¡Zas! ¿Qué te trae por semejantes lares, amigo, mi amiga querida? ¿Buscas entretenimiento, o cultura? Aquí hablamos de todo y de nada, eso es, ¡queremos cambiar el mundo! ¿Qué hay? ¿Usas bien tu lengua y tu lenguaje? ¿Probamos a ver: qué tal tu acento?
NOTA 11: SOBRE EL RETINTÍN DEL CATALÁN
Puestos a platicar, hay un tema que si no eres de aquí te parecerá menor, y no lo es. Yo soy defensor acérrimo del conocimiento y el uso del catalán, como expresión de una cultura y de un país. Pero todo tiene una razón, y… alguna sinrazón. Vamos a analizarlo.
Una lengua es el vehículo de la cultura por antonomasia. Por tanto, es deber —sí, es cierto: ¡deber!— del Gobierno responsable de esa lengua, el procurar por todos los medios que su conocimiento y su uso no muera; eso sí, sin apropiarse ideológica y políticamente de su defensa, porque entonces uno acaba por odiar tanta cantinela, que más que ayudar, confunde y te hace picar la piel… con lo cual perdemos todos y salen ganando —como siempre— los que ostentan el poder —si lo ejercen mal—, que son, en este ejemplo, esos que venden lociones contra la irritación (llámese “anti-país” o “anti-todo”).
En el caso de Cataluña, es muy y muy cierto que desde numerosas instancias culturales y políticas se están haciendo esfuerzos, pero todo indica que están siendo insuficientes. Sobre todo, no por el dinero que se destina a promover el catalán —que es poco por lo trascendental de la cuestión—, sino por la poca sensibilidad real que la sociedad catalana siente por su lengua… más allá de la cháchara. Una sensibilidad que, o bien los que pueden o podrían la alimentan, o de mal la harán morir. Por tanto, lo primero, convendría invertir en campañas de sensibilización de que cada uno ocupe su lugar, y use su lengua (por fin, hay alguna entidad que en eso se está afanando).
¡Que sí! Está muy bien que los ciudadanos de a pie hablen en catalán y defiendan su lengua; pero una cosa es defenderla de palabra, y otra muy distinta llevar su defensa a la promoción real que necesita el catalán, que no es solo “del Gobierno”, en quien tantos personajillos sacuden sus pulgas. Pues las pulgas están —en verdad— en que te miran mal, te silencian y te arrostran cuando no escribes en catalán, pero cuando lo escribes, no te lo leen… y el castellano sí. (Está documentado: en Cataluña se venden más libros en castellano que en catalán —¡otra cosa es que se lean!—). “¡Catalanes, pagadme… o al menos, compradme la edición!” —[…]silencio en la sala—. ¡Venga, va! ¿Es eso voluntad “de país”?
NOTA 12: SOBRE LA “VALORACIÓN”, ETERNA ESPERA
Algunas editoriales tienen un servicio encomiable al autor. Sin embargo, lo habitual es que te hagan esperar seis meses o más para tu ansiada valoración. Pero eso no es todo. La cosa que pica (para lo cual no suele haber loción) está en el valor que dan a tu manuscrito, que por lo común es reducido a ofrecerte un correo, y ahí te las den: si no eres seleccionado en el tiempo estipulado (que no todos se atreven a concretar), no esperes (así te lo dicen, por su cara) ni respuesta ni su opinión al respecto. (Ni siquiera, la mayoría, te da confirmación de recibo). ¿Por qué? Para obviar respuestas que no quieren comprometer, para evitar repudiarte y que otro te lance al estrellato.
Eso, hermano, mi hermana del alma, es así: te tienen pendiente del hilo del devenir. Años y años; a mí, toda mi vida. De modo que, pasado el plazo, no sabes si no te han seleccionado por tu pobre capacidad de discurso, por tu estilo, por tu ortografía, por tus ideas, por tu… ya ves, hermano, mi hermana del alma, ¡un sinfín de alternativas que jamás llegas a descifrar! …A menos, claro está, que a aquellos editores o secretarias de editores que sí merecen llamarse así, les molestes lo suficiente (¡aún se enfadan, y toman represalias!) como para que, llegado el día, muestren contigo la suficiente empatía como para dejarte ir tres o cuatro pinceladas que te permitan procurar afinar más tu puntería la próxima vez.
Más de lo mismo
Pero lo peor no queda ahí. Está en el hecho de que, después de haber dado todas tus credenciales, expresado todas tus intenciones, definido todo tu entorno (¡y tu vida entera!), delimitado tu público objetivo, tus posibles “compradores”, imaginado a quién puedes interesar…, encima, por si fuera poco y sin faltar, debes demostrar qué posibilidades reales (¡y no les engañes!) tienes de promocionar, en concreto, tu obra (¡como si no tuvieran ellos la obligación de promoverla, en nombre de su forzada artificial supremacía y su aguda “selección”!). Tras ese maratón de heroicidad y bravura, una vez superada la preselección, entonces, si llegan a contestarte, los hay que te dicen que tu obra es genial, que tú eres el salvador del mundo, pero que tienes que pagar.
