“¿A qué viene el Papa?” −se preguntan unos y otros−. Lo dice el Espíritu: ¡A hacernos mirar arriba! ¿No ves, hermano, mi hermana del alma, que avanzamos (si es que avanzamos) con la vista gacha a ras de suelo, quejosa, alicaída, supersticiosa…?
Pero… ¿qué es “arriba”? Dios Padre nos creó de la nada con un proyecto personal para cada uno de nosotros, dioses reclamados y congregados por el Dios de la Paz, de la Belleza, de la Verdad; cada uno con sus trazos tomados del Creador para ser capaces de vivir por Él, con Él y en Él (cfr. doxología final de la Plegaria Eucarística de la Misa); diamantes potentes capaces de resistir y embellecer y laborar su misión concreta, no abstracta: trabajar la tierra (Gn 1,28; 2,15; Mt 13,3-9). ¿Cómo? Distinto. Cada uno a su manera; pero siempre con celo personal y comunitario, libre y dependiente de los otros, con aspiración de Cielo eterno, con alas fuertes y bellas que nos impelen a volar como las águilas. ¿Y qué hacemos? Nos peleamos. Huimos de la Voz que nos guiaba. (…Y con ello, perdemos el Cielo y merecemos el Infierno).
Porque existe el Infierno (Nm 16,30; Mt 8,12; 10,28; 25,31-46; Mc 9,44; Lc 16,19-31). Porque ya lo vivimos con nuestras malas obras, aquí, tramadas con suspicacias perversas de seres que lucen orgullosos ni dos dedos de frente, en lugar de asumir nuestra vocación, que es esculpir nuestro ser eterno, mano con mano con nuestros hermanos y nuestras hermanas; abrazados y queridos, caminantes y navegantes −cada uno según sus dones− con los ojos fijos en el Norte, libres y liberadores, labrando el día y soñando las horas como quien tras la laboriosa talla muestra orgulloso y comparte con benevolencia y entusiasmo su brillante hermoso, digno de dioses y de diosas que han sido llamados a vivir en Dios.
El Papa nos lo ha insistido: “Sed constructores de paz”. ¿Qué va a decir? ¿Qué va a hacer? El Papa viene. Y lo dice ya, nos guía ya: desde sus primeros minutos nos llama con un mensaje de paz y amor. No al tuntún de los acontecimientos, sino siendo consciente de la carencia afectiva del ser humano que vive un siglo lleno de miedos y amenazas, odios y revanchas, envidias, rivalidades, sectas y corrupción. ¡Qué diremos? Un mundo abandonado a su suerte, dejado de la mano que debería trabajarlo y gobernarlo para “recapitularlo en Cristo” (cfr. Ef 1,10).
El camino
También está la profecía, que nos advierte de nuestro desatino. Si no obedecemos a Dios y a su vocero el Papa, nos sobrevendrá hambre sobre hambre con la proliferación de sanguijuelas al uso, como ya vamos viendo, eso es, el caldo de cultivo de la crápula y un sinfín de revoluciones del todos contra todos que nos provoca el individualismo exacerbado, como nunca antes fue visto. Por el contrario, debemos redescubrir el valor del amor auténtico, que siempre es desinteresado y solo se vive mirando al otro en comunión y haciendo comunidad.
Dios Padre no nos abandona. Al inicio de lo que parece lo peor de la tormenta nos lo da: ahí tenemos a nuestro líder, a nuestro Papa, a nuestro guía que nos advierte de los peligros y nos recuerda nuestra misión y nuestras potencias; que sin esconder la cabeza bajo el ala se dirige directo a los que saben, a los que luchan; a los que desean y los que se implican, sin miedo, sin escaquearse y sin perder el tiempo (que nos es escaso); sin pudrirse como tantos que malviven tramando cómo perder al hermano, en lugar de acogerlo y animarlo. Va a la raíz, a la fuente de lo que es y lo que puede ser el bien o el mal en el futuro, viviendo el presente. Y les pregunta. Y reza. Y piensa. Y nos escribe y nos exhorta. Y viene a encontrarnos, sonriendo y cansado. El Reino lo vale.
¡He ahí el hombre! ¡Nos urge! Todos estamos enfermos. Todos necesitamos médico para el cuerpo y para el alma. El problema está en que, tras beber embriagados una geopolítica que de educativa no tiene nada, rayados vamos y sin embargo todopoderosos nos creemos, dioses autónomos que por creérselo acaban autómatas, robots dirigidos por neuronas humanas incrustadas en armazón de hierro, oxidado, chirriante, pesado. En palabras de san Justino (año 100): “Dios permite el Mal para que el Bien pueda ser escogido libremente”. La Historia habla de aquellos que despiertan a los ensoñados de sí mismos. Hoy lo vemos y lo advertimos, unos y otros patitiesos.
Por eso, porque no podemos ya con nuestra alma, arrastrándonos jadeantes con la cruz de nuestros pecados a cuestas, debemos quitarnos la cera de los oídos, aplicarnos colirio en los ojos y −escuchando su voz, mirando al hermano− atender y mirar al Papa, que viene a recordarnos dónde podemos encontrar −tras perderla por orgullo− la fuerza que nos falta: “Alzad la mirada”. Allí, en el hermano y en la hermana, Dios −amoroso y paciente− nos reclama. ¿Lo escucharemos? −Humildad. Eso nos falta−.
Geopolítica educativa (XXVI) – Rayados (3)
Twitter: @jordimariada
Ahí tenemos a nuestro líder, a nuestro Papa, a nuestro guía que nos advierte de los peligros y nos recuerda nuestra misión y nuestras potencias. Compartir en X








