensar. Hay teca, por lo que —para poder seguir intentando respirar sin estertor— lo dejaremos en una sola Nota también, pues sin duda tocaremos la fibra de algún lector que ya debe de estar sacando chispas. Vamos con premura al grano, que hoy nos toca tragar más que ayer… y menos que mañana. ¡Al ataque!

NOTA 9: SOBRE LA LIBERTAD DE PENSAMIENTO

No hay duda de que pensar, y pensar en libertad, es un principio democrático universal; más aún, humano y hasta espiritual: sin pensar, no cabe creer. Sin creer, ¿para qué vivir? Descendiendo a nuestro terreno —ese que estamos explorando—: si los editores tienen derecho a decidir, es que pueden pensar; y si pueden pensar, será que pueden actuar con conocimiento de causa, aprobar o descalificar y ejecutar —no a lo animal, sino a lo humano—.

Pero si —como hemos visto anteriormente— un editor decide qué se publica y qué no, en base al dinero y al poder, y no al Bien, lo Bello y la Verdad, entonces, amigo, amiga, ¿puede pensar un autor?, ¿tiene sentido pensar?, ¿…o es un mero corta y pega que sostiene al poder, eso es, de lo que piense el editor, que siempre es lo que piensan los que le lavan y mantienen aterciopeladas sus dulces nalgas con cremitas de bebé?

“Ese es tu pensamiento, y te va a costar de introducir”, me han llegado a atizar: en editoriales, en conversaciones, ¡en discusiones mil, eternas y sin otro fin que el ego de quien me interpela! “¡Vale, es igual! ¡Dejémoslo!” —concluyen, ¡enojados!, y se van peor que vinieron—. …Pero atentos: después de mucho recibir azotes, con quien así me despacha, el tiempo acaba por darme la razón, y el mindundi en cuestión acaba por pagarlo.

Razonemos. ¿Acaso no podría, quien así piensa, respetar que yo también tengo derecho a pensar, lo que quiera y me dé el intelecto, aunque piense distinto que el mainstream, y colaborar a abrir debate mutuo, rompiendo una lanza en nombre de la libertad —suya y mía—? “Libertad para mí, no para ti”, parece que piensen muchos hoy —de ahí la polarización que sufrimos; y todo, por poner el ¡clic! en el lugar del pensamiento—. El derecho a disentir es el meollo de todo lo que te escribo, te digo y te hago, pues abogo por una “comunicación en diálogo”, como me gusta decir: ¡debatir! ¡Dialogar! —¿Recordamos, acaso, qué era eso?—.

El tiempo habla, y a veces, grita

Lo sabemos por la Historia, incluso reciente: matando de hambre, aseguramos la alienación, porque quien quiera comer habrá de pasar por el tubo adonde se esconde la carnaza, solo para poder comer… a la espera de, un día —si es que puede aún pensar—, poder alcanzar la libertad, y así escupir la bazofia y elegir manjar. “La esperanza es lo último que se pierde”, dice el saber popular. Aunque tras mucho esperar, uno —si no le sostiene un propósito— acaba por sucumbir. ¿Y si el propósito, hoy, es “ganar”? …Pierde el hombre. Perdemos todos. Ganan Satanás y sus congéneres. El Plan de Dios se pierde —por ahora—, hasta que Dios, el Omnipotente, llegue a vencer. “Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará”, anunció la Virgen santísima a los tres pastorcillos de Fátima.

Ese “ganar” ha llegado incluso a algunas editoriales “católicas”. Hay muchas (o todas), ciertamente, que ganan poco e incluso pierden… por lo cual son sostenidas por instituciones que ponen la Verdad de Cristo por encima de todo poder terrenal. Pero incluso entre ellas las hay que huyen de las estridencias. Tienen miedo al poder del mundo (incongruentemente, atándose así a él), y cediendo al miedo al poder, acaban perdiendo su poder: aquel que les daba la fuerza para llevar a cabo su misión (anunciar el Evangelio y su Verdad). De modo que la misión de esas editoriales llamadas “católicas” (también) sucumbe.

Pero debemos alzar la voz para proclamar —alto y claro— a los cuatro vientos, que TODAS las editoriales son responsables de la búsqueda, identificación y difusión del pensamiento (de hecho, ese es su fin de partida), para alimentar al lector sediento de Verdad (y por tanto, el mundo —pequeño o grande— en que se desenvuelven).

De este modo, autores y editoriales se hacen responsables del mensaje que comunican. Una vez recibido y elaborado el mensaje según la propia idiosincrasia de cada lector, éste —si es bueno y responsable como aquéllos— deberá propagarlo, con el fin de generar entre todos una opinión pública digna de merecer la dignidad del hombre, de la mujer, como de hijos de Dios. Solo así, hermano, mi hermana del alma, podremos salvar nuestra alma y ser apóstoles creíbles, que defenderán la Verdad en todas sus ocupaciones mundanas (familia, trabajo, ocio, espiritualidad… ¡y las editoriales también!).

