Tras las editoriales: señores que no son señores (VIII)

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¡Bienvenidos al Reino de Blandiblú! (donde se cuecen las habas, si pagas). Hoy, con esta, terminamos las Notas. En el penúltimo y último capítulos te esperan algunas sorpresas de sublime cariz.

[…¿Sigue alguien por ahí? –¡Al grano!–].

NOTA 13: SOBRE LA (IM/POSIBLE) PROMOCIÓN

Por el momento, estimado compañero de fatigas, compañera mía, te diré un secreto a voces. Usualmente, si la editorial no es grande (o potente, según se mire) y si tu contrato no es generoso, no esperes que el mar venga a salvarte: tendrás que ir tú a nadar a contraola y promocionarte tu libro.

Para ello, deberás superar numerosas pruebas de la yincana del trajín, de todo tipo y manera, a fin de que tu estimada obra no muera en almacenes lúgubres bajo la luz accionada y sola, amagada en los sensores de presencia, encapsulados todos —luces, sensores y tu obra— en carcasas contra la humedad y el polvo, en lugar de la brillantez que reina o a la media luz que inspira en aquellas librerías al uso, aun si solo tienen expuestos (¡y en puntos estratégicamente determinados!) los libros de las editoriales que pagan por exponer.

(¡Y no sueñes con llegar al estante del lector por ese camino! O tienes enchufe en alguna librería, o el comprador deberá pedir el título y esperar unos días a que llegue, con el compromiso de quedárselo aun si no le gusta —“¡Ah, tú lo pediste, fraile Monchín, tú lo pagaste, vívelo al fin!”—).

“¡Ya sabemos que siempre el grande se come al pequeño!”, denunciábamos con talante de ludibrio, en la Nota 9, Capítulo V, Epígrafe “¿Aclaración o sentencia?”. Ironizábamos, ahí, sobre aquella sumisa aceptación típica de los siempre pasivos conformistas amodorrados. —¡Pues no, conmigo te costará, grandullón! Lo que seguro que conseguirás haciéndome la cusqui, es que huya de ti, y a menudo, cuando me voy de un lugar tóxico, no vuelvo, para sorpresa “del gordo”—.

Así desaparecen tantas empresas que se niegan a cambiar, esperando que sea el mundo el que cambie, a causa del letargo en que se autosucumben (permíteme la licencia) sus directivos y empleados. Y la realidad, como estamos advirtiendo, es otra muy distinta. Cada uno es dueño y responsable de gestionar su propia vida para, al menos, tratar de superar las inclemencias del tiempo y saltar —saltimbanqui o a la pata coja— los escollos del camino. No siempre lo conseguimos, pero es la actitud la que dignifica a la persona, no el éxito de sus empresas.

En consecuencia

Por tanto, exijamos a las editoriales (a las empresas en general) que retomen el camino de la dignidad que deben lucir haciendo lucir a los autores que de verdad tienen algo que decir. No esa cantinela pasivista del “es lo que quieren nuestros lectores” que hemos ido denunciando a lo largo de esta serie (en concreto, en el evento explicado en el Capítulo 1). Por el contrario, despabilemos y decidámonos a adoptar la antaño dignidad del ser capaz de aportar al mundo lo que el mundo necesita oír, educándolo y enriqueciéndolo con los nuevos actores de valor.

No nos engañemos. Los espíritus (genios o no) capaces de descubrir en el signo de los tiempos su sustancia y su luminosidad —y no limítrofes del repetir el “más de lo mismo” con letritas y caritas parejas que tanto hemos ido criticando—, son aquellos que saben decir: ¡presentemos la cara y la voz con que —embebidos belleza y deleite, musitando la Verdad— haremos progresar la conciencia personal y colectiva para crear —entre todos— un mundo mejor! Si no, la mediocridad no hará más que paralizar nuestra capacidad de analizar y debatir como seres inteligentes, responsables y conscientes, al mismo tiempo que olvidaremos el tiempo aquel en que —razonando sazonados con la emoción de vivir—, siempre supimos distinguir la Verdad de la Mentira.

