Madrid, la ciudad que nunca duerme, amanece esperando al Rey de Reyes

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Antes de León XIV aparezca para celebrar la Misa del Corpus Christi, ya esta ocurriendo algo hermoso en las calles. Miles de peregrinos habían transformado la espera en un acontecimiento.

Madrid amaneció con un aire especial.

Esperar al Papa y Cristo en la Eucaristía. Esperar, que en tiempos de inmediatez

Por las calles se mezclan acentos de toda España. Familias enteras cargadas con mochilas, bocadillos y niños. Abuelos que seguramente han visto pasar ya varios pontificados y jóvenes que quizá vivan por primera vez una experiencia así. Hay quien reza el rosario, quien canta, quien hace fotos y quien simplemente contempla la escena con una sonrisa.

La fe es maravillosa, tiene una extraña capacidad para convertir desconocidos en compañeros de camino. Basta una mirada o un simple “¿de dónde venís?” para iniciar una conversación.

Es precioso ver como estos días Madrid se convierte en una gran plaza de pueblo, donde todo el mundo acaba saludándose aunque no se conozca.

Entre la multitud destacaba otra presencia imprescindible, me refiero a la de quienes hacían posible que todo funcionara. Los voluntarios. Esos héroes discretos que aparecen cuando hay que cargar cajas, repartir agua, indicar accesos, resolver problemas o aguantar horas de pie bajo el sol. Son los que llegan antes que nadie y se marchan cuando ya casi no queda nadie. Los que hacen mucho ruido trabajando para que el evento transcurra sin ruido.

Hay jóvenes con chalecos identificativos corriendo de un lado para otro con una alegría, disposición y amabilidad contagiosa.

No menos importante es la labor de las fuerzas de seguridad, emergencias y protección civil. Los controles de acceso, las medidas de seguridad y la organización permiten que miles de personas convivan durante horas con normalidad, serenidad y confianza.

Y mientras tanto, la espera sigue creciendo. En realidad los cristianos vivimos siempre esperando. Esperando la llegada de Dios a nuestra vida, esperando que su gracia transforme nuestros corazones, esperando que la esperanza tenga la última palabra frente al cansancio, el miedo o la indiferencia.

Por eso una de las cosas más hermosas de este momento es contemplar a una multitud capaz de esperar junta con la mirada puesta en Dios.

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