Por todo ello, como el Mal impregnado ya en nuestro mundo extiende sus tentáculos con fuerza y sostén inusitados hasta ahora, no es de extrañar que el mundo editorial sufra bajo el yugo de su propia esclavitud: entre lo lo banal y lo venal. (“Si da dinero, ¿por qué no?” —¡Y se acabó la Verdad! …y con ello, la civilización—).

Perdiendo por querer ganar

Y no te confundas, mi hermano, mi hermana del alma. No te hablo como Marx; te hablo como Jesús, que defiende todo lo que el mundo puede dar —pues por eso lo creó—, si ese “todo” —con sus leyes y sus mandamientos— lleva a Dios —no a la supremacía del yo—; es decir, si encamina nuestras obras conforme a la realización del Plan de Salvación para toda la Humanidad, el conjunto de todos los seres humanos que, en definitiva, son el ser para el que Dios creó “el Cielo y la Tierra” (Gn 1—2,25). “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”, nos confía nuestro Redentor (Jn 10,10).

Según lo apuntado, luchar por el mero “tener la razón”, poner el ego en el centro de toda situación, tratar de sacar rédito a costa de la Verdad, solo nos lleva a perder todos por haber querido ganar uno y poco más. Así que las componendas, el quitar a unos lo que es suyo para dar a otros que se lo miran, el “pan para todos” que siempre acaba en un infierno por no alimentar a nadie (e incluso mata, en el sentido íntegro de la palabra), la contemporización expuesta en la Nota 4, Capítulo II, el “amaos todos” sin base en la Verdad (y sin amarnos nosotros, como censurábamos en el Capítulo I)… solo sirven para distraer a las gallinas, que darán huevos para embuchar la panza, pero no para salvar el alma. Por cuyo camino, pues, no solo no se realizará el Plan de Dios, sino que se corromperá primero, y destruirá después. —¡El Paraíso Terrenal, perdido, y el Eterno, también!)—.

¿Aclaración o sentencia?

Atiéndeme, hermano, mi hermana del alma. Nadie. Nadie. Nadie, digo. Absolutamente nadie debe pensar por ti. Y tú no debes dejar que los buitres que buscan carnaza y las sanguijuelas que —desesperadas en su lucha a muerte por sobrevivir— tratan por todos los medios de chuparte la sangre para que, atado a la costumbre del “es que es así”, “es lo que hay”, “ya sabemos que siempre el grande se come al pequeño”…, nada de eso debe hacerte perder el amor a tu vida, tu pensamiento y a tu libertad, que debes entrelazar y vivir según tu conciencia. Tu conciencia es el sagrario donde Dios habla de Tú a tú con tu alma, y de acuerdo con la Verdad. —Para ello (virgen o no), deberá permanecer puro—.

“Qué es la Verdad?”, me aventarás con Pilato (Jn 18,38). “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, dice Jesús (Jn 14,6). La Verdad, pues, es la Vida que da vida a tu vida, ánimo a tu caminar, el hálito de conocimiento que el Creador imprimió en tu esencia más sustancial y profunda, para conducirte —siempre contando con el beneplácito de tu asentimiento— a las praderas donde habita el Ser celestial, el cual es Vida de tu vida que (aquí, en lo secreto, al otro lado del velo que te cubre la realidad), con la pureza de intención de un niño que quiere volar, puedes tocar (pues la vida, la tienes ya), y en Él (si te decides a volar) descubrirás un mundo límpido, espiritual (real, pero —¡ciego estás!—), atestado de ángeles fieles que te ayudan a luchar haciendo el bien y ángeles caídos que buscan tu perdición.

Dios, tu Creador: Hacedor y Gobernador de todo cuanto existe —Él, solo Él—, te ofrece un Tesoro, el Agua viva que mana de su Ser y abreva todo tu ser, y —si le eres fiel— te lo entregará (te lo ha adquirido ya, a precio de su sangre de Redentor de la Humanidad) para toda la Eternidad. Solo espera de ti eso: tu fidelidad. Aquella fidelidad personal e intransferible (tuya y de nadie más) en la que —a través de tu conciencia—, Él te anima y te encoraja, y no te abandonará jamás.

Traslademos esta argumentación al tema que nos ocupa y descubriremos todo un panorama a explorar entre autores y editores, para —entre todos— colaborar en extender el valor del pensamiento que, ayer, hoy y mañana, será el que movió y moverá el mundo para evolucionar hacia una conciencia superior, tanto personal como comunitaria.

