¿Existe un derecho al aborto? La realidad como límite del deseo

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Pregunta

¿Puede sostenerse racionalmente que existe un derecho subjetivo al aborto cuando la ciencia afirma que desde la fecundación existe un nuevo organismo humano individual?

Primera objeción

Parece que sí. Porque la mujer posee un derecho absoluto sobre su propio cuerpo y nadie puede imponerle continuar un embarazo contra su voluntad.

Segunda objeción

Además, el embrión todavía no es una persona.

Los filósofos gradualistas —Singer, Tooley y otros— sostienen que la personalidad aparece cuando existe conciencia, sensibilidad o capacidad para experimentar intereses propios.

Tercera objeción

Además, el embarazo constituye una dependencia biológica extraordinaria.

Como argumentó Judith Jarvis Thomson mediante el conocido ejemplo del violinista, incluso admitiendo que el concebido tuviera valor moral, nadie estaría obligado a mantener a otro ser unido a su propio cuerpo.

Cuarta objeción

Además, la legislación contemporánea reconoce ampliamente el aborto como un derecho, lo que demostraría que constituye una conquista moral propia de las sociedades libres.

En contra

Sin embargo, la realidad parece indicar otra cosa.

La embriología contemporánea coincide, de forma prácticamente unánime, en afirmar que, dentro de las primeras veinticuatro horas tras la fecundación, aparece un nuevo organismo humano dotado de un genoma propio, distinto del del padre y del de la madre, cuyo desarrollo posterior constituye un proceso continuo, sin saltos cualitativos.

Los propios científicos limitan la investigación sobre embriones mediante la regla de los catorce días precisamente porque reconocen que existe un bien humano digno de protección.

Resulta difícil comprender por qué aquello que merece protección en un laboratorio dejaría de merecerla precisamente en el lugar natural donde se desarrolla: el seno materno.

Respuesta

Debe responderse que el problema del aborto no puede resolverse únicamente preguntando cuándo comienza la vida humana, porque esa cuestión pertenece principalmente a la biología y hoy recibe una respuesta extraordinariamente consistente. La embriología contemporánea coincide en afirmar que desde la fecundación existe un nuevo organismo humano dotado de una identidad genética propia, cuyo desarrollo posterior constituye un proceso continuo. No aparece un ser humano en un momento posterior: es el mismo ser humano el que atraviesa distintas etapas de desarrollo.

Si esta cuestión estuviera realmente en discusión, el debate sería puramente científico. Pero no lo está. La controversia comienza precisamente después, cuando se intenta decidir si ese ser humano merece o no protección jurídica y moral.

Y es aquí donde aparece el verdadero problema filosófico. Porque toda cultura necesita responder previamente a una pregunta más radical: ¿Qué autoridad tiene la realidad sobre nuestros deseos?

Durante más de dos milenios, las grandes tradiciones morales de la humanidad ofrecieron respuestas diversas, pero compartieron una misma estructura intelectual. Desde el platonismo hasta el estoicismo, desde el judaísmo hasta el budismo, desde Aristóteles hasta el cristianismo, todas coincidieron en que la libertad humana no consiste en satisfacer cualquier deseo, sino en aprender a ordenarlo conforme a un bien objetivo que la trasciende.

Los nombres cambian —el Logos, el Bien, el Dharma, la Ley o Dios—, pero la estructura permanece. El ser humano alcanza su plenitud precisamente cuando reconoce que no constituye la medida absoluta de todas las cosas; es decir, cuando comprende que existe un orden objetivo al que puede acceder mediante la razón.

Karl Jaspers llamó a esta transformación la Era Axial. Fue el momento en que diversas civilizaciones descubrieron casi simultáneamente que la condición humana exige dominar el impulso inmediato para abrirse a un orden superior al propio interés. No compartían la misma religión ni la misma filosofía, pero sí una misma intuición antropológica: el hombre solo se realiza cuando el deseo deja de gobernarlo todo.

La cultura occidental hegemónica, promovida por la alianza objetiva entre el liberalismo de la globalización y el progresismo del deseo, ha invertido precisamente ese principio.

Lo que durante siglos fue considerado aquello que debía educarse —el deseo— se ha convertido progresivamente en la fuente última de legitimidad moral y política. La autonomía ha dejado de significar el gobierno racional de uno mismo para identificarse con la posibilidad de convertir cualquier deseo en un derecho exigible.

Este constituye el auténtico eje de la cultura de la desvinculación.

Su característica principal no consiste únicamente en romper vínculos familiares, religiosos o comunitarios. Su ruptura más profunda afecta a la propia realidad. Allí donde la tradición moral preguntaba qué exige la realidad para orientar correctamente la libertad, la cultura contemporánea pregunta qué redefinición de la realidad resulta necesaria para que ningún deseo encuentre límites.

Por eso el aborto posee una importancia mucho mayor que la de una cuestión bioética particular.

No constituye simplemente un conflicto entre dos derechos ni un desacuerdo sobre el comienzo de la personalidad jurídica. Se convierte en el caso paradigmático en el que puede observarse un cambio completo de paradigma moral.

El dato biológico resulta incómodo porque muestra la existencia de otro ser humano cuya presencia introduce un límite objetivo. Si ese límite permaneciera intacto, el deseo dejaría de ser soberano. En consecuencia, la discusión ya no gira en torno al hecho —que apenas se discute—, sino al significado moral de ese hecho.

