La certeza de que los disturbios en Francia están dirigidos por la extraña alianza entre comunistas e islamistas, bajo el pegamento de su odio a la Cristiandad, puede volvernos ciegos al problema de fondo:
generaciones enteras han perdido la esperanza.
La vaga promesa de felicidad de Mayo del 68, promulgada en base a la liberación del yugo moral cristiano, o la del progreso económico y técnico del programa socialdemócrata, ajeno a cualquier providencia divina, han devenido en una posmodernidad sin esperanza.
Y sin esperanza solo queda el nihilismo de la violencia.