Eso es, de hecho, cuanto estamos viendo que ya nos está sucediendo, y que —de seguir así, sin que cambiemos— con la IA llegaremos a extremos peligrosísimos e irreversibles, que solo será posible superar, ya —socialmente—, tras la gran Hecatombe final, por la vuelta de nuestro salvador Jesucristo.

El lugar del autor

Expuesta ya la razón principal por la que las editoriales y los otros medios de comunicación son responsables directos del rumbo que tomará nuestro mundo en los próximos años (como anotábamos en la Nota 9, Capítulo V), pasemos a esbozar el lugar que le corresponde al autor en el engranaje editorial. Así que no echemos la carga del coste de la promoción sobre el inocente autor, que bastante trabajo tiene y hace con cumplir con su labor de identificar, elaborar y presentar de manera positiva, límpida y constructiva su trabajo.

No olvidemos que, desde esta perspectiva que estamos enfocando, el autor es el genio y figura —el eje— del engranaje editorial, y no un mero apéndice que debe servir a su señor. Un buen escritor (como puede serlo un buen psicólogo, un buen sociólogo y hasta un buen sacerdote) es el identificador de la Vida, la Belleza y la Verdad que puede —aún, y siempre— guiarnos en nuestro valle de lágrimas hacia una iluminación que solo los que sean dignos de entrar en el Cielo llegarán a gozar con la plenitud que sus obras terrenas hayan merecido ante la Justicia amorosa de Dios. Lo justo, en nuestra vida mortal, es que cada uno reciba su merecido según su trabajo, aquí, antes de pasar a mejor vida —como tantos autores que murieron olvidados y luego fueron admirados—, sin que nos obliguen a pagar para hablar y para pensar.

(Recordemos que la Vida, la Belleza y la Verdad —al ser ideas— son inagotables y susceptibles de ser enfocadas y presentadas desde múltiples perspectivas, como harán patente las distintas disciplinas en las que los autores sean duchos. ¡Seamos agradecidos!).

EL RESUMEN DE HOY

Brevemente, con la vista puesta ya en el límpido horizonte que se acerca con el viento del Este (pues está por amanecer), me parece que ya vas viendo por dónde voy y por dónde quiero cogerte. No lo olvides: eres tú, autor, quien —bajo tu responsabilidad— les das tu voz a las editoriales (pues eres tú el autor y creador), por lo que no esperes sólo (como a un mesías redentor) que las editoriales te den voz a ti y te salven… si no pasas por el tubo que te he descrito en esta serie —y hasta aquí, ¡que hay más…!—. ¡Plántales cara, no lo debes permitir!

Y tú, lector, al comprar (tanto si lees lo que compras como si no), eres quien les da aire a los editores para elegir qué temas y qué autores quieres que te den (¡y cuáles no!); así que no des tu dinero como quien lanza una cana al aire, sino con la consciencia afianzada en el fondo de tu corazón, que (si está sano) hablará con la mejor bondad de las bondades, seas quien seas y sea lo que sea lo que la vida esté haciendo contigo… con tu colaboración: tu dignidad de elegir.

Definitivamente

Así las cosas, o las editoriales te hacen callar, o las haces callar tú a ellas, y te buscas la vida en otro lugar. —Más adelante, si me sigues, te daré alguna orientación más—. Ante todo, y como trazo final —nunca lo olvides—, te rasgo a carne viva —a lo artista gestual— que eres tú —definitivamente— quien a tu aire pintas el cuadro con que decides si vives, o si esperas que otros te dejen vivir… o bien dejas que ellos vivan por ti. (“¡Elemental, mi querido Watson: cómo no lo vería antes?”, me dirás. —¡Pues ahora, no te dejes arredrar!—).

(Continuará…).

Tras las editoriales: señores que no son señores (VII)

Twitter: @jordimariada

¿Debe el autor cargar también con el coste de promocionar su libro? Las editoriales tienen una responsabilidad que no pueden eludir: dar visibilidad al talento y no convertir al escritor en un mero apéndice de sus intereses. Compartir en X

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