León XIV y la gran amnesia española: cuando los derechos humanos hablaban español

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La historia la escriben los vencedores. Y en la gran disputa intelectual de la modernidad, la partida la ganó el liberalismo ilustrado. Por eso se ha repetido hasta la saciedad que la Ilustración fue la madre de los derechos humanos, del derecho internacional y de la libertad política moderna. Sin embargo, la realidad histórica es bastante más compleja.

Mucho antes de Voltaire, Rousseau o Diderot, una generación de pensadores españoles, inspirados por santo Tomás de Aquino, había desarrollado buena parte de los principios que hoy consideramos fundamentales para la convivencia entre los pueblos.

Ha tenido que venir León XIV, un papa americano, para recordarnos la importancia de Francisco de Vitoria y de la Escuela de Salamanca, una de las mayores aportaciones intelectuales de España a la civilización occidental y, paradójicamente, una de las más ignoradas por los propios españoles.

La cuestión a la que se enfrentó Francisco de Vitoria era tan concreta como trascendental: ¿con qué derecho España ocupaba y gobernaba los territorios descubiertos en América?

De aquella pregunta surgió una reflexión que acabaría convirtiéndose en uno de los fundamentos del derecho internacional moderno.

Su gran innovación consistió en afirmar que existe una comunidad universal de pueblos y naciones, el totus orbis, una comunidad humana sometida a principios morales y jurídicos objetivos. Todos los pueblos forman parte de ella. Todos los hombres poseen una dignidad intrínseca derivada de su propia naturaleza. Ningún emperador gobierna el mundo. Ningún príncipe posee autoridad universal. Tampoco el papa dispone de un poder temporal sobre todos los pueblos de la Tierra.

Para comprender el alcance revolucionario de estas afirmaciones hay que situarlas en el siglo XVI. Mientras gran parte de Europa todavía concebía las relaciones internacionales en términos de dominación, Vitoria sostenía que los indígenas americanos eran verdaderos hombres, dotados de razón, propietarios legítimos de sus tierras y poseedores de autoridades políticas legítimas.

Su afirmación es tan sencilla como devastadora para las teorías de la conquista indiscriminada: «Los bárbaros eran verdaderos dueños, tanto pública como privadamente, antes de la llegada de los españoles».

Con una sola frase desmontaba la idea de que el paganismo privara a un pueblo de sus derechos. También rechazaba expresamente la esclavitud natural atribuida a ciertos pueblos y negaba cualquier legitimidad a la conversión forzosa. La fe, sostenía, solo puede ser aceptada libremente.

Esta posición situaba a Francisco de Vitoria muy por delante de buena parte de su tiempo.

Pero su aportación no terminó ahí. También desarrolló una teoría de la guerra justa que sigue resonando en el derecho internacional contemporáneo. La guerra solo podía justificarse por una causa objetivamente justa; debía ser declarada por una autoridad legítima; tenía que respetar el principio de proporcionalidad; constituir el último recurso disponible; y proteger, en la medida de lo posible, a los inocentes y a los no combatientes.

No resulta exagerado afirmar que muchos de los principios que hoy inspiran el derecho humanitario moderno ya estaban presentes en sus reflexiones.

Por supuesto, su pensamiento no está exento de controversias. Algunos de los llamados «títulos legítimos» que admitía —como la defensa de aliados, la protección de inocentes o el derecho de comunicación y comercio entre los pueblos— podían ser utilizados para justificar determinadas intervenciones españolas. Los críticos contemporáneos señalan esta tensión interna: Vitoria limita y humaniza la conquista, pero no llega a condenarla de forma absoluta.

La crítica merece ser considerada. Pero, incluso aceptándola, el saldo histórico sigue siendo extraordinario. Nadie antes había formulado con semejante claridad la igualdad jurídica de los pueblos, la dignidad universal del ser humano y la existencia de límites morales superiores al poder político.

Todo ello plantea una pregunta: ¿qué habría ocurrido si la evolución política de Occidente hubiera seguido más de cerca la senda abierta por Vitoria y la Escuela de Salamanca, en lugar de la marcada por la Ilustración, especialmente en su versión francesa?

La cuestión no es una digresión diacrónica. Autores contemporáneos como Alasdair MacIntyre han denunciado que el proyecto ilustrado fracasó en su intento de construir una moral universal desligada de toda tradición moral concreta. Otros pensadores, como Charles Taylor o Michael Sandel, han mostrado cómo el individualismo moderno ha terminado debilitando los vínculos comunitarios y las referencias morales compartidas que sostienen una sociedad libre.

La Escuela de Salamanca proponía algo distinto. Partía de la dignidad de la persona, pero entendida siempre dentro de una naturaleza humana objetiva y de una comunidad moral concreta. Los derechos no aparecían separados de los deberes. La libertad no estaba desvinculada de la verdad. Y la política no podía emanciparse completamente de la ética.

Sobre todo, mantenía en el centro algo que la modernidad ha ido olvidando progresivamente: las virtudes.

La prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza —las grandes virtudes aristotélico-tomistas— constituían el fundamento indispensable para el ejercicio responsable de la libertad. No bastaba con proclamar derechos. Era necesario formar personas capaces de usarlos correctamente.

Quizá por eso el legado de Francisco de Vitoria resulta hoy tan actual. En una época marcada por la proliferación de derechos, la fragmentación social y la dificultad creciente para encontrar fundamentos comunes, la Escuela de Salamanca ofrece una síntesis singular entre dignidad humana, libertad, ley moral y bien común.

León XIV ha tenido que recordárnoslo, y nuestros políticos apenas se han hecho eco de ello. Un papa nacido en América ha venido a señalar a España una de las aportaciones más universales que jamás produjo su cultura.

Tal vez haya llegado el momento de que dejemos de buscar siempre nuestros referentes intelectuales en París, Londres o Berlín y volvamos la mirada hacia Salamanca.

Porque mucho antes de que la Ilustración escribiera su relato triunfante ya existía una tradición que hablaba de derechos humanos, de dignidad universal, de límites al poder y de comunidad internacional. Y hablaba en español y en católico para mostrar una senda posible de progreso humano.

Ha tenido que venir León XIV para recordar a España una de sus mayores aportaciones a la civilización occidental.» #LeónXIV #FranciscoDeVitoria #EscuelaDeSalamanca Compartir en X

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