¿Por qué me pegas?

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Sigo con tristeza la exposición “Alonso Cano. Like a virgin” y algunas de las reinterpretaciones y performances realizadas en torno a la imagen de la “Virgen de la Leche”.

No escribo estas líneas desde el enfado fácil ni desde el deseo de condenar a nadie. Tampoco desde una actitud victimista. Las escribo porque, sencillamente, algo dentro de mí se ha sentido profundamente incómodo y herido.

Soy ciudadano de este país, en esta provincia, alcarreño, contribuyente… y cristiano.

Y precisamente por eso me pregunto si en nombre de la libertad artística estamos perdiendo poco a poco la capacidad de tratar con delicadeza aquello que para millones de personas pertenece al ámbito de lo sagrado, personal y comunitario, y público y social.

Sé que quienes promueven esta exposición apelan a la libertad de expresión. Y sinceramente creo que esa libertad es necesaria en una sociedad democrática. No deseo censura ni prohibiciones. El arte debe abrir preguntas, provocar reflexión y permitir nuevas miradas sobre la realidad.

Pero precisamente porque valoro la libertad, creo también que toda libertad lleva consigo una responsabilidad ética: preguntarse qué se comunica, cómo se comunica y qué efecto produce en los demás.

La cuestión no es solamente si algo puede hacerse, sino también si ayuda a construir una convivencia más humana y respetuosa.

La Virgen amamantando a Jesús no es para muchos cristianos una imagen estética más. No es un objeto cultural neutro. Es una expresión de ternura, humanidad y fe; una escena profundamente vinculada a la maternidad, a la fragilidad de Dios y al amor más sencillo. Ver esos símbolos desplazados hacia formas que muchos vivimos como banalización, provocación o paganización produce dolor. Y creo que ese dolor merece, al menos, ser escuchado sin burla.

Me preocupa, además, que en nuestra sociedad algunas sensibilidades parezcan merecer siempre protección, mientras que el malestar religioso se despacha rápidamente como exageración, intolerancia o falta de sentido del humor. Los cristianos también formamos parte de esta sociedad plural y democrática.

No escribo para alimentar enfrentamientos ni para señalar personas. Tampoco para dar más ruido o publicidad a una exposición que quizá desaparecerá en unos días.

Escribo porque no quiero acostumbrarme a callar cada vez que aquello que otros aman profundamente es tratado con frivolidad.

Cada uno responderá como considere oportuno: algunos desde el silencio, otros desde la crítica pública, otros desde la oración. Personalmente, me parece legítimo expresar el desacuerdo de manera pacífica y serena. También eso forma parte de la libertad.

Quizá el verdadero diálogo cultural no consista únicamente en reivindicar la libertad de expresión, sino también en aprender a mirar con respeto aquello que da sentido profundo a la vida de otros.  Porque a veces, detrás de ciertas expresiones artísticas, muchos cristianos seguimos escuchando, en silencio, aquella pregunta de Jesús durante su juicio: “Si he hablado bien, ¿por qué me pegas?”

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