Seguro que en el artículo anterior observaste que me centraba en el sexo en pareja; fue de manera deliberada, pues, como comprobaremos hoy, el sexo, así, sin más, sin sentido y sin pareja otroyo (sea siempre hombre-mujer), es una especial abominación que nos deriva progresivamente a perder nuestro yo interior y sustituirlo por el ego en un perpetuo intento de autoafirmación (que como vemos es enfermiza).
Observemos, pues, ahora, cómo el sexo vivido al margen del amor verdadero y del otro (porque sucedáneos de amor hay muchos para pasar el rato, pero nada más), engaña, disipa la mente y le hace chorrear placer barato. Es aquel tipo de placer que se consigue con solo meter una moneda en la máquina tragaperras… y dentro de poco con la atractiva mujer-robot de compañía que muchos hombres están esperando (como las mujeres su equivalente hombre-bot).
De esta manera, nos sentimos gallardos como gallo y gallina en su cortejo, puestos a poder jugar a recibir placer sexual desvinculado de toda referencia al amor humano, que es una de las principales características que nos distinguen de los animales, y aquella que nos permite conectar con el Amor de nuestro Padre que nos ha creado para ser felices por Él, con Él y en Él, a través de nuestro prójimo. Así, una vez disipados, no caemos en la cuenta de que deliramos encerrados en nuestra propia jaula, como ya apuntábamos en nuestro artículo del viernes pasado (jadeando, eso sí).
Entumecidos
En consecuencia, podemos descubrir (si abrimos los ojos) el velo que nos entumece hoy con el ubicuo nihilismo en que viven sumidas tantas personas en el desenfreno de las relaciones personales insanas, puesto que a base de abandonarse a lo fácil y cómodo que nos vende la publicidad de la caja tonta −herramienta que el poder usa para manipularnos a fin de que nos abandonemos al falso bienestar que nos vende−, nos ofusca la Verdad. Certeramente, toda referencia a la Verdad ha desaparecido casi por completo de las relaciones humanas para ser sustituida por aquella conveniencia (a menudo pactada con el otro) que nos hace discurrir por el mundo sin más aspiración que pasar el rato lo mejor posible. Pero, como somos humanos, eso es, imperfectos, más pronto que tarde ese deslizarse se siente pringoso al no conseguir del otro más compromiso con nuestro placer que con el suyo (si es que llega a eso).
Esas relaciones de usar y tirar derivan actualmente en todo un nuevo fenómeno sociológico que se lo ha de hacer mirar: los amigos dazi. Amistades contratadas o pactadas para un evento, un finde o un rato que se retribuyen (dicen) con placer físico o emocional. Lo contrario (rara avis) se considera ya fuera de lugar y para nostálgicos. Por ahí (no es difícil convencerse) derivamos a un mundo de egoístas en el que, como buen juguete sexual, lo que no tira (sin vaselina) se tira… y con vaselina cisca. ¡Horror! ¡Los hay que se enamoran, y no tienen nada que hacer!
Eterna vida vacía
Entendida así la vida, todo en ella nos encamina a conseguir las cosas por el bienestar que espero de ellas, y no por compromiso alguno, lo cual nos provoca huir de todo aquello que nos suene o nos cosquillee como verdadero encuentro con el otro; más aún, en cuanto sentimos ese cosquilleo impertinente, huimos de esa persona (sea quien sea y a costa de lo que sea: en la familia, en el trabajo, en la sociedad…) y recurrimos a otra tratando de tapar el agujero en un intento de que nuestra alma ansiosa de verdad no nos reclame responder a esa solicitud de verdad.
Triste y caciqueramente, pues, vivimos voluntariamente sumidos en la mentira, para cuyo deporte es genial descubrimiento el atarse a las técnicas y las cada vez más sibilinas posituras ante el otro, la vida y el mundo. De ahí que, puestos a coger lo primero que nos plazca sin más exigencia que el placer, la corrupción sea el plato fuerte a que nos encamina el menú del sexo sin amor.
¿Cómo acaba el festín? Perdiendo cada uno de los participantes en tal cogorza su norte y su sentido, a la espera de ser resucitados por no se sabe bien qué o quién, ese hado que nos guía por la vida y el mundo en permanente azar. Pero, como fuimos creados para la Verdad, nada nos sacia, y todo nos emborracha, cada vez más y más enloquecedoramente… hasta que reventamos. Hablaremos de ese reventón más adelante. De momento, evitemos la tentación del sexo sin amor. Quizás nos libre de perdernos, y −si nos encontramos− de huir de nosotros mismos.
Geopolítica educativa (XXIX) – Rayados (6.1.)
Twitter: @jordimariada
¿Puede existir una sexualidad plenamente humana sin amor? Cuando el placer sustituye al compromiso, las relaciones cambian… y también nuestra forma de entendernos a nosotros mismos. Compartir en X