(¡Y ya sabes, hermano, mi hermana del alma, cuánto me hacía pagar aquella editorial de la que te hablé en el Capítulo 1, y te he mencionado —dada su cualidad paradigmática— en alguna otra ocasión! Te la presenté como de las más condescendientes que me he encontrado para con el bolsillo del autor corriente y moliente, y la que se dignó publicarme e iba a republicarme (sin pagar) Les Decapíndoles de la Comunicació Disruptiva (DCD), además de (¡osar!) programarme once libros más. Pero… amigo, mi amiga querida, si en el bolsillo tienes un agujero, ¡olvídate de salvar el mundo, tendrás que salvarte tú! —¡Qué sinrazón, qué crueldad! Y por eso me colgaron el teléfono y no me lo cogen más—).
Luego nos quejamos de la ética que no vemos alrededor, en la tele y en el súper de la mala alimentación, pero la ética y la moral y la buena educación también —lo hemos hablado ya— empiezan en uno mismo. Aunque está más que claro que, en gran parte de los unos mismos de nuestra sociedad, la ética y la moralidad brillan por su ausencia. Se imponen sin licitud, sin impedimento y con pasión esos personajillos de feria que buscan por todos los medios vender su alma al diablo para, así, poder brillar como las estrellas que ven en la tele.
Ciertamente, ya sabemos que cada uno ostenta su cadaunada como le da el alma, y contra eso, poco hay que hacer… si cada uno no pone de su parte. Pues, en el caso paradigmático del ignoramiento por parte de quien tiene algún tipo de ascendencia sobre otro, no es solo un suceso “de editoriales”, sino una costumbre perniciosa que se difunde cual aceite hirviendo con la llamada “ley de hielo” y que está pudriendo las relaciones humanas desde la raíz: ¿si uno te ignora, no vas a ignorar tú también? ¡He ahí el peligro del mal ejemplo de quien debe darlo!
Y se lanzan, aquellos chiquilicuatres que pavonean su cadaunada, a la aventura de la seducción con resplandor tal que ni las estrellas ultragalácticas alcanzan a irradiar, refulgiendo aupados por el poder y dispuestos a barrer la cuadra de su dueño —aunque eso no lo dejan ver—. Por ese camino y con talante de Míster Chip, venden por cuatro reales sus calzoncillos (¡vete a saber tú cómo estarán!), por si alguno de sus fans los quiere lavar.
¡Ya lo ves, amigo, mi amiga querida, ciencifico que es así… día sí, día también! Puestos a la labor, los feriantes de la edición mercadean con su intimidad a precio de suflé, y cuanta más espuma les dé, más acusado será el subidón (para ellos mismos y para el inocente infante que se los cree o finge creer —como sus editores—)… hasta que un día –sin rechistar— serán juzgados todos (obreros y fans) por quiénes fueron y quiénes son, y no por fanfarronear ser la crème de la crème.
Tu propia elección
Por tanto —si no eres ciego, ¡ya ves!—, llegó la hora de tomar posición, no te escondas más. Sé que tú piensas así, no te dejes enredar otra vez, ni juegues por jugar (sabiendo, en tu sino donde abrigas tu conciencia, que te engañas por no atreverte a hablar). Te invito a ti, hermano, mi hermana del alma —también si eres escritor—, a tomar las riendas de tu propia vida: tu vida depende solo de ti; el resto, es un resto, pero de lo que Dios te pedirá cuentas es de lo primero: tu alma, a mil.
Decídete, pues —a lo audaz guerrillero ya—, a soltarte el pelo y a ser —también tú, somos algunos ya— testigo de la Verdad, testimoniando con tu vida, con tus obras, con tu pasión, con tu sola presencia —intacta y pulcra, aun si perdiste un día su virginidad—, lánzate y sé eso: su garante y estandarte en tu pequeño o gran lugar, cual ángel de la guarda que viene a salvaguardar la dignidad que en otro tiempo resplandeció con magnificencia de astro rey en el firmamento de la perfección de Dios.
¡No te acoquines, avanza firme! Propón, exhibe, anuncia —en tu familia, en tu trabajo, en tu ocio, en toda tu realidad… ¡en nuestra falsa “sociedad del bienestar”!—, la gran verdad de que en el imperio del Mal que por diestro y siniestro se nos impone —y que, por ser mentira, clama a voz en grito por las almas rendidas a la perdición—, no es oro todo lo que reluce, sino que quizás se nos ha (nos hemos, nos han) travestido ya nuestro tesoro (Mt 13,44; Lc 12,32-34; Mc 10,17-22) en hojalata en fundición.
