Hoy hablaremos de tips y taps alrededor del sexo, y observaremos cómo la “libertad” actual nos está rayando. Ante todo, debemos reconocer que el sexo es una faceta importante de la vida del ser humano (también en los bebés), pero hay que ser claros y señalar (lo que muchos niegan) que sin el sexo activo también se vive, y hasta sin pareja.
Para acertar la manera como se vive el sexo es tremendamente importante, dado el caso, encontrar la pareja adecuada y conocerla cuanto más, mejor, de la mano de Dios, o bien conseguir descubrir a Dios renunciando a ella. Las personas que han tenido la misma pareja durante más de setenta y cinco años confiesan que aún les sorprende el comportamiento de su compañera, pues se han dado cuenta de que a pesar de vivir en común, hay tanto del otro que se les escapa. Lo mismo les ocurre con Dios a aquellas personas que han sabido vivir por Él, con Él y en Él sin pareja.
Muchas parejas se rompen cuando uno de sus miembros pierde el ascensor y el otro −como si se tratara de un insulto− se va en busca de un ascensor más potente. Pero es que resulta que a la pareja no hay que amarla porque tenga un ascensor potente (aunque ayude), sino por la conexión emocional que se siente con ella por Dios, con todas las herramientas humanas y divinas al alcance.
Por este motivo, hoy es más que habitual (porque está cantado) que se rompan especialmente las parejas no casadas por la Iglesia, puesto que el compromiso a que hayan podido llegar no es más que papel mojado por condicional, frente al habitualmente más incondicional (aunque contagiado en mayor o menor medida por el sentido del mundo) de los esposos casados por la Iglesia.
¿Por qué es así? Pues porque el juntarse adventicio es aparentemente más fácil que el compromiso tácito, social e incluso escrito de crecer juntos tan explícito en las bodas católicas, medios con que, de hecho, el amor consigue ser −además de contar la gracia de Dios− más consciente, más libre y más responsable. De otra manera (sin sacramento) cada miembro de la pareja tira hacia sí tratando de salvar su ego, en lugar de buscar “hasta que la muerte los separe” el bien del otro −y no solo en el sexo: más aún, poniendo el sexo al servicio del amor centrado en la otra persona, por Dios−.
Amor de Madre
La Iglesia, como buena Madre, a la hora de proponer el vínculo sacramental por amor al otro por Dios, aconseja un tiempo prudencial de ajuste y conocimiento de la pareja, que eso es el noviazgo. De esta manera, los novios pueden profundizar con honestidad en diálogo y apertura con el otro, a fin de reducir al máximo los escollos del desconocimiento propio y de su compañero. No obstante, somos humanos y está claro que −como ha recalcado el Papa León en su encuentro con los jóvenes en su visita a España− hay que confiar en Dios, y no solo en las personas; más aún, en las personas por Él. El no hacerlo, en especial no poner a Dios por encima de toda actividad humana (también del sexo), nos está derivando hacia un caldo de cultivo que vemos que está degenerando en la crápula de una noche de verano… Hasta que la Naturaleza dice basta.
Golpe de efecto
En verdad, la manera como se vive la sexualidad en la actualidad favorece todo tipo de enfermedades tanto físicas como mentales, emocionales y espirituales (del alma). Estamos constatando que de sexo libre no tiene nada, pues en cuanto uno cae en sus garras, queda atrapado en la casi obligación de practicarlo, aun sin conocerlo en todas sus implicaciones físicas, psíquicas, emocionales y espirituales, de manera que uno queda encerrado en su propia jaula, jadeante de aquella libertad interior perdida… si es que algún día la tuvo. Es el retorno del bumerán.
Por el contrario, el conocimiento mutuo y de sentido que favorece el conocimiento del otro por Dios solo puede conseguirse cuando ambos actores acogen un compromiso de por vida, contando con la ayuda de Dios. De otro modo, el sexo enferma y aliena: hace perder la libertad auténtica de amar al otro por sí mismo ante Dios y en total libertad informada, “porque le da la gana”. No hacerlo lleva a perder el propio control tratando de controlar al otro en una interminable y cada vez más difusa búsqueda de “nuevas experiencias”, pudiendo llegar a arriesgar la propia vida y la del otro, e incluso (lo vemos) la de la propia sociedad.
Está demostrado. Solo el matrimonio católico asegura (sin llegar a ser lo “obligatorio” del colegial, sino libre y gozoso) aquella disposición inicial y sostenida a la fidelidad. ¿Infidelidad? Tristemente, la experiencia demuestra que también puede existir en el matrimonio (lo cual, indirectamente, constata su libertad inalienable), porque somos humanos y por tanto pecadores; pero el matrimonio-sacramento es el mejor antídoto contra el pecado del sexo mal vivido, favoreciendo y facilitando la vivencia del amor al otro vivido en comunidad por Dios, con Dios y en Dios. No te enmarañes, cásate. De eso seguiremos hablando en el próximo artículo.
Geopolítica educativa (XXVIII) – Rayados (5)
Twitter: @jordimariada
¿Y si el llamado sexo libre acabara esclavizando más que liberando? Una reflexión sobre matrimonio, sexualidad, compromiso y libertad desde la visión cristiana. Compartir en X








