Cuanto más cavas, más te hundes…

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Hay presidentes que, ante un problema, se arremangan, y otros que buscan culpables. Pedro Sánchez ha convertido el arte de mirar hacia otro lado en una disciplina olímpica. En lugar de «Pedro y el Lobo», está inventado, sin darse cuenta, un nuevo cuento… «Pedro y el Lodo».

Lo de Ceuta no admite malabares: una frontera española sufrió una entrada masiva e inaudita de inmigrantes, la ciudad quedó desbordada y el Ejecutivo tuvo que activar un mando único tras reconocer la dimensión de la crisis. Hasta ahí, los hechos. A partir de ahí empieza la política de Sánchez, donde siempre hay alguien más a quien culpar: bulos, Rusia, Israel, la ultraderecha, las redes sociales o los duendes del bosque. Cualquiera antes que responda qué ocurrió y por qué España no estaba preparada.

Las campañas de desinformación existen, pero no explican por sí solas que miles de personas cruzan la frontera. Eso exige organización, vulnerabilidad y preguntarse qué hacía Marruecos. Sánchez prefiere evitar preguntas. Marruecos es un socio importante, pero la política exterior de un país serio no consiste en elegir amigos, sino en defender los intereses propios aunque el interlocutor se enfade. La soberanía no es opcional.

A esto se suma la sombra de Pegasus. Y si alguien aún, que lo dudo, no sabe qué es, se lo explico: Pegasus es un programa espía ( spyware ) altamente invasivo desarrollado por la empresa israelí NSO Group que se infiltra en teléfonos móviles sin que el usuario lo note para extraer toda su información privada.

El propio Gobierno reconoció que el teléfono del presidente fue infectado y su información sustraída. Diversas investigaciones periodísticas apuntaron a Marruecos. Y que existe un chantaje directo sería ir lejos, pero a mi me gusta ir lejos…y me surge la duda legítima: ¿puede garantizar el Gobierno que esa información no ha condicionado la política hacia Rabat?

Cuando tras un espionaje se produce un giro diplomático extraordinario hacia el país señalado, lo mínimo que exige España es transparencia. Un presidente español no puede sentirse atrapado por nadie: ni por Rabat, ni por Waterloo, ni por Bruselas. Ni por Sauron en territorio de Mordor. Por nadie. Un presidente español debe responder ante los españoles y punto.

Como el asunto de Ceuta se complica, aparece el recurso clásico: mirar hacia la Corona. Sánchez sugiere que Felipe VI debe visitar Ceuta y Melilla. Nadie discute que sería una gran noticia, pero el Rey no gobierna, no dirige la política migratoria, no decide qué medios se despliegan en la frontera, ni negocia con Marruecos, ni ordena a la Guardia Civil ni decide la política exterior. Tampoco firma acuerdos parlamentarios ni aprueba los presupuestos.

Pedro Sánchez ha optado por intentar dirgir a la Corona de España las responsabilidades sobre Ceuta… cuanto más cava, más se hunde.

El Rey representa y el Gobierno gobierna.

Felipe VI, además, estuvo en contacto con Sánchez y con el presidente de Ceuta desde el primer momento de la crisis. Y el presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, afirmó después de reunirse con el monarca que estaba comprometido con visitar la ciudad.
Pero no le ha permitido el gobierno incluir en la agenda de nuestro Rey la visita tan esperada. Que nadie convierta la visita del Rey en una cortina de humo para ocultar quién tiene las competencias sobre Ceuta.

Ceuta no es una ficha de cambio ni una propina diplomática para que un vecino cierre el grifo migratorio unas semanas. Ceuta es España. Marruecos defiende sus intereses y España debe hacer lo propio: negociar sí, pero no arrodillarse. Utilizar la inmigración como presión exige una respuesta firme e inteligente.

Todo esto llega cuando el terreno político ya está embarazoso por el caso Koldo, Ábalos, las concesiones al independentismo, la amnistía, la financiación catalana y los problemas judiciales del entorno familiar del presidente. Sánchez confunde a menudo el interés general con su voluntad de permanecer en La Moncloa. Incluso en lo personal cabe la ironía: con los antecedentes de los negocios de saunas y vinculados a una fogosidad sexual pagadas a golpe de tarjeta de su suegro, Sánchez parece compartir con él una meta: a ninguno le apetecía cerrar el negocio.

Nadie es imprescindible: los presidentes pasan, las mayorías se evaporan, pero España permanece. No se puede golpear a las instituciones cuando resultan incómodas mientras se exige respeto para las propias. La metáfora ya no es la de una Corona amenazada, sino la del político que cava sin cesar para justificar Pegasus, tapar los escándalos o esconder Ceuta, hasta descubrir que el agujero está bajo sus propios pies. Cava y cava y más y más se hunde…

Y España, mientras tanto, sigue ahí, con su bandera, con su Constitución, con su Corona, con Ceuta, con Melilla y con millones de españoles que, pese a todos los que llevan años intentando dividirlos, siguen sabiendo perfectamente dónde empieza y dónde termina su país. Eso, por mucho que algunos se empeñen, no se rompe a martillazos.

Jucho.-

Asociación Cristianos en Democracia.

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