Solo así, llamando a cada cosa por lo que es en verdad, podremos percatarnos —entre todos, ya de una vez— de que necesitamos dar un golpe de timón para cambiar el rumbo de una nave que en la Iglesia encuentra su Hogar, y en el mundo su lagar (es la navis ecclesiae, Arca de Noé, de Pedro, de la Nueva Alianza; debemos “bogar mar adentro”: Lc 1,11; permanecer salvos en la Barca, seguros de que Jesús en Ella nos protege: Mt 14,22-33; necesitamos confiar en el Maestro que navega con nosotros: Mt 8,23-27; Lc 8,22-25; María es la Stella Maris que nos guía, con la luz del Espíritu Santo). Así pues, proclama —ahora, tú— hermano, mi hermana del alma, que nuestra Madre Iglesia nos acoge y nos cuida, y nuestro mundo nos procura víveres, pero no por mucho tiempo más —una y otro— podrán aguantar el daño que por nuestra acción o inacción les está provocando el naufragar.
Pues no es todo culpa “del otro”, “del tiempo”, “de la Iglesia”, “del partido aquel”, “del Gobierno”, “de la editorial”…: es culpa (perdona que te insista, una vez más) de cada uno de nosotros (el sereno, el lechero, el obrero, el ama de casa, el enfermero, el director general, ¡también si eres escritor o eres editor!…): ¡culpa de sobajar la media verdad, de faltarle a la Verdad!
Nada de lo que te digo aquí es para erigirme en juez (pues nada sé, sino que no sé nada), salvo para (procurar) ser testigo de la Verdad. Aquella Verdad que, con mis pobres fuerzas de ser creado y redimido por Dios —¡tantas veces ya!, por su pura misericordia y amor—, trato de vivir (aun con mis caídas) y comunicar, eso es, de hacer vivir. ¡El Juez —un día, tuyo y mío y el de todos— será Dios!
EL RESUMEN DE HOY
No te voy a hacer esperar más, mi hermano, mi hermana del alma, para decirte la verdad; supongo que vas viendo mi sinceridad. Lo que me gustaría que recordaras hoy es algo que no te he dicho todavía —hasta este momento—, pero que embebe y contamina la sangre que corre por nuestras venas: la vergüenza. No es que la vergüenza nos alimente, sino que, el digerirla mal (como sucede con todo invasor en calidad de elemento tóxico, si no se atiende a su toxicidad), nos está derivando a isquemia intestinal: de intestino sano a intestino enfermo. ¿Qué es, si no, el ir sacando pecho por doquier creyéndonos ser “el mejor”, el que maneja el cotarro, cuando en realidad no somos más que unos humildes obreros de la viña del Señor (Mt 20,1-16)? ¿Por qué no aceptaremos —de una vez— al que piensa y es diferente? (“la mies es abundante, pero los obreros pocos”: Mt 9,37-38). ¡Que una editorial no se debe a unos amos de postín, que debe servir a la sociedad!
¡Despierta, desperézate ya, mi amor! Tu vida depende solo de ti —entiéndeme: solo tú decides tu actitud a adoptar, qué camino tomar—. Haz lo que puedas, sin creerte Supermán; da sin esperar, y otros colaborarán —y si no, para ti no son—; …el resto, ponlo en manos de Dios; ¡no lo dudes: Dios, en su momento, actuará! ¡Quiera Él —Nuestro Justo Rey— que encuentres tu propia fuerza y tu sello personal! En mí —tú, y todo aquel que venga, lo sabes ya—, tendréis una mano tendida. Si eres editor, aplícate el cuento. Juntos, tú y yo y si queda un quién con un dedo de frente y una pizca de corazón, vamos a dialogar; y dialogando, enarbolando la señera de la buena voluntad, conquistaremos la llama vehemente —ignita— de nuestro nuevo Hogar: LA LIBERTAD DE VIVIR Y DE PENSAR. —Ahí, a las editoriales de hoy y del futuro me gustaría encontrar—.
¡Me olvidaba!
(Soñaba). …Y con este ferviente deseo —prendida ya nuestra alma de alumbramiento en el Espíritu de Dios con pasión de amor por la Verdad—, te emplazo a nuestra próxima y antepenúltima tertulia, con la excusa de mi vida (o muerte) editorial. Hablábamos de cadaunadas. Pienso que estoy poniendo cuanto puedo para clarificar —a lo fides aperta— por dónde va el mundo editorial y el mundo en general… para ti y para quien quiera hacer, con esta serie, un mea culpa que podría cambiar la historia. Puede que ahora venga otro general desdén, o una editorial que me abra la puerta (¡qué buen papel!), o algún abrupto barrido sideral, en emboscada del Far West. (Más allá, ¡sorpresas mil! —…no me voy a callar—).
(Continuará…).
Tras las editoriales: señores que no son señores (VI)
Twitter: @jordimariada
No todo lo que reluce es oro. Vivimos rodeados de apariencias, intereses y falsas grandezas. Ha llegado la hora de llamar a cada cosa por su nombre y recuperar la libertad de vivir y pensar. Compartir en X








