Lo anunciaba hace apenas unos días y ahora ya resulta imposible disimularlo. El abrazo del oso del sanchismo sobre el papa León XIV ha comenzado. Y quizá el mejor testimonio de esta operación política no lo haya ofrecido ningún ministro ni portavoz socialista, sino el antiguo estratega de Pedro Sánchez, Iván Redondo, desde la tribuna semanal de página entera que La Vanguardia le concede cada lunes.
El intento sufrió un contratiempo grotesco y profundamente simbólico cuando coincidió la visita del presidente del Gobierno al Santo Padre con la entrada de la Policía Nacional y de la UCO en la sede central del PSOE. La imagen quedará como una metáfora perfecta de la política española contemporánea: Sánchez buscando legitimidad moral internacional mientras la corrupción penetraba literalmente en Ferraz con autorización judicial.
Pero quien crea que aquello frenará la operación se equivoca. Precisamente porque el sanchismo atraviesa una fase de agotamiento político y moral, necesita apropiarse de cualquier autoridad que todavía conserve prestigio social. Y León XIV representa exactamente eso: autoridad moral, centralidad cultural y capacidad de influencia.
Por eso Redondo proclama que ha llegado el momento de «establecer un perfecto diálogo con la primera Roma». La expresión ya retrata toda una forma de entender la política y la realidad. «Primera Roma». Como si la Santa Sede necesitara reinterpretaciones conceptuales de laboratorio político. Redondo pertenece a esa generación de estrategas para quienes el lenguaje no sirve para describir la realidad, sino para sustituirla. Lo que ignoran, lo inventan; lo que contradice el relato, desaparece.
La operación intelectual resulta transparente.
Según esta lectura interesada de Redondo, la gran encíclica social de León XIII, Rerum Novarum, no sería una respuesta al avance del marxismo, el socialismo revolucionario y el anarquismo, sino esencialmente una crítica a los excesos del capitalismo industrial. Naturalmente, esa dimensión existe. Pero mutilar deliberadamente la otra mitad del texto falsifica completamente su sentido.
León XIII comprendía perfectamente que la destrucción de la propiedad, de la familia, de la religión y de las comunidades orgánicas conducía inevitablemente al sometimiento del hombre al Estado. Rerum Novarum no era un manifiesto progresista avant la lettre. Era una defensa integral de la dignidad humana frente a dos absolutismos: el del dinero y el del poder político totalizante.
Y eso mismo intentan neutralizar ahora.
Con Magnifica Humanitas sucede algo parecido. León XIV ha advertido contra una civilización tecnológica que amenaza con reducir al ser humano a dato, algoritmo y manipulación. Ha defendido la dignidad humana, la fraternidad real y la necesidad de preservar aquello que hace humano al hombre. Pero el sanchismo necesita vaciar todo eso de contenido antropológico y convertirlo en un simple acompañamiento moral del progresismo contemporáneo.
Sin embargo, como no han leído Magnifica Humanitas y sus resúmenes están condicionados por una IA que tiende a complacer a sus usuarios, ignoran que la encíclica arremete con rotundidad contra el aborto y la eutanasia, precisamente en el apartado dedicado a los derechos humanos.
Concretamente, en el epígrafe «El altísimo valor de los derechos humanos», punto 55, se afirma que «los derechos humanos son inviolables, porque son inherentes a la persona humana y a su dignidad». Añade además que «el primer derecho humano es el derecho a la vida, desde la concepción hasta su fin natural», y señala expresamente que el aborto provocado y la eutanasia constituyen decisiones que la Iglesia juzga gravemente ilícitas.
Desde esta perspectiva, Magnifica Humanitas considera ilícitas dos políticas troncales del Gobierno de Sánchez, además de cuestionar iniciativas que, según sus críticos, afectan a la libertad religiosa y a la objeción de conciencia.
Pedro Sánchez ha comprendido perfectamente algo: León XIV puede influir sobre sectores moderados, culturales y cristianos que el PSOE necesita neutralizar políticamente. Ahí aparece Salvador Illa, que ahora se presenta poco menos que como un demócrata cristiano sobrevenido. Resulta fascinante observar la velocidad de la mutación. El mismo espacio político que durante años ha impulsado legislaciones frontalmente incompatibles con la antropología cristiana pretende ahora envolverse en una estética de diálogo con Roma.
Y entonces aparece el verdadero núcleo de la operación.
Redondo escribe que la visita del Papa puede obrar «el milagro» de que «los minoritarios no lleguen al Consejo de Ministros». Traduzcamos el retorcido lenguaje del exgurú: los «minoritarios» serían el Partido Popular y Vox. Y el milagro esperado consistiría en consolidar una nueva centralidad política del sanchismo bajo bendición pontificia.
Porque lo verdaderamente importante no es la religión. Es el poder.
La finalidad última de la operación sería consolidar esa vieja aspiración de transformar España en un Estado plurinacional del sur de Europa bajo hegemonía cultural progresista. Según Redondo, el Papa contribuiría a ello cuando hable el próximo día 8 en el Congreso de los Diputados. Y aquí aparece otra pirueta extraordinaria: el Congreso resulta ser ahora «aconfesional, pero con raíces cristianas».
No seré yo quien niegue las raíces cristianas de España ni de Europa. Todo lo contrario. Pero resulta difícil no sonreír ante semejante descubrimiento en boca de quienes llevan años intentando expulsar sistemáticamente cualquier presencia cultural cristiana del espacio público.
Redondo sostiene incluso que la moción de censura que llevó a Sánchez al poder «fue un milagro» y ahora espera otro milagro gracias a León XIV. La alquimia política consiste en transformar el plomo en oro: convertir al primer presidente abiertamente ateo de la democracia española en una especie de compañero histórico del Papa.
Y conviene recordar las palabras exactas de Sánchez, porque no pertenecen al pasado remoto ni parecen haber sido rectificadas: «Soy ateo y creo que la religión no debe estar en las aulas; tiene que estar en las iglesias». En una entrevista con Risto Mejide respondió hasta cuatro veces: «Soy ateo». Fue, además, el primer presidente del Gobierno de la historia reciente de España que prometió su cargo sin Biblia ni crucifijo, como afirmación explícita de laicismo.
Y, sin embargo, ahora asistirá solemnemente a la misa que León XIV celebrará en la Basílica de la Sagrada Familia después de ocho años evitando prácticamente cualquier ceremonia religiosa, incluidos funerales de víctimas de tragedias nacionales.
Todo esto sería simplemente grotesco si no fuera porque revela algo mucho más profundo: la extraordinaria capacidad del poder contemporáneo para manipular la realidad, resignificar las palabras y vaciar de contenido aquello que toca.
Y esa es precisamente la mayor amenaza que planea sobre el viaje de León XIV a España.
El abrazo del oso siempre funciona igual: primero halaga, después interpreta, luego absorbe y finalmente neutraliza. La cuestión decisiva es si esta vez Roma permitirá que ocurra.