El valor de la propia responsabilidad

Pues aquí entras tú, hermano, mi hermana del alma. Eres tú quien decide (bajo tu propia responsabilidad, in—trans—fe—ri—ble) el camino a seguir en tu propia vida, en tu familia, en tu trabajo y en tu pequeño o grande mundo. Y en consecuencia, son los autores y las editoriales (como expresión de nuestra necesidad, que deben saber descubrir y formar) los que deben decidir (y por tanto, se hacen responsables de ello) si el mensaje que difunden es lo que el mundo de hoy tiene que decir y debe oír (con una relación fluida entre autores, editores y lector, y con nuestro apoyo —económico, político o cultural—). No lo dudes. Siempre que ese mensaje vaya en consonancia con el Mensaje de Amor y de Verdad que está por salvar el mundo, será así (aunque, por ideología, muchos no lo compartan).

Eso solo podrán descubrirlo, autores y editores, siempre que tengan el alma limpia y que obedezcan a su conciencia, que siempre les propone el camino que les habla de su obediencia a la Verdad; pues no hay libertad ética (y por tanto lícita) que no se someta a la Verdad. He ahí la dificultad de una adecuada operatividad de cada uno de nosotros —y, por tanto, de autores y editores— en el desempeño de la vida diaria en la actualidad, habida cuenta de los peligros que acechan a nuestra conciencia.

Peligro de la tecnología tentacular

Advertimos en la actualidad la amenaza de la tendenciosidad actual de una tecnología aplicada al servicio del poder de unos pocos, que ya bloquea ciertas partidas de obras que sin tales tecnologías encontrarían salida; y que en un futuro no muy lejano, bloquearán la libre circulación del pensamiento libre en todos los ámbitos de nuestra vida (incluso, si llegan a conseguir lo que ya casi están llegando conseguir, ¡en nuestra propia mente!). Y será así tanto en las editoriales como en los diarios, las redes sociales y toda ocupación humana en la que el pensamiento libre pueda obstaculizar la imposición —encarnizada a vida o muerte— del pensamiento único que encarnará el Anticristo, como Señor del Mundo y personificación de Satanás.

He ahí el dilema de la conveniencia de aplicar la inteligencia artificial en nuestra vida. Ante todo, debemos partir de que, en principio, la IA no es ni buena ni mala, sino que lo será en función del uso que hagamos de ella. No hay duda de que, siempre que no la usemos para sustituir nuestra capacidad de razonar —que es única en el reino animal—, pues nos abocaría de lleno a una nueva Edad de las Cavernas, podemos sacar mucho partido de esta capacidad que la técnica nos ofrece, analizando las alternativas que el recurrir a ella nos plantea ante un asunto concreto, y elegir —con nuestro insustituible análisis personal— la mejor opción a aplicar en nuestra actuación, a fin de llevar nuestra respuesta a ellas a plenitud.

Todo ello lo afirmamos alzando en lugar preeminente la trascendencia irrevocable que (para ti, para mí, para cada autor, para todas las editoriales y para todo actor cultural) tiene la ya referida fidelidad a la propia conciencia formada de cada cual según la Verdad, asumida con la pureza de la rectitud de intención. Intento, y continuaré intentando desarrollar en todos mis escritos este argumento con la representatividad y objetividad que procuro, y  tratando de hacerlo con la creatividad siempre renovada de mi discurso, que —te lo prometí y las cenizas lo hablan— desarrollaré con las próximas Notas. Y como siempre, lo haré con la promesa de una resurrección. —¡Quiera Dios!—.

EL RESUMEN DEL DÍA

Ahí está —una vez más, brillando como la que más—, la riqueza y la promesa de la capacidad y el poder de la libertad de cada uno de nosotros, como motor del cambio que (aún) puede evitar el advenimiento del dominio del Padre de la Mentira en todo el orbe, solo con que nos decidamos (con esa nuestra libertad, y con nuestro pensamiento amenazado ya), a ACTUAR conforme a la Vida y la Verdad, y no nos conformemos abandonados (por comodidad, incredulidad, miedo o apatía) a ser arrastrados por un clic, que nos asegurará nuestra supervivencia de la panza, sí, pero a costa de nuestra propia individualidad. (¿Te has fijado, hermano, mi hermana del alma, en que ya se levantan voces en contra de ella… y en favor de la “comunidad”? ¿Comunidad de qué? ¿De gallinas anestesiadas reclusas en el corral? —Ahí lo dejamos—).

Nota sobre una apreciación personal

¿Tú piensas que es normal que de unas treinta y ocho editoriales que he contactado para todos mis libros en total —como te anoté—, no haya encontrado ni una —a excepción de la que me publicó Les Decapíndoles de la Comunicació Disruptiva (DCD)— que acepte mi pensamiento y mi estilo personal de transmitirlo? ¿No ves, ahí, subjetividad parcial y sesgada? Para pensar. Para sentir zozobra. ¡Señal de alarma!

(Continuará…).

Tras las editoriales: señores que no son señores (IV)

Twitter: @jordimariada

La libertad de pensamiento exige editoriales responsables, lectores críticos y una conciencia fiel a la Verdad. Frente al poder, la banalidad y la IA, ¡defendamos el derecho a disentir y dialogar! Compartir en X

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