Aquí resulta especialmente iluminador Alasdair MacIntyre.

En Tras la virtud mostró que buena parte de la ética contemporánea ya no razona desde unos principios hasta sus conclusiones. Procede exactamente al revés. Primero adopta una conclusión considerada indiscutible —en este caso, la existencia de un derecho subjetivo al aborto— y posteriormente moviliza cuantos argumentos resulten útiles para sostenerla. Unas veces será la autonomía corporal; otras, la capacidad de sentir; otras, la viabilidad extrauterina; otras, la conciencia; otras, la noción de persona. No importa que estos argumentos respondan a filosofías incompatibles entre sí. Lo único constante es la conclusión previamente aceptada.

La realidad deja entonces de ser el punto de partida del razonamiento para convertirse en un obstáculo que debe ser reinterpretado.

Este no es un problema exclusivo del aborto.

Es el procedimiento intelectual dominante en buena parte de la ideología hegemónica occidental que ha dado lugar a la sociedad desvinculada: primero se establece políticamente el resultado deseado y después se reconstruye el lenguaje para hacerlo compatible con la realidad. Las palabras cambian de significado; las categorías se redefinen; las distinciones aparecen allí donde la naturaleza no las conoce. El objetivo ya no consiste en comprender lo real, sino en impedir que la realidad limite la voluntad.

Por eso la discusión sobre el aborto trasciende por completo la cuestión del embarazo.

En ella se enfrentan dos concepciones opuestas de la razón.

Una sostiene que la inteligencia humana existe para descubrir la realidad y ordenar la libertad conforme a ella.

La otra entiende que la razón tiene como función principal justificar los deseos previamente asumidos como derechos.

La primera reconoce que existen límites que no dependen de nuestra voluntad.

La segunda convierte la voluntad en el origen mismo de todos los límites.

Desde esta perspectiva se comprende por qué el aborto ha adquirido un valor simbólico tan extraordinario dentro de la cultura contemporánea. No porque sea el único conflicto moral relevante, sino porque representa la afirmación más radical del principio según el cual ningún vínculo —biológico, moral, jurídico o religioso— puede prevalecer sobre el deseo individual cuando este reclama reconocimiento como derecho. Esa es la esencia de la desvinculación.

Y precisamente ahí reside la ruptura con el humanismo universal.

Porque aquello que unificó durante siglos a civilizaciones extraordinariamente distintas no fue una determinada doctrina religiosa, sino una convicción mucho más elemental: que el hombre solo puede vivir humanamente cuando aprende que la realidad posee prioridad sobre sus deseos y que la libertad consiste en responder a esa realidad con inteligencia, prudencia y responsabilidad.

Si la ciencia afirma que desde la fecundación existe un nuevo organismo humano, ¿dónde está realmente el desacuerdo sobre el aborto? No en la biología, sino en la filosofía. #aborto Compartir en X

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1 comentario. Dejar nuevo

  • “Es el procedimiento intelectual dominante en buena parte de la ideología hegemónica occidental que ha dado lugar a la sociedad desvinculada: primero se establece políticamente el resultado deseado y después se reconstruye el lenguaje para hacerlo compatible con la realidad. Las palabras cambian de significado; las categorías se redefinen; las distinciones aparecen allí donde la naturaleza no las conoce. El objetivo ya no consiste en comprender lo real, sino en impedir que la realidad limite la voluntad.”

    Una descripción excelente.

    Cuando se adopta esta táctica y llega a normalizarse pueda ocurrir cualquier barbaridad, porque no se percibirá como tal sino como un progreso en derechos.
    En el caso del aborto, la cuestión es que las personas qua están por nacer carecen de una voz con la que poder articular racionalmente su “deseo” de vivir y de esta forma confrontarlo con el “deseo” de quienes quieren quitarles la vida. Sin embargo, disponen de una forma de expresión mucho más clara e irrebatible que un discurso lingüístico en el que caben toda clase de trampas, y es lo que expresa la realidad de su existir, ese desarrollo plenamente humano que les va a llevar a nacer y seguir creciendo, el mismo desarrollo que hemos tenido todos los adultos y que forma parte de la vida personal de cada cual, como la infancia y la adolescencia. La embriología conoce muy bien esa realidad, la ha descrito y filmado minuciosamente. Los padres que tienen un hijo “deseado” ya hace mucho que no tienen que esperar a que nazca para ver su cuerpo lo conocen mucho antes por medio de las ecografías, las mismas que se escamotean a las embarazadas que solicitan abortar para que no se den cuenta de la barbaridad que se va a cometer sobre el cuerpo de su hijo y sobre su propio cuerpo.

    El argumentario abortista no es más que un batiburrillo de necedades. De hecho es de lo más “negacionista”, porque les niega la cualidad de humanos a unos seres humanos tan humanos como quienes les niegan, inhumanamente, su humanidad.
    Nos debería preocupar que todo ese mejunje abortista, tan irracional y que se nos presenta aliñado con una suculenta salsa de falacias y sofismas para que no notemos su podredumbre, haya tanta gente que se la trague, lo incorpore a sus valores y lo difunda como quien hace un bien. Cuando el mal se presenta como un bien, ya podemos ponernos a rezar, sin olvidarnos de coger el mazo de la sabiduría para ir dando con él en el muro de la necedad.

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