CEUTA: ENTRE EL CID CAMPEADOR Y SAN FRANCISCO DE ASÍS

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Hay momentos en los que uno empieza a sospechar que la diplomacia internacional necesita urgentemente un departamento de ideas nuevas, porque si antes los países resolvían sus diferencias intercambiando embajadores, notas diplomáticas y alguna que otra amenaza, ahora parece que hemos descubierto un sistema mucho más sofisticado: convertir los problemas migratorios en una especie de lanzamiento estratégico de seres humanos como herramienta política.

¡La diplomacia del siglo XXI!

Mucho más ecológica que una guerra convencional y, aparentemente, bastante más barata, pero el problema es que, cuando la política empieza a utilizar la desesperación de las personas como herramienta de presión, algo se nos ha roto por el camino.

Pero aquí hay algo que no deberíamos perder de vista: muchas de las personas marroquíes que han protagonizado estas entradas masivas probablemente hayan sido manipuladas, engañadas o utilizadas por intereses que desconocemos.

Personas a las que quizá se les prometió una vida mejor, una entrada fácil en Europa o simplemente se las empujó a participar en algo cuyas verdaderas dimensiones y consecuencias ni siquiera comprendían. Y precisamente por eso no debemos confundir al que manipula con el manipulado.

Pero comprender las circunstancias de quien cruza irregularmente una frontera no significa que debamos aceptar la situación: la compasión no puede convertirse en ingenuidad, como tampoco puede significar que un Estado renuncie a proteger sus fronteras y garantizar la seguridad y el bien común.

Y quizá aquí haya que hacer una mezcla un tanto peculiar: por un lado, un poco de Cid Campeador, pero no porque haya que desempolvar la espada, montar a Babieca y salir cabalgando hacia la frontera —que tampoco es cuestión de convertir Ceuta en el rodaje de una nueva película medieval—, sino porque cualquier Estado tiene derecho a defender sus fronteras, mantener el orden y proteger a sus ciudadanos y por otro lado, un buen puñado de San Francisco de Asís.

quizá el mayor error sería mirar únicamente a quienes cruzan la frontera…y no preguntarnos quién les dijo que saltaran.
quizá el mayor error sería mirar únicamente a quienes cruzan la frontera…y no preguntarnos quién les dijo que saltaran.

Porque San Francisco tuvo la genialidad de entender algo que hoy parece revolucionario: que incluso frente al adversario hay que ser capaz de reconocer al ser humano. Su encuentro con el sultán Al-Kamil, en plena época de las Cruzadas, resulta una imagen extraordinariamente actual: firmeza en las convicciones sin necesidad de convertir al otro en enemigo absoluto.

Quizá esa sea precisamente la combinación que necesitamos para Ceuta: un poco de Cid para que las fronteras sean fronteras y un poco de Francisco para que quienes las cruzan sigan siendo personas.

Porque la Doctrina Social de la Iglesia no propone ni fronteras de papel ni corazones de piedra, no…la Doctrina Social de la Iglesia defiende la dignidad de quien emigra, pero también reconoce la responsabilidad de los Estados de ordenar los flujos migratorios y proteger el bien común. La cuestión no consiste en elegir entre humanidad y seguridad, sino en conseguir que la seguridad no deshumanice y que la solidaridad no termine convirtiéndose en irresponsabilidad.

Y ahí aparece el gran problema: si un Gobierno extranjero manipula a personas desesperadas para ejercer presión política, tenemos un problema, es más, si otro Gobierno responde haciendo política con esa tragedia, tenemos otro; y para más INRI, si mientras ambos gobiernos calculan sus movimientos las personas siguen siendo las piezas que se desplazan por el tablero…tenemos un problema bastante mayor.

Porque las personas no son misiles diplomáticos, no son fichas de Risk, ni son estadísticas ni son mercancía. Y si después alguien pretende que, por haber sido víctimas de una manipulación, debamos aceptar sin más una entrada masiva que pone a prueba la capacidad de una ciudad como Ceuta, entonces tenemos otro y grave problema.

Eso no significa que no exista una cuestión migratoria que deba ser gestionada. Naturalmente que existe. Y un Estado que renuncia a controlar sus fronteras renuncia también a una parte de su responsabilidad, pero tampoco podemos caer en la tentación contraria: ver en cada persona que llega una amenaza con piernas.

Por eso, frente a Ceuta, necesitamos las dos cosas…: El Cid para decir: «Una frontera no es una sugerencia» y San Francisco para añadir: «Y quien está al otro lado sigue siendo mi hermano».
Ni «¡Santiago y cierra, España!» convertido en programa migratorio…ni «pasen todos, que ya veremos después» convertido en política de Estado. Entre la espada y la alfombra roja existe algo bastante más difícil: el bien común.

Y quizá Ceuta necesite precisamente eso: firmeza para impedir que nadie convierta la ciudad en escenario de una presión migratoria organizada, pero humanidad suficiente para comprender que muchas de las personas utilizadas en esa presión pueden ser también víctimas de quienes las manipularon.

Porque se puede decir «no» a una invasión o entrada masiva e irregular sin decir «no» a la persona que ha sido empujada hasta ella.
Y ahí está, probablemente, el verdadero equilibrio cristiano: fronteras firmes, corazones abiertos y ojos bien abiertos para descubrir quién está moviendo los hilos.

Porque quizás el mayor error sería mirar únicamente a quienes cruzan la frontera…y no preguntarnos quién les dijo que saltaran.

Jucho.-

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