Tras las editoriales: señores que no son señores (IV)

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Tras el inciso de mi artículo de la semana pasada comentando a Macron, continuamos con nuestra serie de las editoriales, para ver si –al hilo de mi experiencia con ellas– podemos entre todos llegar a descifrar para entender un poco más por dónde vamos, por dónde intentamos ir y –sobre todo– por donde deberíamos ir.

Así pues, prosigamos con nuestras Notas:

NOTA 8: SOBRE EL “VALOR” DE UN AUTOR

[INCISO: ¿No te parece sarcástico, ridículo, incluso estrafalario, hermano, mi hermana del alma, tener que llegar a preguntarnos esto?] Te explico. En una editorial con la que estuve debatiendo decidido a encontrar con ellos un ajuste que satisficiera a ambas partes (tras haberme avanzado por su lado –ya de entrada– que, después de todo un proceso de selección –que resultó ser de ocho meses y, a veces, son años–, seguramente acabarían diciéndome que debía “colaborar con una pequeña parte”), llegado el momento M, el hervor se salió de madre.

En efecto, pese a la explícita buena voluntad por ambos lados y a un trato exquisito en todo el proceso, terminaron por imponerme una aduana: si quería pasar, debía pagar. Así, actuando sus señorías con tal certeza y convicción, no me extrañó que su trato fuera celestial: se lo podían pagar. (Ese será –al fin– el genio del futuro, “el Cielo en la Tierra”; ¡el triunfo, la conquista de las estrellas, el cumplimiento de la utopía, la IA que nos viene a salvar!… y te lo voy a explicar).

Me dieron a entender, así, como quien lo tiene demostrado, que el país de Alicia no existe solo en los sueños, sino que se puede crear, y de hecho, si no te lo creas, olvídate de él. (En una ocasión que buscaba piso de alquiler en Italia contra viento y marea, ante un precio desorbitado en zona y temporada turísticas, por un cuchitril que no alquila ni Alibabá, el multimillonario propietario tío de amigos me tumbó el alma, defenestrándome sin piedad por la cara, que… “senza soldi, il mondo non gira”, léase “sin dinero, el mundo no gira”. –Lo vomitaba haciendo referencia, el muy desalmado, a una canción mía con que me había presentado a concurso en un reciente festival de la canción regional: tu país de Alicia desafina–).

El truco estaba en lo que tenía –aquella editorial con la que yo negociaba con la lengua a rastras– hasta entonces muy guardado: ¿Cómo se podía crear, el país de Alicia? –“Con dinero”–. (“Ese es el poder de la inteligencia artificial, ¿no? ¿No querías poder? ¡Pues ahora, traga!” –pensé yo–). ¡Así que se acabó la cultura!: ahora solo vale el producto de consumo, como quien va al supermercado a la zaga de historias que vivir… a la manera de quien compra un yogur: el supermercado de Alicia. (¡Podría ser un buen titular! y, por qué no, el título de mi próximo libro. Aunque, bien pensado, sería un poco deprimente, ¿no? –…Deberé esperar unos años a poder sacar la cabeza y respirar, pues, la verdad, siento que me está faltando aire–).

Así que corté con ellos enfadado (¡vaya fama me estoy ganando! –y ellos qué–). Pensaba que en esa ocasión sería capaz (te hacen sentir como un explorador de aventuras tipo Guerra de las Galaxias, pero a lo James Bond en la selva –¿otro buen título para mis libros?–), pensé si sería capaz, digo, de convencerlos de mi valor y el de mis escritos.

Con el ánimo (aunque por los suelos) de si finalmente podría conseguir que me contrataran como “autor estrella” –guaseaba yo–, iba dejando pasar el tiempo a la espera de que me saliera el sol… aunque solo fuera por el oeste. (Sin duda, a la vista de las obras que tenían publicadas y seguían publicando, su catálogo merecía un auténtico autor: daba pena constatar la de letras que se pueden llegar a teclear sin más sueño que el de un despertar: todo muermo, todo vacío, todo igual; ¿había alguien allí que siguiera vivo? ¿Dónde murió el espíritu de nuestro tiempo?). Como el Sol acabó sin salir, acabé confirmándome yo, a puñalada viva, lo que lleva años quemándome la piel: que el mundo editorial es así: la pasta va primero… y luego, todo lo demás (¡vaya buñuelada! ¡Consternación! ¡Nigérrima calamidad! ¡Merienda de negros! –¿me lo dejas decir?–).

