Coreando con Macron: “Creaar es creeer”

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Tienes razón, Emmanuel. “Creer es crear”. (Lo dijeron ya, es un conocido aforismo de moda en este nuestro tiempo que nos ha tocado vivir, y así lo has usado ante el Papa). Pero estate atento –juguemos con las palabras–: según lo que crees, creerás. –Míralo bien. Dos veces. O tres. Verás como me entiendes–. Pues es por crear que, a pesar de todos los males del mundo, siempre –si luchamos con fe y pasión– podremos encontrar salida para todos ellos; ¡y la mejor salida! …Y así –creando–, creeremos. En Dios. En el hombre. –Por tanto, también crear es creer. ¿Lo coreamos?–.

Sabemos –por experiencia ya– que no siempre damos con la solución perfecta (al menos no con la solución que queríamos), pues somos seres limitados e imperfectos, creados por Dios para luchar e intentar (¡solo siendo capaces de intentar!) ser perfectos (“Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”: Mt 5,48). Así –tratando de ser perfectos y comunicar perfección–, conseguiremos arreglar, promover, “llevar el mundo a plenitud” (Ef 1,10).

Solo Dios es perfecto –el Perfecto–, pero nos creó (¡esa es nuestra dignidad!) para que, ayudándonos unos a otros, camináramos en pos de aquella Luz que de Dios omnisciente emana (“La Palabra era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre”: Jn 1,9). Una luz que nos ilumina –siempre–, aunque nosotros no nos percatemos, o incluso, aunque no queramos o nos rebelemos. Dios siempre está ahí, con su Amor y su Verdad, y nos respeta la libertad. –Por eso nos la dio–.

Así pues, Dios –también, además de imperfectos– nos ha hecho libres, y es solo por nuestra libertad que podemos perseguir la perfección, el dominio de la Tierra (“Llenad la tierra y sometedla”: Gn 1,28), para alcanzar un día al Ser Perfecto, e identificarnos con Él, sin perder nuestra propia individualidad. Es un misterio. Somos personas (humanas), y la persona humana tiene su identidad. Única, incambiable, irrepetible, independiente, esencial; eso es persona.

Sé que tú, Emmanuel, te llamas católico y tienes (al menos me lo parece) bastante buena intención, aunque –me lo permitirás– no todo lo haces bien. Yo tampoco. En eso –aunque tú eres Presidente de Francia y yo soy un pobre escritor en busca de editor–, somos iguales. En consecuencia, te invito a seguir luchando, a usar tu cargo para servir a la persona humana (hombre y mujer) sirviendo a la Persona divina (Padre, Hijo y Espíritu Santo: tres personas en una misma divinidad). Te lo ruego, incluso, con ansia y con fe: no dejes de crear todo eso bueno que crees –lo sé– en tu corazón; y que lo hagas (todo) de la mano de Dios –que no sé muy bien si así lo haces–.

Sé humilde. Advierte que todo ello te lo ha puesto Dios ahí –en tu corazón– para que –si te abres a la Verdad– un día puedas llegar a afirmar (¡quién sabe si también ante el Papa León!) que sí, que “creer es crear” (siempre que se haga con licitud), pero también “crear es creer”, puesto que quien crea, en su pequeña o grande creación, tarde o temprano descubre que sus manos han captado (no por ellas mismas ni por su poder, sino por inspiración) lo inconmensurable, lo inmutable, lo eterno; es entonces que descubre su fe en algo que lo trasciende, en Dios (llámale como quieras), con ansia de eternidad. Ahí, en su alma, el hombre que crea halla aquella virtud que Dios ha puesto en nuestro corazón para que nos llame a vivir sin fin –ya desde aquí, en nuestra vida mortal–, comunicando (o intentando comunicar) todo lo bueno que llevamos en él; pero también (¡no lo olvides!) por Él, con Él, y en Él… ¡para vivir en Él! –Y eso ya es creer–.

Querido Presidente Macron, no le falles a Dios. Él te ha dado un cargo (una carga, una cruz) para que creando, llegues a creer –en Dios, en el hombre y en la mujer, en nuestro común sueño de fraternidad–. Aprovecha, pues, la visita del Papa a tu país: él te ayudará –si te dejas llevar por tu fe en el crear– a crear para creer. Quizás por ahí –creando– conseguirás que más creamos en ti. –¿No es eso ya creer? Venga, vamos a corear: “¡Creea, y creeerás!”–.

