Una consideración sobre el documento de la Conferencia Episcopal «Poneos en camino»

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La Conferencia Episcopal Española ha publicado Poneos en camino, un documento importante, no tanto por la espectacularidad de sus propuestas como porque probablemente constituye uno de los primeros textos episcopales recientes que asume, sin subterfugios, que España ha dejado de ser una sociedad cristiana.

Ese reconocimiento constituye ya, por sí mismo, un acontecimiento.

Durante demasiado tiempo, una parte significativa de la Iglesia española vivió instalada en una especie de inercia histórica: la idea de que la secularización era superficial, reversible o limitada a determinados ambientes urbanos y políticos. Pero la realidad terminó imponiéndose.

Hoy, la transmisión espontánea de la fe es muy limitada, también en su dimensión más decisiva: la generacional. El catolicismo ya no estructura la vida colectiva, no ordena el imaginario moral común y, en muchos ámbitos, ni siquiera constituye ya el lenguaje básico de referencia.

Sin embargo, y esta es una consideración personal, conviene recordar que buena parte de la cultura cristiana —formada por retazos morales y referencias fundamentales sobre el sentido de la vida— sigue siendo lo único que muchas personas poseen, porque nada ha sustituido verdaderamente al antiguo entramado católico.

Poneos en camino, el documento episcopal para el período 2026-2030, parte precisamente de esa constatación de la realidad. Y lo hace desde una intuición central acertada: la Iglesia no puede limitarse a administrar su propia reducción; debe volver a evangelizar.

El texto insiste en la necesidad del “primer anuncio”, de la iniciación cristiana, del catecumenado, de la recuperación de la comunidad y del domingo como centro vital. También reconoce la crisis demográfica, la despoblación rural, la falta de sacerdotes y la necesidad de nuevas formas organizativas, así como de un mayor protagonismo laical.

Todo ello apunta en una dirección correcta: abandonar definitivamente la pastoral de mantenimiento.

La intuición más sólida del documento aparece cuando la Conferencia Episcopal habla de una “minoría significativa”, expresión que recuerda inevitablemente las intuiciones de Joseph Ratzinger sobre las “minorías creativas”: comunidades quizá pequeñas, pero espiritualmente densas, intelectualmente formadas y capaces de irradiar vida cultural y moral. De algún modo, enlaza también con las comunidades virtuosas a las que se refiere Alasdair MacIntyre en Tras la virtud.

Sin embargo —y reconozco que esta es una apreciación profundamente personal y, por tanto, subjetiva—, quizá convendría pensar menos en términos de minoría y más en términos de vanguardia: una minoría con voluntad de convertirse de nuevo en corriente principal capaz de estructurar la sociedad. Porque, si solo permanece la idea de minoría, existe el riesgo —nada improbable— de instalarse en un conformismo cómodo y en una aceptación pasiva de los dictados del poder mediático y político.

Ahí se encuentra probablemente la gran cuestión de futuro. Minoría o vanguardia: ambas comparten la ausencia de hegemonía, pero describen actitudes de partida muy distintas.

Esa es la verdadera alternativa para que la condición minoritaria no se convierta en un acto de resignación pasiva, sino en el estímulo propio de quien se sabe portador de una respuesta grandiosa; de una verdad que hoy solo puede actuar como vanguardia.

El documento acierta en el diagnóstico histórico general, pero ahí aparece también su principal límite: describe con precisión los efectos, aunque aborda con extrema prudencia las causas profundas de la crisis.

Porque el problema español no es únicamente religioso. Es una crisis mucho más radical.

España atraviesa simultáneamente una caída histórica de la natalidad, una profunda desestructuración familiar, una creciente fragilidad psicológica juvenil, una cultura digital adictiva, una sexualización cada vez más precoz, una crisis educativa persistente y un hiperindividualismo que erosiona cualquier forma estable de comunidad. Es la sociedad desvinculada en plena expansión.

La soledad se extiende mientras proliferan los discursos sobre conexión. El debilitamiento de los vínculos familiares coincide con una creciente incapacidad para transmitir cultura, responsabilidad, sacrificio o esperanza. Y todo ello constituye también el verdadero subsuelo de la crisis religiosa.

El documento episcopal menciona cuestiones como la ideología de género, el posthumanismo o la inteligencia artificial. Pero lo hace con una cautela extrema, casi administrativa, como si temiera nombrar plenamente el conflicto cultural de fondo.

Y aquí aparece una de las ausencias más significativas del texto: la familia.

Resulta difícil comprender la magnitud del colapso católico español sin situar en el centro la ruptura de la transmisión familiar de la fe. Cuando desaparecen el matrimonio estable, la natalidad suficiente, la vida doméstica cohesionada, la autoridad educativa y la oración compartida, la fe queda reducida a una opción individual extremadamente frágil.

No es casualidad que la caída de vocaciones, la desmovilización sacramental y el debilitamiento parroquial hayan avanzado paralelamente a la crisis familiar. Y, sin embargo, Poneos en camino no otorga a esta cuestión una centralidad proporcional a su importancia real.

Existe además otra cuestión delicada que el texto apenas roza: la propia debilidad interna de muchas estructuras eclesiales.

La Iglesia española sufre hoy un envejecimiento muy severo, una notable burocratización, liturgias con frecuencia pobres, escasa presencia intelectual pública y una gran dificultad para habitar los nuevos espacios culturales digitales donde se forman las generaciones jóvenes.

A ello se suma una fractura silenciosa entre sectores identitarios, corrientes progresistas y una inmensa masa católica desmovilizada que simplemente se ha ido retirando sin hacer ruido. Todo ello, además, en un contexto político que impulsa legislaciones favorables al aborto masivo y a la eutanasia, promueve modelos antropológicos profundamente discutidos desde la tradición cristiana y mantiene dinámicas económicas que penalizan especialmente a los jóvenes y a las familias con hijos, hasta el punto de que tener descendencia se convierte, estadísticamente, en un factor objetivo de empobrecimiento.

El documento prefiere suavizar estas tensiones. Quizá por prudencia. Quizá porque la unidad institucional exige evitar determinadas heridas abiertas. Pero el riesgo de no nombrar suficientemente los problemas es terminar por no afrontarlos y acabar administrando lentamente el debilitamiento.

Porque el verdadero desafío ya no consiste únicamente en evangelizar individuos aislados. El desafío consiste en reconstruir parcialmente una civilización agotada.

Y eso exige mucho más que reorganización pastoral.

Exige reconstrucción cultural, educativa, intelectual, familiar y moral. Exige volver a generar comunidades capaces de ofrecer sentido, pertenencia, estabilidad y esperanza en una sociedad crecientemente fragmentada.

La gran pregunta es si la Iglesia española dispone todavía de la energía espiritual e intelectual necesaria para afrontar una tarea de esta magnitud. Yo creo que sí, pero hace falta definir un horizonte de sentido, organizarlo y movilizarlo.

Poneos en camino posee honestidad en una parte esencial de su diagnóstico, y eso merece ser reconocido. No es un texto triunfalista ni negacionista. Percibe que una época ha terminado.

Pero quizá la crisis sea todavía más profunda de lo que el propio documento se atreve a formular.

Porque el problema no es solo que España haya dejado de ser cristiana, sino que, a causa de ello, empieza también a dejar de saber qué significa ser plenamente humana.

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