El viaje de León XIV a Francia —París, Saint-Denis, Lourdes y Metz— ha permitido ver, casi simultáneamente, las principales características que empiezan a definir su pontificado: capacidad de convocatoria, claridad doctrinal sin estridencias, recuperación de la presencia pública del cristianismo, atención a los grandes interrogantes de la modernidad tecnológica y una voluntad manifiesta de reconstruir la unidad católica.
La primera constatación es la más visible. El catolicismo francés podrá ser minoritario en la práctica religiosa ordinaria, pero resulta difícil describirlo simplemente como una realidad socialmente residual.
Unos 80.000 jóvenes llenaron el Stade de France; la gran misa de París reunió, según las estimaciones difundidas, alrededor de 800.000 personas, y en Lourdes 150.000 fieles participaron en la misa de la pradera. Son dimensiones que obligan, cuando menos, a revisar la imagen de una Iglesia condenada a desaparecer silenciosamente de las sociedades secularizadas. Kiosque Figaro
Hay, además, un dato particularmente significativo: la juventud. En Francia viene creciendo el número de catecúmenos adultos y el propio Papa subrayó ante los obispos el carácter esperanzador de este fenómeno, mayoritariamente juvenil. Su indicación fue clara: acoger a estos nuevos cristianos en comunidades vivas y proporcionarles una formación doctrinal sólida. No se trata, por tanto, de administrar el declive, sino de pensar nuevamente en términos de evangelización.
La fórmula de León XIV: firmeza sin confrontación
La segunda característica del viaje ha sido la capacidad del Papa para abordar prácticamente todos los asuntos que hoy provocan fricción entre la Iglesia y la cultura dominante sin rebajar un ápice la doctrina católica y, al mismo tiempo, sin convertir su presencia en una sucesión de enfrentamientos.
Ha hablado del aborto, la eutanasia, la gestación subrogada, la inteligencia artificial, la inmigración, la familia, la educación y la laicidad. En Lourdes, precisamente el lugar donde la enfermedad y la fragilidad humana adquieren una presencia particularmente intensa, insistió en que la respuesta al sufrimiento es cuidar y acompañar, no provocar la muerte. Ante los obispos franceses, les pidió perseverar en el debate sobre el final de la vida y defender sin complejos el derecho de la Iglesia a intervenir en las cuestiones esenciales para la civilización.
Pero no lo hizo mediante el lenguaje del choque. Este quizá sea uno de los rasgos más interesantes de León XIV: claridad sin agresividad. Es una fórmula difícil, porque evita las dos tentaciones que han debilitado repetidamente la presencia cristiana: diluir el mensaje para evitar conflictos o convertir la defensa de la verdad en confrontación permanente.
También por ello su reflexión sobre la laicidad francesa resulta importante. León XIV no acepta que la separación entre Iglesia y Estado signifique la expulsión de la religión de la vida pública. La laicidad significa aconfesionalidad institucional, pero debe ser compatible con libertad religiosa, educación, culto público y expresión social de la fe. Ante los obispos fue explícito: «La palabra de la Iglesia tiene su lugar en el debate público en Francia».
De Lourdes a la UNESCO: la cuestión es qué es el hombre
Esta presencia pública alcanzó otra dimensión en la UNESCO. Allí León XIV desplazó el debate desde las cuestiones particulares hasta la pregunta fundamental: ¿qué significa ser humano?
Su argumento enlaza con una concepción inequívocamente cristiana. El ser humano comienza siendo hijo, recibido y dependiente; nace necesitado de otros; vive dentro de relaciones y responsabilidades; y posee una dignidad que no depende ni de su autonomía ni de su productividad. Desde aquí se entiende su crítica a una sociedad capaz de llamar “inteligentes” a las máquinas mientras comienza a valorar las vidas humanas según criterios de eficiencia.
Esta visión proporciona una notable coherencia a cuestiones aparentemente distintas: aborto, eutanasia, familia, pobreza, tecnología o inteligencia artificial. El eje que las relaciona es siempre el mismo: la persona no es un producto disponible ni su dignidad depende de su utilidad.
Es también una manera de devolver al cristianismo al gran debate intelectual contemporáneo. La Iglesia no aparece únicamente defendiendo determinadas prohibiciones morales, sino planteando la cuestión previa de la que dependen todas ellas: cuál es nuestra concepción del hombre.
Metz: una propuesta cristiana para Europa
Y después llegó Metz. Probablemente allí pronunció León XIV el discurso políticamente —en el sentido noble del término— más importante de todo el viaje.
Eligió el territorio de Robert Schuman para recordar que Europa no es ante todo una geografía. Es una realidad histórica y cultural formada por Grecia, Roma, el cristianismo y sucesivas incorporaciones de pueblos y culturas. Pero afirmó algo más fuerte: «No se puede hablar de Europa sin mencionar el cristianismo».
