Geopolítica educativa (XXXII) – Rayados (6.4.)

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“Perdió el amor”, se oye a veces, y a menudo no es cierto. El amor verdadero no pierde nunca: nunca deja de ser amor; quien pierde es quien no lo da o no lo recibe como se debe. Así que no pocas veces (lo vemos en la vida y en los medios), si va mal, no era amor. El amor vive, el amor perdura. Es signo de que estaba destinado al Amor, a aquella expresión de la Verdad a que Dios nos llama en la persona concreta, para endiosarnos con ella. En ella. En Él.

El amor es el encuentro que todo ser humano busca en el otro, el ágape que −llevado allá− recrea, que goza el amor sublimado en la vida espiritual. He ahí la clave, la llave que Dios nos da en prenda a cada uno de nosotros (como hombre o como mujer) para que anclemos en la inmensidad profunda de las relaciones humanas −especialmente globalizante− a que todos estamos llamados de camino a nuestra identificación total con Dios; que no fusión, que es identificación.

Cada persona debe encontrar en sí misma (en Dios) la esencia de la vida que debe comunicar al otro. No hay escapatoria posible para una vida encerrada en sí misma; solo lo sería la conversión. Por eso todos buscamos (o no). Todos nos convertimos (o no). Por eso unos encuentran y otros no. Los más, se pierden en sucedáneos que envenenan el alma, aunque a menudo con sabor dulce…; un dulzor que muda pronto −casi al unísono− hacia el amargo elixir de los demonios. ¿Es eso lo que anhelan? Ciertamente, no. Pero la carne tira de la carne y el alma se pega fácilmente a su carcasa, aquella que debería respetar para −según la Providencia de Dios− llegar a la plenitud de sus facultades en esta vida, para ganarse la otra: la vida del espíritu.

El verdadero amor, no. El amor de verdad enriquece, crece, engrandece. Sabe que la carne −con sus debidas asunciones− es un medio, no un fin. El verdadero amor nunca acaba, se da sin contrapartida, sin medida. Nunca duele, aunque cueste. Aquel amor que provoca dolor no es amor al otro, lo es a uno mismo. Porque Dios no duele, solo las entelequias sobre Él mal concebidas.

“Dios es Amor” (1 Jn 4,8). Nos ama sin medida, y, para demostrárnoslo, nos ha enviado a su Hijo, que ha dado su vida (como Dios y como Hombre) para salvarnos, eso es, para que comprendamos que, si no le amamos, no seremos jamás felices. He ahí la verdadera geopolítica educativa. He ahí la verdad que podría encauzar a nuestra sociedad hacia la felicidad que, tan a menudo, desparrama. “Quien no recoge conmigo desparrama”, afirma Jesús (Lc 11,23). Valga este artículo, no como prueba, sino como exaltación de la trascendencia del amor. La prueba, hermano, mi hermana del alma, la aplicas tú con tu vida. −Si quieres−.

¡Ah! ¿Cómo amar a Dios, si no le vemos? Nos lo ha dicho: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (Jn 14,15). La vida es un caleidoscopio en que la visión cambia, pero la esencia permanece. Dios no muda. Dios es Dios, y basta: Dios simplemente es (“Yo soy el que soy”: Ex 3,14). Aunque nos clavemos. Aunque nos equivoquemos de puerta. Sí. Él nos espera tras cada puerta. La vida es la oportunidad; Jesús, el Camino; la elección libre es la puerta; la conciencia guía la intención; la salvación es el premio. Eso es el Amor.

Geopolítica educativa (XXXI) – Rayados (6.3.)

Twitter: @jordimariada

El amor verdadero no se pierde: cuando desaparece, quizá nunca fue amor. La educación comienza cuando aprendemos a distinguir lo eterno de lo efímero. #GeopolíticaEducativa Compartir en X

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