Bienvenido, bienvenida, hermano, mi hermana del alma; veo que sigues aquí, y te agradezco tu compañía. Continuamos con nuestra serie, profundizando en el subsuelo, donde todo un submundo de misterio y crueldad (con escasos destellos –pero determinantes– de exclusividad) se impone sin que nadie pueda saber ni cómo ni por qué (como no sean las razones que apuntábamos anteriormente, entre las cuales la primera es –¡socorro!– el poder).
Sigamos con nuestras notas:
NOTA 7: SOBRE LA “LÍNEA EDITORIAL”
Cuando un editor, o un lector o un farolillo delegados por el primero abren un manuscrito escrito por mi mano, captan de un ojerazo (si es que siguen despiertos), ya desde el índice y simplemente a base de comparar índices, así, de un topetón y fríamente, aunque no me conozcan de nada, captan –te digo– qué les voy a decir y cómo les voy a decir: nunca jamás escondo que por delante de todo va la Verdad y su personificación universal: Dios. Y no “cualquier” dios, sino el Dios cristiano, vivido en católico: el que Jesús vino a anunciarnos (eso ya, a muchos hoy, les da alergia).
Al pasar página (si es que la pasa), ya con las primeras letras, mi escrutador se confirma que no le voy con rodeos, y que si no acepta algo que a él le pica, no tengo problema en que se vaya a freír sus huevos. Ese es mi DII (Documento Internacional de Identidad. ¡Podría adoptarlo la ONU!). Pero, como hoy la corriente lleva a la disolución, aquello que posee consistencia, como no se disuelve, no se absorbe con facilidad. A menudo, ni por el forro: por lo cual, desde su punto de vista evidente, me dan carpetazo, ¡y a por otro! –Ya ves: con un solo clic–.
Para las editoriales ateas soy religioso ortodoxo (para algunos, beligerante); para las editoriales católicas soy “No sé… No me va”. ¡Ninguna me quiere porque no voy “en su línea” (como dicen)! Pero yo insisto (si es que hay alguien que me quiera escuchar): ¿no podríamos ir todos por la misma línea, la de la Verdad, aceptando que cada uno va a su aire y camina como quiere y como sabe? …¿O tenemos que vivir (y morir) todos haciendo capillitas, adorando cada uno a su dios personal? ¿No hablamos tanto de “libertad”? –¿No será que este término ya está demasiado sobado, y deberíamos pasar a denominarlo (en el diccionario y en todas las salsas) LAPDB+ (“Libertad A Prueba De Bomba… y lo que se te ocurra”)?–.
Párate a pensar, mi hermano, mi hermana del alma. ¿No es curioso que me hayan llegado a rechazar (entre todos mis libros) más de treinta y ocho editoriales de todo tipo y manera adonde he recurrido probando desesperado ya al tuntún de la suerte (como quien deshoja una margarita en un día nublado), habiéndome destacado muchos de esos editores, delegados y otros especialistas (ellos, que no son nada dados a hacerlo para no comprometerse, y cada uno a su manera), la indescriptibilidad, la singularidad, la claridad, fácil atribución e identificación personal, sensibilidad, sensorialidad, luminosidad, lírica, brillantez… y la alta calidad visual, formal y de contenido de mis manuscritos y de mis artículos? ¿No son muchas cosas como para ser despreciativos con tales obras?
¡Qué perturbador rompecabezas! ¿Qué habrá detrás? ¡Lo veo cada día: capillitas! –por poder, por dinero, por dominación, ¡por convicciones… personales e “intransferibles”! Y siempre, siempre, con opacidad–. Pero, a fuerza de torcer el argumento imponiendo cada uno la suya y su propio guion, pronto, muy pronto, el cuento se acabará para todos –y la sonrisita del “todo va bien”, también–. Claro que las editoriales tienen un presupuesto limitado (algunas, muy limitado) y deben elegir, pero no va por ahí.
Mira qué te digo. —Te advierto: no te me escandalices, que ya me escandalicé yo… y sigo frito–. En una ocasión, en una de mis primeras entrevistas de trabajo como comunicador (embarazo que se me ha repetido como un prototipo en numerosas ocasiones sin tanta explicitud), un empleador de una conocidísima multinacional teleproyectada para director de comunicación, nos hizo a un grupúsculo de cuatro o cinco preseleccionados (que se viera) una prueba práctica de creación de una campaña de comunicación, que debíamos presentar visualmente y en redacción sintética en un tiempo que nos determinó por sorpresa, y nos colocó ahí, sentados unos frente a los otros –en una amplia sala como del Palacio Real–, alrededor de una gran conjunción de mesas rectangulares. Después de terminar yo mi proyecto entre los del medio, me llamó a su hora. –Aquí empieza lo interesante, y lo que te da a entender el mundo en que nos movemos. …¡Espera, espera, que voy!–.
En esa su conclusión, aquel fantoche desalmado en busca de víctima virgen en quien descargar su trauma de infancia, me lanzó: “Has quedado número uno” –y se calló, clavándome una mirada helada entre retadora e insultante–. Pensé, con mi poca experiencia laboral pero mi mucha intuición vital, ganada a fuerza de golpes y de dar vueltas: “Ya está. Me quiere, pero no me quiere”. Y añadió: “…Pero cogeremos al número dos”. –“¿Lo ves?”. Silencio, expectación: ¡ahora viene lo mejor!–.