P.D.: Toma ejemplo, Manu (en confianza, eres como de mi familia, te veo cada día en la tele): También Dios, tras morder el hombre y la mujer (su ser predilecto) la manzana y pecar, después de haberlos creado por amor por creer en ellos, tras crearlo a él y todo su boato –decimos–, Dios creyó una vez más en su criatura (hombre y mujer), y le prometió un Salvador, que vino unos 300.000 años después en la persona de Jesús (a los 4.500 millones de años de la creación de la Tierra y 13.800 millones del Universo); era, es (sigue vivo) el Cristo anunciado que había de venir: vino y viene y vendrá a todos nosotros en cada confesión, si le pedimos perdón y reparamos. Así –ya incluso primero que nosotros–, Dios creó, y creyó (“Vio Dios todo lo que había hecho; y he aquí que era muy bueno”: Gn 1,31). ¡Tú también podrás, lo sé!

………………………….

NOTA FINAL: Pido perdón a mis lectores por cortar (muy a mi pesar) la serie de las editoriales, puesto que la ocasión no la debemos dejar pasar: no sabemos si el Papa volverá a crear junto a Macron para poder seguir creyendo en él. Sin faltar, proseguiremos nuestra serie, puntuales como siempre, el viernes que viene, para persistir conectando contigo, mi hermano, mi hermana del alma, y así pulsar el latido del alma humana, que –gracias a Dios– todavía late con hálito de amistad, y por tanto –según dice el señor Presidente de la Gran Nación de Francia–, también late en el corazón de Macron –como de toda Francia y los hombres de buena voluntad–, con “libertad, igualdad y fraternidad”. ¡Latamos en la Verdad –de verdad–!

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…Y AL FIN, EL COLOFÓN: Como colofón, compartamos otra máxima que me llega a última hora y puede iluminarnos el cómo y hasta qué punto el crear puede llevar al creer. Atendamos, que va de verdad: “El hombre es mucho mejor de lo que pensamos. Solo hay que ofrecerle altos ideales”. Lo afirmó, ahí por 1950 (¡el siglo pasado!), el Padre Werenfreid van Straaten (Padre Tocino para los amigos. ¡Y muchos amigos!). Sacerdote y monje premonstratense holandés (1913-2003).

Van Straaten fue Fundador de la Fundación Pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada, la cual nació como consecuencia de su labor en que obró –eso es, creó, con aquellos ideales lazos de unidad en Verdad y libertad y luchando contra la amenaza también de los católicos “fieles” y del miedo– el llamado “Milagro de Vinkt” (Bélgica)… ¡con un poco de tocino! (Luego vino todo, que no fue poco: dinero, más tocino, incluso la adopción de un sacerdote alemán… ¡la primavera llegó!).

¿Cómo se lo hizo? Van Straaten buscó –y encontró–, convertir el odio en amor tras la II Guerra Mundial –y, por encargo del Papa Pío XII–, promoviendo la amistad entre todos sus hermanos belgas y alemanes (…y todo Europa), que se habían perdido. Entre vencedores y vencidos. “Solo a través del amor, el sello del cristiano, puede restaurarse el orden”, afirmaba a diestro y siniestro a costa de su propia vida, en un mundo desolado por las bombas y la traición al Plan de Dios. Solo con su predicación (en una primera misa con la parroquia vacía por la mañana, y llena a rebosar por la noche) consiguió que sus feligreses ayudaran a sus hermanos alemanes, a quienes guardaban gran aversión (pues, por su medio, habían perdido hijos, padres, hermanos… dignidad, ¡todo!).

Con el amor y ya con abundante tocino, el padre Werenfreid había creído en ellos, y creó; y creando –eso es, obrando–, creyó en ellos  hasta el fin: los salvó de la ruina y la venganza. ¡Sabía de qué iba! Así que no perdamos nunca la esperanza; los milagros existen, y pueden hacerlos nuestras manos (“Podéis hacer milagros”: cfr. Jn 14,12; “Todo es posible para el que cree”: Mc 9,23). Quizás por ahí Macron, un día, aprenda también a hacer milagros… y haciendo –eso es, creando–, creerá. –Si Dios quiere, que para eso debemos creer, coreando con Macron: “¿Creaamos?”. ¡Está en tu mano!–.

Twitter: @jordimariada

Macron dijo ante el Papa: “Creer es crear”. Yo le propongo darle la vuelta: “Crear es creer”. Porque toda verdadera creación del bien puede abrirnos al misterio de aquello que nos trasciende. ¡Crea, y creerás! Compartir en X

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