Se ha separado. Dice que ella ya no le amaba. Por eso va solo por la vida, contemplando incrédulo a sus amigos que siguen juntos. “Han tenido más suerte”. Y se busca una salida al entuerto en que él mismo se ha metido, tratando de seguir buscando su media naranja con quien experimentar la pasión del primer día.
Pero no puede. Sabe que ya nada es lo mismo (si es que algún día fue). Ella le ha estripado de un tirón su virilidad que se creía todopoderosa. Finge. Necesita sentir encendida la llama de su potencia; que nadie −ni él− pueda siquiera insinuar que ya no es hombre; que le han retado. Y se busca un tapón para (procurar) evitar que se le vacíe el brío que su temple aún le recuerda.
Arrambla, entonces, con el modo supervivencia, aunque él prefiere llamarle “rehacer su vida”. Es comprensible. ¿Cómo va −él− a aceptar que ha fracasado? ¡Si él ha vencido! ¡Él se ha marchado! Aún recuerda el restallido de la puerta al estamparla tras de sí.
Pero “ella” vuelve. El ser humano es así, viene y va. Su idea del amor le susurra que la mujer, el hombre es para su deleite, y por eso da igual que sea uno u otro. Lo importante es que uno se sienta hombre, mujer. En este caso, él es el hombre. El macho. El centro. ¿Vuelve? No es ella, pero sí lo es, es otra, pues a él le basta −para poder seguir sintiéndose seguro− tener un comodín que le convenza de aquello de lo que él nunca ha estado convencido.
Tiene miedo. Miedo a pasar por postizo ante los otros, de verse postizo él; pero no lo ve, porque no se mira: se contempla. Es él, ella quien quita y pone. No es un poner y quitar de limpiar la casa con la virtud, ya que siempre la ha tenido inmaculada por amor propio, por sentirse el rey. Así se engaña, disfraza su alma perdida. Pues sabe que quien la habita con falsía tiene el alma dividida, sucia, pervertida: en ella su ego manda. Para no perder el control.
Sí. Es miedo. Miedo a sí mismo. A ver su casa como es. Porque −en el fondo, muy en el fondo− sabe que ese amor a sí mismo, a sí misma, en realidad −aunque lo esconde bien a los otros y a sí mismo con sobreostentación− es desprecio a su conciencia; saberse despreciable por ser imperfecto, no aceptando sus luces pero también sus sombras, queriendo aparentar siempre más, y más, y más… Podría habérselo evitado teniendo cada uno un proyecto vital para poder compartir un proyecto común: el implicarse cada uno en el proyecto del otro. (Y eso es más fácil con Dios). Pero a falta de proyecto vital, a falta de Dios, se le ha derrumbado toda la esperanza, que siempre fue infundada.
Y se ha roto. A base de exigir −al otro, nunca a sí mismo−, ha matado el amor (si existió algún día) que podía brindarle la aceptación de sí mismo, sí misma. Le bastaba −ya que no se aceptaba a sí mismo− aceptarla a ella, con sus virtudes y sus defectos. Pero, como él es “perfecto”, ella también debía serlo. Y perdiéndola a ella se ha perdido a sí mismo, aún más de lo que venía perdiéndose.
Lo más curioso es que el tapón −en su universo− viene a ser la demostración de que él tiene razón: con ella, con él, sí que ha encontrado “el amor de verdad”. Pero él sabe que no es más que un tapón; y si no le hace su servicio −el que él desea−, volverá a cambiarlo… en lugar de cambiar él, lo cual sería su salvación.
“Mal de muchos, consuelo de tontos”
Ese, hermano, mi hermana del alma, a falta de una adecuada geopolítica educativa, parece ser el mal del siglo. El hombre, la mujer, buscan, van buscando, el tapón (el amante) que les conserve el agua en su maceta con la promesa de eternal lozanía, en lugar de dedicarse con esmero a regar la planta cada día. Piensan −el hombre y la mujer− que merecen ser regados, pero no riegan (aunque se mantengan muy “activos” en aquello que les interesa, como reír o servir la mesa). Por fuera mantienen su casa muy arreglada, pero son sepulcros blanqueados. Por eso merodean buscando en otras casas que ellos consideran insultantes (dada la virtud que les reclama en sus oponentes), a quién señalar para evitar señalarse a sí mismos. Y así dejan su maceta sin regar. Olvidan que su hombre, su mujer, crecen y cambian, como crece y cambia su amor… por lo que deberían cambiar ellos para conservarlo.
Pero aún hay más. ¿Cómo van a conservar aquello que nunca han tenido? La raíz de su mal no es que han perdido el amor, sino el que siempre se han tenido. Y el amor, el amor de verdad, aquel amor que se regala (gratis y sin condiciones) no sobrevive al ego. Por eso hoy muere.
Geopolítica educativa (XXXII) – Rayados (6.4.)
Twitter: @jordimariada
No hemos perdido el amor; hemos perdido la capacidad de amar sin convertirnos en el centro de todo. #RelacionesDePareja Compartir en X