Continuó su perorata: “Tú eres demasiado…” –y frotándose el índice con el pulgar como quien se lubrica con aceite rancio, alzando las cejas añadió:– “…¡brillante!” –al tiempo que separó ardidamente los dedos que estaba esmerilando y levantaba el índice y el pulgar, para aclarar lo que él no tenía claro por nada del mundo que vomitaba:– “En una empresa se tiene que ser más…”, –sentenció, al tiempo que con su antebrazo de izquierda a derecha gesticulaba aséptica, planamente, como si describiera una sabana yerma donde amenazaban los leones reyes de la selva:– “…griiisss”. –Así pues, sonó cantado: él, don gris en su estepa gris, se quedó a gusto con su pedorreta, y yo, quieras que no, tuve que contentarme con experimentar su defecación–.
Pues eso, hermano, mi hermana del alma. Eso es lo que buscan –digan lo que digan– muchas editoriales. Mierda. Ruido. Vulgaridad revestida de nuevas telas. Más de lo mismo, lo de siempre, con otras palabras y otro nombre (que si suena en la tele, mejor. ¿Sabes que me han dicho que mi estilo no es fácil de introducir si no tengo presencia mediática y un padrino de quien presumir? ¿Qué quieren: que tire una bomba para ser yo?).
Eso es todo. Por eso la gran mayoría de editores juegan a silenciar: se limitan a decir “no” (¡qué aburrida debe de ser la vida laboral de una secre de edición! ¡Se debe de pasar el día reenviando esos correos negacionistas formateados con IA, para todos igual: “NO” –así, tras su toxicidad, le queda algo de tiempo libre para aspirar una, he dicho una, bocanada del aire puro que le exhala el escritor que vive la vida de verdad, y vuela libre en su cielo azul–. ¡Viva la libertad!).
Los tiempos están cambiando. Ahora, que se piensan que saben quién soy, en empresas y editoriales ya no me hacen carantoñas de payaso; sencillamente, me ignoran. Es el juego del mediocre, que como sabe que no va a ganar, se te impone cuando tiene poder. –¡Le tienen miedo a la Verdad!–. Ahí está la importancia de la lección que –de una vez por todas– debemos aprender: no confiemos a un payaso el éxito de la velada en que los niños deben aprender a jugar (porque aprenderán a joder).
Y eso es lo que han hecho los que nos han precedido (y así nos han formateado), por comodidad (que es flaqueza, cobardía de la que más) y por juzgar por las apariencias; dando confianza a quien parece que la tiene, pero juega con la media verdad (que ya sabes que no es la Verdad). Por este camino, se llega más pronto o más tarde a que, en quien va con la Verdad, se le ve pretensión. ¿Por qué? Porque sobra envidia y falta alegría, y quien le ve pretensión a la alegría de la Verdad es que no vive la Verdad (aunque sepa jugar a que lo parezca –como el payaso que jode a los niños en la velada del domingo–).
¡Tú, que me “oyes”! Que te quede claro, “siéntelo” bien: no te estoy negando el derecho de cada uno a elegir lo que desee elegir (¡la libertad!); me refiero (supongo que lo habrás advertido) a que si algo es bueno, no debe ser descartado (aun si tendrías presupuesto) por el simple hecho de no pensar tú igual que su autor, que tienes delante (una persona como tú, con todas sus credenciales que le has exigido), incluso sin haberlo conocido, por el simple motivo de que es “demasiado distinto” (otros, más positivos, dicen “demasiado original”). Ya lo hemos dicho. Las apariencias engañan, y la comodidad ata. –Yo pienso, luego existo. ¿No es esa también mi libertad?–.
…¡Ah! No te he dicho que, un tiempo después, aquella multinacional renombrada internacionalmente desapareció del mapa, de golpe y porrazo y sin que se supiera por qué. –Yo sí lo sé: debían de ser todos griiissses–.
EL RESUMEN DEL DÍA
Hoy no hay mucho que resumir, solo que asimilar –lo comprendo, han sido emociones fuertes; pero es lo que hay, ¡no nos engañemos más!–. De momento y por ahora, a la espera del próximo capítulo de esta serie (que irá a más), te invito a pensar. Si tú no piensas, nadie pensará por ti; solo te dirá lo que tienes que hacer. …Y si le has dado poder, ¡lo harás! (aunque sea con subterfugios y sonrisitas de papel seda, tragarás con aceite de ricino). ¡Espera! …¡Y ahora te envían la IA! ¿Es eso lo que quieres? (…) Pues actúa en consecuencia. ¡Podemos cambiar el futuro, abrázate a la Verdad! Tu alma, tus sueños, tus obras, tu actitud: eso es lo que habla de ti. Lo demás son monsergas. Y recuerda: no todo se puede decir. Por eso, y porque Dios hablará un día, me callo (más de lo que puedas pensar): “Si la palabra es plata, el silencio es oro” (san Agustín de Hipona).
(Continuará…).
Tras las editoriales: señores que no son señores (II)
Twitter: @jordimariada
¿Y si el problema de las editoriales no fuera la falta de talento, sino el exceso de “línea editorial”? Cuando lo distinto incomoda, la verdad puede acabar fuera de catálogo. Compartir en X