No se trata de reclamar una Europa confesional. León XIV sostiene que el cristianismo proporcionó categorías decisivas para la civilización europea: igualdad esencial de las personas, dignidad humana, fraternidad, derecho, educación, hospitales, universidades, atención a pobres y enfermos, limitación del poder y apertura a la trascendencia. Recordó a san Benito, Schuman y De Gasperi para reivindicar este patrimonio como fuente todavía fecunda y no como pieza de museo.
Su diagnóstico europeo tiene, además, una notable estructura interna. Europa necesita reconciliar derechos y deberes; recuperar el bien común frente al individualismo; acoger al inmigrante, pero también integrarlo realmente en «el espíritu de la casa» que lo recibe; restaurar el derecho internacional y la palabra dada; defender el multilateralismo frente a la ley del más fuerte; y recuperar la negociación como instrumento efectivo para la paz.
Ante la guerra de Ucrania, introdujo una idea especialmente incómoda en el clima actual: negociar exige estar dispuesto a sacrificar algunas posiciones por un bien superior. Y advirtió contra «la ilusión del rearme»: prepararse mejor para la próxima guerra no puede sustituir los esfuerzos creativos dirigidos a impedirla.
Pero quizá el final de Metz fuera todavía más significativo. Hablando a los jóvenes europeos, León XIV vinculó explícitamente el futuro del continente con formar familias, tener hijos, defender la vida desde la concepción hasta la muerte natural, trabajar por las comunidades y comprometerse incluso políticamente. «No tengan miedo de formar una familia, de tener hijos», les dijo. Europa aparece así no solo como instituciones y tratados, sino como transmisión entre generaciones.
Lourdes y las heridas de la Iglesia
Lourdes permitió, finalmente, comprobar otra dimensión necesaria: León XIV no rehuyó la cuestión de los abusos sexuales. Pidió a los obispos «máxima vigilancia», reconoció la gravedad de lo sucedido y se reunió durante cerca de dos horas, individualmente y después en grupo, con siete víctimas.
En este contexto conviene mantener también la precisión informativa. Los 330.000 asociados habitualmente al informe Sauvé no constituyen un censo de 330.000 víctimas individualmente identificadas. Son una estimación estadística correspondiente al período 1950-2020. La encuesta de población general interrogó por internet a 28.010 adultos mediante un panel construido por cuotas; 171 declararon abusos cuando eran menores cometidos por personas vinculadas a la Iglesia y, de ellos, 118 señalaron a clérigos o religiosos. A partir de estos datos se estimaron aproximadamente 330.000 víctimas en el primer supuesto y 216.000 en el segundo.
La distinción importa. El propio trabajo del Inserm ha reconocido que el protocolo basado en panel y cuotas no corresponde a los estándares habituales de una encuesta científica aleatoria y que puede producir sesgos de reclutamiento; posteriormente, sin embargo, la CIASE y expertos estadísticos defendieron que la extrapolación principal era estadísticamente válida. Por tanto, ni debe presentarse la cifra como 330.000 casos comprobados individualmente, ni sería correcto ignorar la existencia y gravedad del fenómeno. Periodísticamente, el término preciso es estimación, acompañado de su metodología y margen de incertidumbre.
Y precisamente la actitud de León XIV permite superar la falsa alternativa entre ocultar los abusos o convertirlos en definición total de la Iglesia. Hay que reconocerlos, reparar a las víctimas, prevenirlos y perseguirlos; pero la Iglesia francesa es también los 150.000 peregrinos de Lourdes, los 80.000 jóvenes de Saint-Denis, los catecúmenos que llaman a sus puertas, las comunidades que sirven a enfermos e inmigrantes y los cientos de miles que salieron a las calles de París.
Este puede ser el principal significado del viaje. León XIV ha mostrado que todavía es posible reunir lo que con demasiada frecuencia aparece separado: fe popular y pensamiento; identidad y diálogo; doctrina y caridad; reconocimiento de los errores y confianza en la Iglesia; raíces cristianas y futuro europeo.
Lourdes mostró una Iglesia que ora. París, una Iglesia que todavía convoca. La UNESCO, una Iglesia capaz de pensar la modernidad. Metz, una Iglesia que vuelve a proponer a Europa las fuentes que contribuyeron a construirla.
Y León XIV aparece, después de Francia, con un perfil mucho más definido: no el Papa de la retirada ni el de la confrontación, sino el de una presencia cristiana intelectualmente articulada, doctrinalmente clara y socialmente visible.
Lourdes mostró una Iglesia que ora. París, una Iglesia que todavía convoca. La UNESCO, una Iglesia capaz de pensar la modernidad. Metz, una Iglesia que vuelve a proponer a Europa las fuentes que contribuyeron a construirla. Compartir en X








