¿Qué me dará Dios en ésta visita del Papa?

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La respuesta a la pregunta que sirve de título a este artículo tal vez no se pueda dar ahora mismo. Seguramente habrá que esperar unos días y dejar que la memoria y el entendimiento operen sobre lo vivido estos días. Y seguramente será después de unos años cuando podamos ver que en nuestra vida se ha producido algo que comenzó estos días con el Papa en España. Me permito compartir mi experiencia:

En mi ya medio larga vida, he tenido la oportunidad de participar en seis visitas del Papa antes de la que nos ha ocupado los pasados días. De la primera (1982, Juan Pablo II, Madrid) no me acuerdo de nada: iba en sillita con veinte meses. De la segunda (1993, Juan Pablo II, Madrid) tengo un recuerdo realmente sorprendente: digamos que descubrí la inmensidad de la Iglesia en la gente que había, pues yo hasta el momento no tenía más experiencia que la de un niño en su parroquia. Y, al ver pasar a Juan Pablo II en el Papamóvil, sentí ambos días un extraño zumbido de una paz interior muy profunda. Una paz que contenía como una gran energía y que solo sentí aquellos días y en los momentos en que el Papa estaba a menos metros, no el resto del tiempo. Aún no sé cómo interpretar aquello, que de mayor no he sentido igual, la verdad…

Las siguientes visitas ya fueron siendo yo joven. En 2003 (Juan Pablo II, Madrid) estaba terminando la carrera, y la visita del Papa fue como la llamada a vivir un cristianismo comprometido. La de 2006 (Benedicto XVI en Valencia) fue la confirmación de aquello, sin grandes sentimientos que recordar. Cuando el Papa volvió en 2010 (Benedicto XVI, Santiago y Barcelona), yo ya estaba trabajando. Trabajaba en Galicia, pese a lo cual me fui a ver al Papa a Barcelona, porque me parecía más misionero. Por pura providencia, nos tocó un lugar por el que pasaron varios medios de comunicación y me forré a hacer declaraciones a la prensa. De algún modo, fue la confirmación de una vocación comunicativa y pública. Incluso alguna de mis frases fue utilizada días después en el programa de humor de TV3 titulado Alguna pregunta més?, lo cual favoreció la risa entre mis allegados.

La sexta visita fue la JMJ 2011 de Madrid. Yo tenía ya treinta años. Me había apuntado como voluntario. Como ya no era un niño, me dieron protocolo. A priori, una ubicación excelente, pues se veía todo de cerca. Pero en la práctica, un cierto tostón y, además, estar lejos de los jóvenes. Y entonces se despertó un deseo sorprendente de estar con los más jóvenes. Y confieso que, en los mediodías y las noches, me escapaba del voluntariado para compartir tiempo, comida o adoración con adolescentes.

Aquel deseo hondo de hacer una opción preferencial por los jóvenes fue como un regalo que Dios me hizo en aquella visita del Papa. ¿Cómo verbalizarlo? A los dos días de irse el Papa, el cardenal Cañizares (por entonces primado) concedía una entrevista a La Razón en la que decía: «Al ver a esa juventud tan presente en una multitud inmensa, sentía una llamada a la responsabilidad de la Iglesia. Los jóvenes han venido de todas partes del mundo anhelando una palabra del Papa de esperanza. De alguna manera evocaba la multiplicación de los panes, cuando Jesús tuvo compasión con aquellos que acudieron a él y les dijo a los apóstoles: “Dadles vosotros de comer”. Yo sentí esa llamada que nos está diciendo: “Dadles vosotros de comer a estos jóvenes que están hambrientos, que lo necesitan”». (Enlace de la entrevista). ¡Mi deseo era eso! Como una llamada a dedicarse a los jóvenes que se podría resumir en el «dadles vosotros…».

Tras la JMJ me volví al trabajo. Luego me fui de Ejercicios Espirituales los últimos días de agosto. Nada más salir de Ejercicios, una llamada proponiéndome ser tutor de un Colegio Mayor universitario, experiencia que me marcó el curso 2011/2012. A comienzos del curso 2012/2013, me llegó providencialmente (hubo una renuncia) un contrato de profesor asociado en la Universidad y otra tutoría en otro Colegio Mayor. Unido ello a las oposiciones que preparaba desde 2008 y al enorme crecimiento de la parte juvenil de mi Congregación Mariana, he tenido durante quince años una dedicación a los jóvenes que nunca habría imaginado.

En mi vida, ese «encargo» es toda una opción preferencial, siempre bendecida por Dios con más y más frutos, incluso cuando lo institucional ha fallado. Por ejemplo, estuve cuatro años sin docencia en la Universidad y no me faltó una sola semana algún joven al que enseñar algo, practicando por libre la mentoría como Sócrates o el propio Jesús cuando «comenzó haciendo y enseñando»: coepit facere et docere (Hechos de los Apóstoles 1,1), frase que de pequeño veía en el altar de mi colegio y que no llegué a comprender hasta ser mayor.

Mi historia no tiene ningún interés; es un ejemplo más. Pero creo que deja claro que, a veces, a través de un acontecimiento con el Papa, Dios nos da algo que consolida o expande la vida cristiana y que puede quedar para siempre. Ejemplos más claros que el mío serían los de un amigo que debe su vocación sacerdotal al «vale la pena» de Juan Pablo II en Cuatro Vientos en 2003. O el de Rafa y Lola, que se conocieron en aquella JMJ de 2011 siendo adolescentes y que hoy son matrimonio con dos hijos…

Por eso, creo que lo vivido estos días no debe quedar en algo pasajero. Vale la pena atender a algo que nos haya tocado más y dejar que Dios nos dé alguna sorpresa. Pasados los años, tal vez descubramos que en esta visita de León XIV ha empezado algo importante en la vida de algunos.

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