Paradójicamente, a pesar de la gran crisis del mundo moderno y de la Iglesia en nuestros tiempos, la Iglesia ha seguido funcionando como obstáculo al caos, dentro de sus límites.
Ha sido el destino de la Iglesia Católica realizar un acercamiento a la Modernidad —un aggiornamento, como se dijo— en el Concilio Vaticano II, por designios de Dios que se nos escapan, aunque pueden intuirse.
El Concilio fue definido como «el 1789 de la Iglesia Católica» o la «Revolución de Octubre» por los cambios en la pastoral que luego llegarían hasta lo dogmático: una transformación abrupta y la eclosión plena del modernismo teológico, herético. El humo de Satanás había penetrado en la Iglesia, como se lamentaba Pablo VI.
Sin embargo, la Iglesia necesitaba esta purificación de las últimas décadas para reencontrarse consigo misma. Creyó que, tras varios siglos de enfrentamiento con la Modernidad, podía reconciliarse con ella; que no le quedaba otra opción. Pero tras la crisis de la Modernidad —que es también crisis de la Iglesia—, esta puede volver a resplandecer.
Fue un grave problema para la Iglesia haber funcionado como un poder terrenal, con sus dominios y los Estados Pontificios. Para purgar ese pecado tuvo que hacerse pequeña, aunque fuera a costa de mundanizarse.
Ese fue el precio a pagar, y probablemente costó muchas almas. Pasar de la doctrina férrea a una doctrina más suave o ambigua y hacerse pequeña ha tenido sus consecuencias, pero no es sino una de las muchas crisis que ha vivido la Iglesia a lo largo de la historia.
Además, al dejar de ser un poder político fuerte, se ha convertido en el verdadero contrapoder del mundo, en sintonía con la mentalidad evangélica: tener al mundo como enemigo y rechazar sus falsas vanidades.
La Iglesia sigue ejerciendo como katechon —el obstáculo del que habla San Pablo— a pesar de todos los errores del siglo XX, manteniendo el orden en los sacramentos y la conversión de las almas.
Haciéndose pequeña, según la profecía de Benedicto XVI, también se hace más pura, como los primeros cristianos. Ahora contemplamos un reverdecer de lo católico, pequeñas semillas que brotan.
Había que vérselas en plena ola de triunfo propagandístico y terrenal del comunismo, justo en pleno Concilio. Si no se tuvo el valor suficiente, que Dios lo demande y tenga misericordia; eran tiempos recios. Ya fue más sencillo derrotar al comunismo en sus estertores, bajo la égida de San Juan Pablo II.
Mientras sigamos pidiendo la venida del Reino de Dios y por su Iglesia, y mantengamos presente a Cristo en la Eucaristía, nada podrá contra nosotros. Después de todo, la profecía bíblica es clara: «las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». Torres más altas han caído.