Antes, los autores y los editores (y los paletas, y los médicos, y los aprendices…) trabajaban por amor al arte, pero capaces de sobrevivir con cierta dignidad; lo demuestra la Historia. Se le daba valor al arte, a la disertación, a la puesta en común, al debate constructivo en busca de la Verdad; sin “yo tengo la razón” o “tú no tienes razón”. Los griegos se enzarzaban en disquisiciones mil en la plaza, sin más ambición que buscar, aprender… caminar juntos para no encontrar nada (dejémoslo en “buscar”). No cobraban. No exigían. Proponían. Por eso eran genios forjadores de genios… ¡Y aún vivimos de ellos!

La imprenta nació con esta ambición (decían que internet también, y aún más, que sería la panacea… y ya lo vemos: ¡todos a pagar!). ¿Qué imprimimos hoy? Lo vimos en el artículo anterior de esta serie: mierda. ¡Hasta la religión ha caído en ello! (y no solo la católica). ¿Por qué no dedicarán, los editores, unos libros a hacer dinero (para poder vivir), y otros a hacer vivir? Quizás sí que mi futuro está en salir a la plaza y debatir. –Pero… ¿de qué voy a vivir? ¡Igual dentro de veinte siglos más, viven de mí, como yo vivo hoy de los griegos!–.

Surge, entonces, la gran pregunta: “¿Cuánto vale un autor?” (y si no lo sabes, hermano, mi hermana del alma, pregúntatelo: el futuro –tu futuro– depende de ello). Pues un autor medianito no gana ni para pipas: no más del 10 %, y la gran mayoría no pasan del 7, incluso un 5, sobre la venta de un libro (y luego, les llamamos “estrellas”). “¿Y… la editorial?”. La editorial forja reyes, pero solo entre los de arriba; eso es, los autores que dan pasta y los que les dan la pasta (que les dan, como por caridad, porque la pasta se la comen ellos).

A ver. ¿No podríamos, entre todos y con la colaboración de todos, construir relaciones más justas en las editoriales, sí, pero por tanto, en el mundo de hoy y de mañana? ¿No sería justo (ya que Dios nos ha creado a todos como hijos de una misma familia, la Familia Humana) distribuir mejor la riqueza, para que aproveche a la Humanidad entera como hija de Dios, y no solo a la cháchara de los que proclaman una “humanidad” que no viven?

No nos peleemos. No nos enmarañemos más. Rectifiquemos (todavía estamos a tiempo, pero el tiempo se nos acaba). Y sobre todo, no nos engañemos: ¡el mundo que estamos haciendo es así! (para qué esconderlo más). En definitiva, TODO lo que hacemos hoy, lo hacemos según vale, y vale no más que lo que dice nuestro bolsillo, que ya está determinando el valor que le damos al tiempo (para hablar, para leer, para amar…). Por eso admiramos a los que sueñan en la tele: ellos se lo pueden pagar (¿será el sueño de nunca acabar ese de Alicia no me cabrees más –otro titular–? ¡Batamos la mesa! ¡Demos sin esperar! ¡Amemos! –pero no escondamos luego de nuevo la Verdad, porque acabaremos peor–).

Por este camino que vamos, el futuro será predecible, irremediablemente gris: vacío, plano, uniforme. La palabra “mediocre” habrá desaparecido, porque todo será previsible, con la ambigüedad de la media verdad. ¿Es eso cultura? ¿Es eso honestidad? Ya sabes lo que pienso, ¡qué te voy a decir! Lo importante, hoy, es: “¿Qué piensas tú?”. Piénsalo, porque de lo que pienses tú depende el futuro que nos espera y que juntos (si quieres) vamos a co-crear: EL-FUTURO-DE-LA-HUMANIDAD, el más grande titular (…¡hasta ahora –que vienen más–!…); y por tanto, de tu respuesta depende lo que vayan a pensar los editores por venir… y, sobre todo, lo que les hagamos –dejemos– hacer hoy.

EL RESUMEN DE HOY

Mira. Para no pasar página (una más), recuerda solo una cosa: Gobierna tu vida, si quieres gobernar el mundo un día. (TITULAR).

(Continuará…).

Tras las editoriales: señores que no son señores (III)

Twitter: @jordimariada

¿Cuánto vale un autor? Si la respuesta depende de cuánto dinero genera, quizá hemos dejado de hablar de cultura para empezar a hablar de producto. Compartir en X

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