Quien busca, encuentra. A quien busca, se le abre. A quien busca y rebusca, la vida le regala. No es extraño. La vida, con sus vericuetos y a pesar de sus altibajos, siempre habla el lenguaje de Dios. El problema deviene cuando no Le escuchamos, pues por cuanto decimos, Dios es el único que puede llenarnos, tanto si le buscamos como si no. Dios es Dios, el Omnisciente, el Creador de cuanto existe, y por tanto conoce el devenir de las cosas, nos conoce y sabe qué es mejor para nosotros. Por eso nos llama y nos indica el Camino hacia Él.
¿Por qué hay, pues, tantas personas que deambulan por el mundo (o el inframundo) ansiosas y pretenciosas de salvajes fanfarrias, jactados de su suficiencia y de sí mismos, en un viaje lúbrico y empinado en el que nunca acaban de satisfacer su ego? Buscan a Dios sin saberlo, siempre jadeando tras la puerta equivocada; tropezando en los peligros, cayendo una y otra vez… y a menudo no se levantan enseñados, por más que alzan su cabeza soberbiosa sobre la caridad que deben a los sufridos que tratan de vivir en amor henchido.
No pueden levantarse, están heridos del alma; su cuerpo trasluce su auténtica realidad despedazada, exigiéndoles falsas necesidades con compulsión y alevosía, lo cual evidencian tratando de “rejuvenecer” y “remodelar” su cuerpo a su gusto, como si Dios se hubiera equivocado. ¡Y son ellos los equivocados!
Pretenden cambiar su destino cambiado su envoltura, pero su alma persiste extraviada. En su peregrinación a sí mismos, su pauperismo alcanza su cénit en su ciega voluntad de colmar con formulaciones peregrinas de toda guisa el ansia de eternidad que, al ser Dios eterno y habitar en nosotros para guiarnos a su Regazo, todos sentimos como reclamo ardiente a subir a las altas cumbres de la Bienaventuranza eterna. Lejos de sí mismos por estar lejos de Dios, sus aparejos y sistemas les confunden en un feroz in crescendo que les consume las entrañas, al tiempo que pierden cuanto invierten en alzarse sobre el asfalto ardiente.
…Y, persiguiendo la juventud eterna, pierden la eternidad prometida. Porque tal juventud terrena −lo quieran o no lo quieran− está destinada a ser sublimada por la juventud del alma que, en Dios −un día− será renovada y, retomando el cuerpo en que fue dignificada, gozará unida a Él e identificada.
Eso sí, lo será −decimos− a condición de haber sido dignificada. Si no, aquella juventud tan buscada y artificializada, será perdida definitivamente y consumida entre las llamas de tanto goce y delectación a que el ego −desorientado por la perversa geopolítica educativa ejecutiva del averno− les encaminó fehacientemente. Por él, fue la fe ciega en sí mismos la que les impidió descubrir en el otro el Camino seguro. Y, finalmente perdidos, ni el goce, ni el lujo, ni el bisturí tendrán ya sentido: solo el Amor del que el amor sufrido habrá vivido.
Geopolítica educativa (XXXIII) – Rayados (6.5.)
Twitter: @jordimariada
Ni el lujo, ni el goce, ni el bisturí pueden llenar el vacío del alma. El verdadero Camino siempre conduce a Dios. #ElCaminoHaciaDios #AmorDeDios Compartir en X








