Decir que quizá necesitamos menos “profesionales de Iglesia” suena, de entrada, injusto o provocador. Pero conviene detenerse antes de escandalizarse. No se trata de despreciar a quienes han servido con generosidad en parroquias, diócesis, colegios o curias. Muchos han sostenido comunidades enteras con entrega admirable.
El punto es otro, hemos organizado demasiadas cosas alrededor de estructuras, cargos y programas, y demasiado poco alrededor de la verdadera vocación del laico.
La cuestión, además, no es sólo teórica. La Iglesia, en muchas partes, se encamina hacia una etapa de menos recursos, menos donantes, menos relevo generacional y más gastos acumulados. Templos que mantener, parroquias envejecidas, zonas rurales que se vacían, jóvenes que se alejan, familias menos vinculadas y una cultura cada vez más secularizada. Negarlo sería de necios
El Concilio Vaticano II no imaginó al laico como un “ayudante del cura” ni como un simple voluntario para rellenar huecos.
El laico es fermento en medio del mundo: en la familia, en el trabajo, en la calle, en la vida social, en las profesiones, en los ambientes donde normalmente el sacerdote no llega. Esa es su misión propia.
Durante décadas, sin embargo, hemos caído en una especie de clericalismo ampliado. A veces clericalizamos al laico dándole pequeñas cuotas de gestión o tareas intraeclesiales, como si su plenitud consistiera en estar cada vez más ocupado dentro de la parroquia.
Otras veces lo reducimos a consumidor de sacramentos, clases y actividades. En ambos casos, olvidamos que su campo de batalla principal no está en el salón parroquial, sino en la cocina de su casa, en la oficina, en el hospital, en la universidad, en el taller, en la política, en la conversación con vecinos y compañeros.
Un ejemplo claro es la formación de los hijos. Durante mucho tiempo hemos funcionado como si la parroquia fuera la principal responsable de transmitir la fe y los padres unos colaboradores secundarios.
Pero eso no se sostiene ni teológica ni humanamente. Los padres son los primeros educadores, también en la fe. Cuando un niño aprende algo en catequesis pero no lo ve encarnado en casa, ese contenido suele evaporarse. A menudo hemos delegado demasiado en la parroquia lo que pertenece al hogar.
Lo mismo pasa con esa obsesión por multiplicar actividades. Cafés, desayunos, cenas, festivales, reuniones, encuentros, dinámicas, calendarios llenos. Nada de eso es malo en sí mismo. Incluso puede ser valioso.
Pero hay que hacerse una pregunta: ¿estamos formando discípulos o simplemente gestionando eventos? Porque una parroquia puede estar muy activa y, al mismo tiempo, espiritualmente superficial. Puede tener agenda completa y almas vacías.
La vida cristiana no se mide por cantidad de actividades, sino por profundidad de conversión. Hemos privilegiado antes que el proceso que el niño se sepa unas respuestas, que el joven complete una etapa, que el adulto termine un curso. Pero la fe no es un paquete de ideas que se archiva en la cabeza. Es una relación viva con Dios que transforma la existencia. Y eso requiere tiempo, hábitos, acompañamiento, oración, combate interior, paciencia.
Quizá por eso una parroquia con menos empleados, pero más centrada, podría hacer más bien que una parroquia llena de programas.
Si hubiera menos personal, quizá habría que dejar de intentar hacerlo todo y concentrarse en lo esencial, formar personas concretas, una a una; enseñar a rezar de verdad; acompañar matrimonios y familias; ayudar a descubrir la misión propia de cada bautizado; crear pequeños vínculos de fraternidad real y no sólo sociabilidad superficial.
La Iglesia necesita más católicos santos y lúcidos trabajando en el mundo. Más madres y padres que recen con sus hijos. Más profesionales que vivan con coherencia, caridad e inteligencia en ambientes indiferentes o hostiles. Más laicos capaces de llevar a Cristo a conversaciones corrientes, a heridas concretas, a relaciones cotidianas. Más presencia cristiana donde casi nadie piensa ya en la Iglesia, y donde sin embargo Dios sigue esperando.
Tal vez la crisis económica y pastoral que vivimos sea una poda. Y toda poda parece pérdida, hasta que llega el fruto.
Puede que el Señor esté permitiendo menos estructuras, menos seguridades y menos personal para obligarnos a volver a lo fundamental. No para hacer menos Iglesia, sino para hacerla más verdadera.
La esperanza cristiana no se apoya en nuestros planes pastorales, ni en presupuestos holgados, ni en plantillas numerosas. Se apoya en Cristo.









