El último zapatero del barrio

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El pobre hombre sólo arreglaba suelas. No redactaba leyes, ni concedía indultos, ni aparecía en tertulias televisivas. Su única misión era que los zapatos durasen un poco más que las promesas electorales.

Pero una mañana descubrió que algo extraño estaba ocurriendo: su cartel, aquel sencillo y honrado cartel que decía «ZAPATERO», amaneció decorado con tomates aplastados, restos de huevos podridos y alguna piedra que parecía haber llegado impulsada más por la indignación que por la puntería.

Al principio no entendió nada.

—¿Qué he hecho yo? —preguntaba mientras miraba el destrozo.

Nada, absolutamente nada. Su único delito consistía en compartir oficio nominal con una figura política cuyo apellido había adquirido una capacidad de irritación pública comparable a la de una ortiga en pantalón corto.

Durante varios días resistió y se dedicó a limpiar los cristales de su escaparate, repintó el cartel, limpió restos de tomates y huevos podridos del umbral de su negocio, pero comprendió que luchaba contra una fuerza superior: el estado de ánimo nacional.

Así que tomó una decisión histórica: descolgó el cartel.

Lo dejó cuidadosamente en el suelo, junto a los restos de una lechuga deshojada que alguien había utilizado como argumento político, ahí,  junto a la basura y colocó otro nuevo: «TALLER DE ZAPATOS».

¿Porqué no hacen nada nuestros políticos ante el hartazgo de la sociedad española?

Ni una letra más ni una letra menos y desde entonces, la paz volvió a ese barrio.

Los tomates regresaron a las ensaladas, los huevos recuperaron su dignidad gastronómica y las piedras volvieron a desempeñar su ancestral función de permanecer quietas.

La historia podría parecer absurda si no fuera porque describe bastante bien el clima que se respira en una sociedad cansada. Porque cuando los ciudadanos empiezan a asociar determinadas palabras con una interminable sucesión de escándalos, el problema ya no es lingüístico. Se torna un problema moral.

La corrupción, esta que cada día nos sorprende con algo más, como quien riza el rizo, tiene una característica particularmente dañina: no sólo roba dinero, también  roba prestigio, desgasta las instituciones, vuelve vacías las palabras, contamina los símbolos  y acaba provocando que incluso un inocente zapatero tenga que cambiar el nombre de su negocio para evitar convertirse en víctima colateral del enfado colectivo.

Y lo preocupante no es que alguien, en un ataque de ira, lance tomates. Lo preocupante es que tanta gente entienda perfectamente por qué los lanzan. Y es que cuando los escándalos se suceden con la frecuencia de los anuncios en televisión, la sorpresa desaparece. Peligro, peligro. Porque cuando desaparece la sorpresa, llega algo mucho peor: la resignación.

La corrupción ya no es noticia, es paisaje. Nadie se pregunta qué ha ocurrido, sino que se preguntan qué ha ocurrido HOY. Devastadora diferencia.

Mientras tanto, los responsables suelen comparecer con expresiones solemnes para asegurar que todo es una campaña, una manipulación, una casualidad cósmica o una conspiración internacional organizada probablemente por extraterrestres con intereses geoestratégicos. Y fijo que son de derechas.

Y para más deleite de los que esperan nuevas noticias, es que siempre parecen inocentes todos. Los asesores no sabían nada, o los colaboradores no conocían a fulanita o menganito, los compañeros no sospechaban y lo mejor, es que los superiores, sin saber sabiendo, ignoraban sus acciones.

Y al final uno tiene la impresión de que las organizaciones políticas son los únicos lugares del planeta donde nadie sabe nunca nada de nadie.

Quizá por eso el zapatero de mi barrio actuó con más sensatez que muchos dirigentes, pues vio que el cartel estaba deteriorado y reconociendo que existía un problema, lo cambió.

Sin comisiones de investigación ni ruedas de prensa, sin argumentarios ni culpar a la extrema derecha, la extrema izquierda o al cambio climático. Simplemente lo cambió.

Tal vez ahí se esconda toda la lección: pues una democracia sana no consiste en convencer a la gente de que no ve lo que está viendo a base de discursos, excusas tontas y justificaciones injustificables, sino  en comportarse de manera que no tenga motivos para lanzar tomates. Eso creo, que la verdadera solución no está en mejorar el discurso, sino en mejorar la conducta porque la confianza pública no se recupera con explicaciones, sino con comportamientos.

Y si un humilde artesano ha entendido eso mientras cambia el cartel de su negocio  subido a una escalera, quizá algunos profesionales de la política deberían empezar a subirse a las escaleras buscando qué cartel descolgar de una vez por todas.

A mi, de momento, esta raza política se me han vuelto piedrecitas dentro de mis zapatos…

Jucho.-

Asociación Cristianos en Democracia

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